Principal ] Arriba ] Chistes 01 ] Chistes 02 ] [ Chistes 03 ] Chistes 04 ] Chistes 05 ] Chistes 06 ] Chistes 07 ] Chistes 08 ]

 

Humor 03

 

Ríete  . . . ! ! ! es bueno para tu salud . . .


Visitá Novedades - Servicios - Cotizaciones - Utilidades - Noticias del Mundo - El Tiempo - Mapas - Planos - No te lo pierdas

Feriados Nacionales

Principal ] Arriba ] Chistes 01 ] Chistes 02 ] [ Chistes 03 ] Chistes 04 ] Chistes 05 ] Chistes 06 ] Chistes 07 ] Chistes 08 ]

 

En el Zoo un niño le dice a su mamá:
- Mami, esa cebra se vende.
- ¿Por qué lo sabes, hijo mío?
- Porque tiene código de barras.

Están dos vacas pastando en el prado y le dice una a otra:
- Oye, tu sabes que hay una enfermedad de las vacas locas.
- A mí me da igual, yo soy una cabra.

Era tan lento, tan lento, que cuando tiraba una moneda al aire caía al día
siguiente.

 

Era tan lento, tan lento, que compitió en una carrera como único participante y
llegó el último.

Era tan lento, tan lento, que iba a cazar caracoles y se le escapaban de las
manos.

Era un libro tan corto, tan corto, que el título incluía el nudo y el
desenlace.

Era tan limpia, tan limpia, que se volvió transparente.

Era tan limpio, tan limpio que liaba los cigarrillos con papel higiénico.

Era un lobo tan daltónico, tan daltónico, que cuando veía a Caperucita Roja le
decía: «hola Caperucita Verde».

Era una madre tan dulce, tan dulce, que todos sus hijos eran diabéticos.

Era tan madrugador, tan madrugador, que por las mañanas se levantaba antes de
que pusieran las calles.

Era un manzano tan alto, tan alto, que si se caía alguna manzana llegaba al
suelo podrida.

Era un mar tan salado, tan salado, que en vez de dar olas, daba ¡olés!

Era un médico tan tonto, tan tonto, que a los enfermos con paro cardiaco los
apuntaba en la oficina de desempleo.

Era tan mentiroso, tan mentiroso, que cuando llamaba a su perro para darle de
comer no se lo creía.

Tenía una mirada tan penetrante, tan penetrante, que donde fijaba la vista
quedaba una señal.

Era un niño tan delgado, tan delgado, que aunque iba al colegio le ponían
falta.

Era un niño tan feo, tan feo, que cuando jugaban al escondite nadie le buscaba.

Era un niño tan pelota, tan pelota, que iba botando a la escuela.

Era un niño tan tonto, tan tonto, que lo llevaron al cine y exclamó: «¡qué
televisión más grande!»

Era tan optimista, tan optimista, que puso un negocio de venta de hielo en el
Polo Norte.

Era tan parlanchina, tan parlanchina, que no se pintaba los labios sino los
codos.

Era tan patoso, tan patoso, que en su tiempo libre se dedicaba a hacer el
ganso.

Era tan pequeña, tan pequeña, que en lugar de dar a luz, dio chispitas.

Era tan pequeño, tan pequeño, que se encontró una canica y exclamó: «¡el mundo
en mis manos!».

Era tan pequeño, tan pequeño, que en lugar de viajar en «metro» viajaba en
milímetro.

Era tan pequeño, tan pequeño, que se ahogó en la sopa.

Era un perro tan flaco, tan flaco, que cuando subía una cuesta se le salía el
collar por el rabo.

Era tan pesimista, tan pesimista, que cuando se declaró a su novia le preguntó:
«¿quieres ser mi viuda?»

Tenía las pestañas tan largas, tan largas, que cuando parpadeaba abanicaba.

Tenía los pies tan grandes, tan grandes, que era más alto acostado que de pie.

Tenía los pies tan pequeños, tan pequeños, que jugaba al fútbol con una canica.

Era un piragüista tan precavido, tan precavido, que se hizo operar de
cataratas.
 

Era una adivina tan buena, tan buena, que no sólo adivinaba el futuro sino
también el pretérito pluscuamperfecto del subjuntivo.

Era tan alegre, tan alegre, que nunca comprendió la ley de la gravedad.

Era tan alto, tan alto, que se comió un yogurt y cuando le llegó al estómago ya
estaba caducado.

Era tan alto, tan alto, que tropezó en un pueblo y cayó en otro.

Era tan alto, tan alto, que se llamaba Julio y doce días de agosto.

Era tan alto, tan alto, que tropezó el jueves y se cayó el domingo.

Era tan alto, tan alto, que tenía una nube en el ojo.

Era tan alto, tan alto, que en la cabeza tenía pájaros.

Era tan alto, tan alto, que no tenía «sien» sino mil.

Era tan alto, tan alto, que hacía la digestión diez horas después de haber
comido.

 

Era tan alto, tan alto, que cuando miraba hacia abajo le daba vértigo.

Era tan alto, tan alto, que por las noches se ponía una luz roja para que los
aviones no chocaran con él.

Era tan avaro, tan avaro, que no pelaba patatas, las lijaba.

Era tan avaro, tan avaro, que no prestaba ni la menor atención.

Era tan avaro, tan avaro, que no se ponía al sol para no dar sombra.

Era tan baja, tan baja, que se ponía enferma para que el médico le diera de
«alta».

Era tan bajo, tan bajo, que para atravesar la alfombra tenía que llevar brújula.

Era tan bajo, tan bajo, que la cabeza le olía a pies.

Era tan bajo, tan bajo, que no tenía «sien» sino cincuenta.

Era tan bajo, tan bajo, que en Semana Santa pasaba por debajo de la cama
vestido de penitente.

Era tan bajo, tan bajo, que cuando escupía tenía que subirse a una silla para
no ahogarse.

Era tan bajo, tan bajo, que las uñas de los pies le servían de visera.

Era tan bajo, tan bajo, que se sentaba en un duro y le sobraban cuatro pesetas.

Era tan bajo, tan bajo, que era hondo.

Era un bebé tan feo, tan feo, que su madre en lugar de darle el pecho le daba
la espalda.

Era un bebé tan feo, tan feo, que lo tuvo que parir la vecina porque a su madre
le daba vergüenza.

Era un bebé tan feo, tan feo, que aprendió a caminar a los tres meses porque
nadie lo alzaba en brazos.

Era un bebé tan feo, tan feo, que cuando nació el médico le dio la palmada en
la cara.

Tenía la boca tan grande, tan grande, que para hacer gárgaras necesitaba dos
litros de agua.

Tenía la boca tan pequeña, tan pequeña, que para decir tres tenía que decir
uno, uno, uno.

Tenía la boca tan pequeña, tan pequeña, que sólo podía comer espaguetis.

Era tan borracho, tan borracho, que para separarlo de la botella tenían que
usar sacacorchos.

Era un boxeador tan profesional, tan profesional, que se ponía los guantes para
pegar sellos.
 

Dice un sapo a otro:
- Lo que más me revienta en esta vida son los camiones.

Un señor está en la calle paseando a su gato. Se le acerca una señora y le
pregunta:
- ¿Araña?
- No, gato.

Un mosquito pregunta a su padre:
- Papá, ¿puedo ir al circo?
- Sí, hijo mío, pero ten mucho cuidado cuando la gente aplauda.

- Mira, una mosquito.
- Perdona, querrás decir un mosquito.
- ¡Qué vista!


- ¿Cómo se llama ese pájaro?
- Lo ignoro
- ¡Ah, qué «loignorito» mas bonito!

Pregunta un conejo a otro:
- ¿Tú por qué tienes tanta suerte?
- Porque sólo como tréboles de cuatro hojas.

- Qué le dice un pez a otro pez?
- Nada.

Un pececito le pregunta a otro pececito:
- ¿Qué hace tu papá?
- Nada.

Dos ovejas están jugando al fútbol. Una de ellas lanza la pelota muy lejos y la
otra oveja le dice:
- Veeeeee...
Y la otra le contesta:
- Veeeeee tuuuu.

En verano, van dos hormigas caminando y le dice una a la otra:
- ¿Qué, se suda?
La otra responde:
- ¡Y tú cabezuda!

- ¿Qué le dice un gusano a otro gusano?
- Me voy a dar una vuelta a la manzana.

Una ratita se encuentra con otra ratita y le pregunta:
- ¿Qué haces, ratita?
- Espero un ratito.

Dos ratas en Hollywood están comiendo un rollo de película. Una mira a la otra y
le pregunta:
- Y... ¿qué te parece?
Y la otra contesta con desdén:
- Me gustó mucho más el libro.

En una tienda de animales una mujer pregunta al vendedor:
- ¿Cuánto vale la cacatúa?
El dependiente responde:
- Lo siento, señora, la caca mía no se vende.

Un caracol chocó contra una tortuga. Cuando le preguntan qué fue lo que ocurrió,
el caracol responde:
- No sé, todo ocurrió tan rápido.

Un ratoncito entra en un ascensor y un señor le pregunta:
- ¿Qué piso?
Y el ratoncito responde:
- ¡Mi colita!

Está un padre distraído viendo un partido de fútbol en la televisión y entra su
hijo con los deberes de la escuela:
- Papá, ¿dónde están los Andes?
- Pregúntale a tu madre que es la que lo guarda todo.

Está una niña haciendo los deberes y le pregunta a su padre:
- Papá, ¿cómo se escribe campana?
- Campana se escribe ¡cómo suena!
- Entonces, ¿qué escribo «talán talán»?

En una carrera:
- Papá, ¿por qué corren tanto esos señores?
- Porque al primero le dan un premio.
- Entonces, los demás... ¿para qué corren?

- Papá, ¿horchata se escribe sin hache?
- No, porque entonces se diría «horcata»

-Mamá, Mamá, ¿me puedes dar 2 euros para un pobre hombre que está gritando en la
calle?
- Hijo mío. qué corazón más grande tienes. ¿Qué es lo que grita ese hombre?
- Esto... ¡Helados a 2 euros!

- Mamá, ¿los chocolates caminan?
- No, hijo mío.
- Entonces me he comido una cucaracha.

Dos niños pequeños discuten:
- No se dice yo no sabo, se dice yo no sepo.
- No se dice yo no sepo, se dice yo no sabo.
Una señora que pasaba por allí les dice:
- No se dice de ninguna de las dos maneras.
- ¿Entonces cómo se dice?
- Yo no sé.
- ¡Pues si no sabe para qué se mete!

- ¿Por qué eres tan alto?
- Porque a mi madre se le antojó un poste de teléfono.
- Eso no tiene nada que ver a mi madre se le antojó un disco rayado y a mí no me
ha pasado nada, a mí no me ha pasado nada, a mí no me ha pasado nada, a mí no me
ha pasado nada...

Dos niños comentan:
- ¿Viste el apagón de anoche?
Y el otro le responde:
- No lo pude ver porque se fue la luz.

Un niño pregunta a otro:
- Si se cae al río un hierro de dos toneladas, ¿como lo sacarías?
El otro niño responde:
- Oxidado.

Van dos tomates por la carretera y le dice uno a otro:
- Ten cuidado que viene un... chof, chof.
(Chof = onomatopeya del ruido que produce un tomate al ser aplastado por un
coche en marcha)

 

Está una niña haciendo los deberes y le pregunta a su padre:
- Papá, ¿cómo se escribe campana?
- Como suena.
- Entonces, ¿qué escribo «talán talán»?

-Beeeeeee.
-¿Cabra?
- Que vaaaaaaa.

¿En qué se parecen un perro, un gato y un hombre que se está ahogando?
En que el gato dice ¡miau!, el perro ¡guau! y el hombre que se está ahogando
¡miau guau!

Le dice una niña a su amiga:
- Mi pato sabe hablar.
- No me lo creo, eso es imposible.
- Te lo voy a demostrar.
Se dirige al pato y le dice:
- ¡Patito, tráeme un lápiz!
- «Cuá», dice el pato.
- El que quieras.

Le pregunta una ovejita a su mamá:
- Mamá, ¿puedo ir a jugar al prado?
-Veeeeee, veeeeee.

Dos ovejas están jugando al fútbol. Una de ellas lanza la pelota muy lejos y la
otra oveja le dice:
- Veeeeee...
Y la otra le contesta:
- Veeeeee tuuuuuu.

Están dos pájaros hablando en una rama:
- ¿Pío?
- Haz lo que quieras.

- Papá, ¿por qué te llaman toro?
- Muuuuurmuraciones, hijo mío.

Un gato y un gallo están al borde de un pozo y se cae el gato:
- ¡Miaoooogo, miaoooogo!
El gallo desde arriba contesta:
- Quiquirisquihaga, quiquirisquihaga...

Van dos globos paseando por el desierto y le dice uno a otro:
- Ten cuidado con el cáctusssssssssssssssss.

Era un niño tan tontín, tan tontín, que le llamaban campana.

¿Qué dijo un pez que se cayó de un 8º piso?
- Aaaaaa... tún

Están dos vacas pastando y le dice una vaca a la otra:
- Muuuuuuu...
La otra le responde:
- Me lo has quitado de la boca.

Entra un alumno en clase de matemáticas con una vaca, y el profesor le dice:
- Oiga, ¿usted dónde cree que va?
- Profesor, es que esta vaca sabe matemáticas.
- Eso es imposible. Que diga una letra griega.
- Mu -dice la vaca-.
El profesor se enfada y los echa de clase. Al salir, la vaca le dice al alumno:
- Me parece que tenía que haber dicho alfa...

En el colegio, la maestra explica las onomatopeyas y pide una redacción en la
que se utilice la palabra onomatopeya. Al día siguiente los alumnos leen lo que
han escrito. Empieza Juanito:
- Ayer estaba yo en la calle, pasó un perro que dijo «guau» y pensé «guau» es
una onomatopeya.
El segundo es Pedrito:
- Ayer estaba yo en la calle, pasó un gato que dijo «miau» y pensé «miau» es una
onomatopeya.
La maestra los felicita y le toca a Jaimito:
- Ayer estaba yo en la calle, pasó un camión y pensé ¡oh, no me atropella!

Era tan delgado, tan delgado, que se hizo un traje de mil rayas y le sobraron
novecientas noventa y nueve.

Era tan delgado, tan delgado, que cuando se duchaba no se frotaba mucho para no
desaparecer.

Era tan delgado, tan delgado, que trabajaba limpiando mangueras por dentro.

Era tan distraído, tan distraído, que se pasó dos horas delante del espejo
pensando dónde había visto antes aquella cara.

Era tan entrometido, tan entrometido, que no sólo leía las cartas ajenas,
además las contestaba.

Era una escuela tan pobre, tan pobre, que el maestro tenia que poner los
alumnos.

Era una familia tan numerosa, tan numerosa, que la cigüeña vivía con ellos.

Era una familia tan pobre, tan pobre, que por no tener no tenían ni hambre.

Era tan fea, tan fea, que la atropelló un coche y quedó mejor.

Era tan fea, tan fea que mandó su foto por correo y la detectó el antivirus.

Era tan fea, tan fea, que su marido se la llevaba a todas partes para no tener
que darle un beso de despedida.

Era tan feo, tan feo, que no podía dormir porque cuando venía el sueño lo
espantaba.

Era tan feo, tan feo, que cuando entraba en un banco desconectaban las cámaras
de vigilancia.

Era tan feo, tan feo, que se ganaba la vida asustando niños.

Era tan feo, tan feo, que asustaba hasta los ciegos.

Era tan feo, tan feo, que cuando iba al zoo tenía que comprar dos entradas, una
para entrar y otra para salir.

Era tan feo, tan feo, que fue a comprar una careta y le dieron sólo la goma.

Era tan fuerte, tan fuerte, que se pasaba el día doblando las esquinas.

Era un futbolista tan malo, tan malo, que la única vez que metió un gol lo
falló en la repetición.

Era tan gafe, tan gafe, que se sentó en un pajar y se clavó una aguja.

Era tan gafe, tan gafe, que le atropelló un coche que estaba aparcado.

Era tan gafe, tan gafe, que jugando a las cartas se pinchó con el as de
espadas.

Era tan goloso, tan goloso, que entró en una pastelería, se le hizo la boca
agua y se ahogó.

Era tan gorda, tan gorda, que se hizo un vestido de flores y acabó con la
primavera.

Era tan gorda, tan gorda, que cuando se subía a un barco se convertía en
submarino.

Era tan gordo, tan gordo, que cuando se pesaba de la báscula salía una tarjeta
que decía: «por favor, suban de uno en uno».

Era tan gordo, tan gordo, que cuando tomaba un taxi, su ángel de la guarda tenía
que viajar en otro.

Era un hospital con las habitaciones tan pequeñas, tan pequeñas, que los
enfermos tenían que sacar la lengua en el pasillo.

Era tan ignorante, tan ignorante, que para mantener España limpìa quiso quitar
La Mancha.

Era un ladrón, tan tonto, tan tonto, que cuando robaba una tienda se llevaba
los maniquíes para no dejar testigos.

Tenía la lengua tan larga, tan larga, que los que pasaban a su lado se la
pisaban.
 

Era una bruja tan tonta, tan tonta, que no encontraba las ciencias ocultas.

Era tan bruto, tan bruto, que no usaba peine sino serrucho.

Tenía la cabeza tan pequeña, tan pequeña, que no le cabía la menor duda.

Era una calle tan ancha, tan ancha, que en lugar de pasos de cebra tenía pasos
de elefante.

Era tan calvo, tan calvo, que se cayó de espaldas y se golpeó en la frente.

Era tan calvo, tan calvo, que se le veían las ideas.

Era un calvo tan bajo, tan bajo, que los limpiabotas le sacaban brillo a la
calva.

Era tan calvo, tan calvo, que no tenía ni un pelo de tonto.

Tenía la cara tan ancha, tan ancha, que con un ojo veía el sol y con el otro la
luna.

Era un cartero tan lento, tan lento, que cuando entregaba las cartas eran
documentos históricos.

Era una casa tan alta, tan alta, que se cayó una teja el lunes y llegó al suelo
el viernes.

Era una casa tan grande, tan grande, que la familia tardaba varios días en
reunirse.

Era una casa con un pasillo tan largo, tan largo, que sacaban la sopa hirviendo
de la cocina y llegaba fría al comedor.

Era una casa tan pequeña, tan pequeña, que cuando entraba el sol tenían que
salirse todos.

Era una casa tan pequeña, tan pequeña, que cuando venía el médico el enfermo
tenía que sacar la lengua por debajo de la puerta.

Era una casa con el cuarto de baño tan pequeño, tan pequeño, que para peinarse
tenían que sacar el codo por la ventana.

Era una casa con las ventanas tan pequeñas, tan pequeñas, que no entraban ni
las moscas.

Era un cazador tan malo, tan malo, que los conejos en lugar de huir le pedían
autógrafos.

Era una charca tan seca, tan seca, que las ranas llevaban cantimplora.

Era una chica tan mona, tan mona, que sólo comía cacahuetes.

Era un chiste tan malo, tan malo, que tuvieron que castigarlo.

Era un coche tan viejo, tan viejo, que cuando el conductor sacaba la mano para
girar le daban limosna.

Era un coche tan grande, tan grande, que en lugar de radio llevaba diámetro.

Era un coche tan malo, tan malo, que en lugar de matrícula tenía suspenso.

Era tan conformista, tan conformista, que se cayó por la ventana de un quinto
piso y se consoló pensando que tenía que bajar a buscar cigarrillos.

Era un curso tan difícil, tan difícil, que los alumnos no encontraban el aula.

Era una curva tan cerrada, tan cerrada, que más que curva era una
circunferencia.

Era tan débil, tan débil, que si parpadeaba se caía para atrás.

Era tan delgada, tan delgada, que para hacer sombra tenía que pasar dos veces.

Era tan delgada, tan delgada, que cuando tomaba sopa se le calentaba la ropa.

Era tan delgada, tan delgada, que se tragó una aceituna y parecía que estaba
embarazada.

Era tan delgada, tan delgada, que trabajaba limpiando macarrones por dentro.
 

06:57 p.m. 10/05/2014
Era tan pobre, tan pobre, que sólo era «po».

Era tan pobre, tan pobre, que en lugar de dar a luz daba a oscuras.

Era tan pobre, tan pobre, que no podía prestar la más mínima atencion.

Era un pollito tan inteligente, tan inteligente que en lugar de decir pi, decía
3,14...

Era tan presumida, tan presumida, que se casó con su espejo.

Era tan presumida, tan presumida, que cuando era su cumpleaños felicitaba a su
madre.

Era tan previsora, tan previsora, que tuvo gemelos para tener un hijo de
repuesto.

Era un pueblo tan húmedo, tan húmedo, que hasta las ranas tenían reuma.

Era un pueblo tan pobre, tan pobre, que los semáforos eran en blanco y negro.

Era un pueblo tan pobre, tan pobre, que el arco iris salía en blanco y negro.

Era un pueblo tan sano, tan sano, que cuando inauguraron el cementerio tuvieron
que ir al pueblo de al lado a buscar muertos.

Era tan puntual, tan puntual, que era redonda.

Era tan rápido, tan rápido, que en vez de comer a la carta, comía al telegrama.

Era tan rápido, tan rápido, que el mismo día que nació, creció, murió y lo
enterraron.

Era un río tan estrecho, tan estrecho, que sólo tenia una orilla.

Era un sabio tan despistado, tan despistado, que no inventaba nada porque se le
olvidaba.

Era tan sucia, tan sucia, que se compró una casa redonda para no tener que
barrer los rincones.

Tenía un sueño tan pesado, tan pesado, que amanecía debajo de la cama.

Era tan supersticioso, tan supersticioso, que se hizo carpintero para estar
siempre tocando madera.

Era tan tímido, tan tímido, que antes de visitarla le daba la vuelta al
retrato de su novia.

Era tan tontín, tan tontín, que le llamaban campana.

Era tan tonto, tan tonto, que se compró una radio nueva porque no le gustaban
las emisoras.

Era tan tonto, tan tonto, que metía el periódico en la nevera porque le gustaba
leer las noticias frescas.

Era tan tonto, tan tonto, que desde que perdió un dedo sólo podía contar hasta
nueve.

Era tan tonto, tan tonto, que no se compró una mesita de noche porque no sabía
donde ponerla de día.

Era un torero tan malo, tan malo, que en vez de faenas hacía gamberradas.

Era tan torpe, tan torpe, que se tiró al vacío y cayó fuera.

Era un tren tan largo, tan largo, que cuando los pasajeros se subían en Madrid
ya estaba en Guadalajara.

Era un tren tan rápido, tan rápido, que antes de salir ya había llegado.

Era una vaca tan flaca, tan flaca, que en lugar de dar leche, daba pena.

Era tan vago, tan vago, que de no moverse echó raíces.

Era tan vago, tan vago, que madrugaba para estar más tiempo sin trabajar.
 

Eran dos vecinas que vivían tan cerca, tan cerca, que cuando una pelaba cebollas, la otra lloraba.

Era un verano tan caluroso, tan caluroso, que las gallinas ponían los huevos
fritos.

Era un verano tan seco, tan seco, que las vacas daban leche en polvo.

Era un verano tan seco, tan seco que los árboles corrían detrás de los perros.

Era tan viejo, tan viejo, que cuando era niño no montaba en los caballitos sino
en los dinosaurios.

Era tan viejo, tan viejo, que lo seguían los buitres.

Era tan viejo, tan viejo, que no lo trajo la cigüeña sino un pterodáctilo.

Era tan viejo, tan viejo, que fue a comprar un ataúd y se lo llevó puesto.

Era tan viejo, tan viejo, que cuando iba al colegio no había clases de
historia.

Era tan viejo, tan viejo, que que no tenía espermatozoides sino
«espermatozauros».

Era un vino tan añejo, tan añejo, que hasta la botella estaba arrugada.

Para comunicarse con nosotros: argentinodelanus@gmail.com