. . . . . y para que ello suceda todos debemos
tomarnos la obligación de participar de alguna forma.
Asociadas y asociados gozamos de las actividades
que se desarrollan, abonando puntualmente nuestras cuotas sociales y
adicionales.
Otros son exceptuados de abonar algunas de estas
cuotas por estar en condiciones económicas desafortunadas, y por ello la C.D.,
entendiendo el momento tomó esa decisión de excepción.
Esperamos de todos y en especial de estos últimos,
su participación y toma de obligaciones, colaborando con la C.D. y Sub-Comisiones
en sus horas libres.
Es necesaria la contribución de todos, sea en especie o en tiempo dedicado a los demás ... sus hijos y los del vecino.
Los esperamos.
La C.D.
Setiembre de 2003
Es de un autor desconocido, es muy lindo sobre todo para los chicos que se inician en el deporte, para que no crean que lo mas importante del juego es ganar.
Saludos Naibi
yo así no juego más
Si el juego es una carrera
y solo gana el que llega
Yo así no juego más
Si por ganar no me importa
que vos te quedes si torta
yo así no juego más.
Si el juego es una pelea
y solo gana quien pega
yo así no juego más.
Si estás jugando conmigo
y por ganar te lastimo
yo así no juego más.
Yo solo quiero jugar
porque me gusta encontrar
la sonrisa que hay en vos.
Yo solo quiero jugar
porque es la forma mejor
de disfrutar del sol.
No me quieran enseñar
cómo se debe jugar
que el juego lo inventé yo
Autor Anónimo
Cada uno debe ser capaz y tener confianza en si mismo de superar al contrario en todas las áreas de la competencia
Debemos estar todos muy unidos. Cada uno de nosotros debe dar lo máximo en cada momento por si mismo y por los demás
El equipo es primero, el jugador es segundo. No hay lugar en nuestro equipo para la envidia, el egoísmo y los celos.
Queremos un equipo orgulloso con deseos de superarse, compuesto por jugadores con actitud, corazón y deseos de triunfar, un equipo que juegue para ganar.
Queremos que nuestro equipo piense que: El que gana nunca se rinde y el que se rinde nunca gana.
Ganar es muy importante… pero carácter, personalidad, esfuerzo, ese es nuestro interés, nosotros seremos ganadores si cada jugadora trabaja duro y da su mejor esfuerzo al equipo cada día.
· Ahora…Que es un equipo???
Es un grupo de individualidades que se UNEN para lograr un objetivo en común
· Y cuales son los enemigos de un equipo???
Los peores enemigos de un equipo son el individualismo exagerado, el egoísmo, la envidia y los celos
Si un jugador se siente estrella por los puntos que hace, debe saber que en el equipo también hay una estrella del rebote, del pase, de la defensa, de la asistencia, etc..
Y fundamentalmente que todos deben cooperar con todos para lograr los objetivos propuestos: LA ESTRELLA DEBE SER EL EQUIPO
DEBEMOS SER SUPERIOR MENTAL Y FISICAMENTE QUE TODAS NUESTRAS ADVERSARIAS.
Y por ultimo y creo que lo mas importante… tenemos que tener una disciplina propia basada en el mutuo respeto de uno hacia el otro, que nos llevara a tener en actuación máxima como equipo en todo momento
por Juan Manuel Anglese
De Rubén Damore
1er Premio A.F.A. – Adultos Mayores, Fútbol – 2011
Estaba viejito Don Juan. Hacía cinco años que sobrevivía en una jaula de ancianos donde las visitas se hacen cada vez más esporádicas y donde la soledad se trata de disimular con radio, diarios o algún que otro geronte que ande pasando el invierno de su vida por ahí.
Don Juan era un futbolero nato. Sabía de antemano los días de partido. Pedía el diario a la mañana y se dirigía a la sección de Deportes de una. Se calzaba los anteojos para leer y focalizaba día y horario del encuentro. Igual, por las dudas, le pedía a Pancho, el único enfermero hincha de la ‘acadé’, que le recordara cuando jugaba Racing.
Cuando llegaba el día del partido, un par de horas antes se preparaba, generaba su propia adrenalina. Guardaba la radio en el bolsillo de la camisa, besaba su escudo albiceleste que pendía de una vieja cadena que le había regalado su esposa en otros tiempos, tomaba su bastón y comenzaba a dirigirse hacia el banco que estaba debajo del inmenso árbol, en medio del patio.
Allí pasaba un rato prolongado imaginando la gente en la tribuna y recordando el verde césped del Cilindro.
No olvidaba tampoco el número de su camiseta: el cinco. Tampoco esa manera de distribuir juego a diestra y siniestra para los volantes y delanteros tanto como de hachar al rival habilidoso o meterle marca pegajosa para que no la tocara, pero siempre de buena leche, de frente y como corresponde a un cinco que se precie de tal.
Recorría en voz alta, una y otra vez dentro de su cabeza estos momentos. Pasaba de los juegos en el fondo de su casa de pibe, al club y luego el salto a la cancha de once. La prueba en Racing fue su cúspide deportiva y luego el pasaje fugaz en la primera división. Fue el regalo más grande que recibió en su vida: vestir la casaca blanca con franjas celestes verticales y el cinco negro en la espalda.
Todo esto se lo contaba a Pancho una y otra vez cada día que la Academia le regalaba un partido. Y Pancho, un tipo con mucha paciencia, lo escuchaba mientras le cebaba uno y otro mate.
Don Juan decía que esto lo hacía para que no se le perdiera ni un detalle de sus recuerdos. Tenía miedo que el tiempo se los borrara de un plumazo. Algún día sucedería pero no quería que llegara. Tenía la secreta esperanza de morirse antes.
-¿Sabés Pancho? si no lo hago, tengo miedo algún día de no tener más a manos mis recuerdos... y vos los tenés que conocer...
El sol le molestaba los ojos azulados y se cubría con su arrugada y manchada mano derecha que temblaba levemente. La izquierda le servía para sostener el antiguo bastón marrón, aquel que había pertenecido a su abuelo en los albores del siglo anterior.
Tenía la madera bien lustrada con algunas rayaduras propias de los años y el uso que recibió. Contaba con una base de goma que impedía el resbalón en los mosaicos encerados y una empuñadura finalizada en una cabeza de halcón que él trataba de cubrir dejando solo el pico del bicho hacia afuera. Hasta aquí no pasa de un bastón casi normal, pero no lo era.
Don Juan amaba ese bastón, apoyo adicional e incondicional, de una manera particular.
Pancho, una tarde y antes del inicio del encuentro, le preguntó sobre la historia de su bastón.
Y el viejo se despachó:
-En mis años de adolescencia, cuando veía caminar despaciosamente a mi abuelo, me sorprendía como esquivaba una y otro bache de la vereda y lo más curioso, como se animaba a ir a la cancha y sentarse en su platea de madera del sector "B”.
Cada domingo por medio, con bastante tiempo de antelación, salíamos de aquel barrio de Lanús rumbo al estadio. Siempre íbamos los dos solos. Él fue el encargado de inyectarme el virus del fútbol y, sobretodo, de su Racing querido.
Tomábamos el 32 ‘P’ hasta la estación y allí el ‘51’ que nos dejaba en las orillas de la estación de Avellaneda.
El querido viejo, refunfuñón y calentón, siempre repetía la misma rutina. Nos sentábamos en el último asiento. Hasta nuestro destino, se iba colmando, poco a poco, de la gente que iba al partido. Cuando ya casi llegábamos, se paraba dificultosamente, se tomaba del pasamano y entre las cabezas apretaba el timbre de la puerta trasera con el palo. Cuando se detenía el mastodonte y se abría el portón, el sonido volvía a hacerse escuchar y sin pausa. Me miraba y me renegaba:
-Decile al infeliz del chofer que me arrime a la vereda sino no saco el bastón del botón....
Por supuesto, su vozarrón era escuchado por éste y por toda la multitud que viajaba en el bondi colorado.
-Dale nene, arrima el bicho éste sino se arma acá adentro... el abuelo no puede bajar...decía la multitud.
-¡¡Abuelo las pelotas!! Bramaba. Y, como siempre, salía yo a pedir disculpas a todo el mundo, pero, era inútil pedir que se callara.
Una vez debajo, caminábamos por Díaz Vélez y luego entrábamos. Los controles lo conocían de memoria pero, solo para molestarlo, le preguntaban:
-Oiga viejo, ¿usted es hincha o solo acompaña al pibe?
Y la respuesta era siempre así:
-Dale boludito, vos no habías nacido y yo ya lo había visto siete veces campeón, a esta cancha la ví nacer, es mi segunda casa... dejame pasar que te clavo esto en la rodilla...
Entre risas se corrían y el tipo, apoyándose sobre la pared, trepaba la escalera hasta asomarse en el sector de vitalicios. Eso sí, sin largar el bendito bastón.
Sus ojos celestes se iluminaban y tornaban a verde cuando enfocaban al medio de la cancha.
Sufría, puteaba o era feliz según la consecuencia del partido. Pero una vez que el silbato marcaba el final, salían de regreso a casa riéndose de lo ridículo de la velocidad de salida y de cómo iban a treparse al colectivo que los depositase nuevamente cerca de sus hogares entre tanta gente.
Don Juan se emocionó cuando terminó el relato.
-¿Otro matecito Don Juan?
-Meta... todavía es de día...
-¿Le puedo preguntar un detalle? ¿Que es lo que oculta con la palma de la mano sobre la empuñadura del bastón?
Y el viejo, tan viejo como zorro, corrió su mano, elevó la madera a la altura de los ojos de Pancho y le dijo:
-Tomá. Bajalo despacito y fijate.
Pancho hizo lo que le ordenaron. Ante sus ojos apareció, sobre la curvatura leve, el escudo grabado del Racing Club y una leyenda: “Siempre con vos”.
Lo miró extrañado al anciano.
Don Juan le dijo:
-Éste fue un regalo de mi abuela en aquellos tiempos. Ella dijo que la frase reflejaría el amor, la eternidad y la paciencia de una mujer a un hombre y que mejor que grabarlas donde él sintiera seguridad, además, te dejaba marcada la palma de la mano con dos amores, instantáneamente.
Poca cosa en estos tiempos, ¿no?
Pancho apoyó el bastón en el mosaico gris, apretó fuerte, abrió la mano y se la miró unos segundos. Luego sorbió el último mate emocionado, lo miró con ternura y le dijo:
-Cargo el termo, cambio la yerba y vuelvo.
Antes de ingresar en la cocina, se dio media vuelta y miró al anciano. Lo descubrió acariciando la parte superior del bastón una y otra vez...
Decidí ir a verla. No podía dejar pasar nuevamente el tren. El tiempo se come todo y entre lo que se devora están esos momentos, aquellos que invariablemente no deberé dejar pasar más. Mi descuido, a veces involuntario, otras adrede, me había impedido concurrir al club.
Siempre existió una buena excusa: que hace calor, que hace frío, que tengo que hacer otras cosas, que…
Esa tarde tenía que recuperar algo. Desesperadamente quería verla con esa camiseta celeste y blanca comprimiéndole el cuerpo, la transpiración humedeciéndole el pelo, pedir la pelota, entrar en bandeja, convertir un doble debajo del aro, cortinar a una compañera para que quedara a su merced la llave, arrojar con todas sus fuerzas la redonda para intentar meter un triple, sostener un resultado, aguantar la táctica y no enloquecer, pivotear esperando que las otras se acomodasen en la cancha… todo, quería devorarme en un día lo que me había perdido en cuatro años.
Decidí ir a verla. Pero no se lo iba a decir. La pequeña Laura merecía, al menos, un regalo y mi presencia debería ser una sonrisa, así como lo fue aquella muñeca con la que hoy acompaña sus sueños.
‘Pa… tenés que venir… el club está tan lindo…’ me decía algunos sábados mientras me entregaba a una mateada crepuscular.
‘Ma, acompañalo y vengan juntos! El celeste me queda bárbaro y… sabés pa? Elegí la camiseta que tiene el número 30… porque yo sé que ese número te gusta…’; ¡y claro! Como no gustarme si era el que tenía en la camiseta que de pibe me regaló mi viejo…
Y yo no la escuchaba. Mi egoísmo y mi ceguera me lo impedían. Pero hoy no. Decidí ir a verla.
Traspasé la puerta del Argentino con cautela. El griterío ahogaba hasta el silbato de los jueces. Me metí por detrás de la mesa de control y me acomodé en uno de los bancos.
Y ella estaba allí. Mezclada entre rivales que la acechaban mientras manejaba la bola en la mitad de la cancha.
La seguí todo el tiempo con la mirada. Mis ojos no se apartaron de ese 14 infinito que corría y jugaba. ¡Y como jugaba! Su nombre se escuchaba del banco de suplentes, entre sus compañeras, en el técnico, en el aire flotaban esas letras… hasta las podía ver…
Ella no sabía de mi presencia. Ella no podía descubrirme. Pero fue que…
Mirá, si hasta te lo cuento y me emociono…
En una jugada dejó desairada a dos rivales, amagó pasarla a su derecha, la retuvo, pisó la llave y contra el tablero sonó el toc del golpe… Cuando ingresó al cesto y recorrió la red, me pareció que recorría mi cuerpo, al caer sobre el mosaico, ella salió disparada hacia donde estaba yo sentado.
Entonces… mirá… una nube cubrió mis ojos…
Es que no te puedo contar más… Solo recuerdo su abrazo y su alegría… yo quedé duro y le pedí que volviera al campo para que no la sancionaran.
Ella retomó el partido. Yo no. Me senté y tomé mi cabeza entre las manos, mientras las lágrimas me enjugaban, poco a poco, el corazón. Lamenté el tiempo perdido. Lamenté mi tiempo perdido.
Fue así que cambié de parecer. Decidí ir a verla y fue la mejor decisión que tomé en mi vida. El brillo de sus ojos y su carita de felicidad me obligó a cambiar de actitud. Solo pensé: mi manera de hacerla feliz era éste.
Y ya no faltaría más.
Gracias a Dios, decidí ir a verla…
Rubén Damore