" La parte más importante del cuerpo "

Un día mi madre me preguntó cuál era la parte más importante del cuerpo y me dijo que a través de los años tratara de buscar la respuesta correcta..

Cuando era más joven, pensé que el sonido era muy importante para nosotros, por eso dije,

"Mis oídos, Mamá".  Ella dijo: "No, muchas personas son sordas y se arreglan  perfectamente. Pero sigue pensando, te preguntaré de nuevo."

Varios años pasaron antes de que ella lo hiciera. Desde aquella primera vez, yo había creído encontrar la respuesta correcta. Y es así que le dije:

"Mamá, la vista es muy importante para todos, entonces deben ser nuestros ojos."

Ella me miró y me dijo:

"Estás aprendiendo rápidamente, pero la respuesta no es correcta porque hay muchas personas que son ciegas, y salen adelante aun sin sus ojos".                                                     

Continué pensando cuál era la solución. A través de los años, mi madre me preguntó un par de veces más, y ante mis respuestas, la suya era:

"No, pero estás poniéndote más inteligente con los años, pronto acertarás".

El año pasado, mi abuelo murió. Todos estábamos dolidos. Lloramos.  Incluso mi padre lloró. Recuerdo esto sobre todo porque fue la segunda vez que lo vi llorar.   

Mi madre me miraba cuando fue el momento de dar  el adiós  final al abuelo. Entonces me preguntó,  "No sabes todavía cuál es la parte más importante del cuerpo, hijo?".

Me asusté cuando me preguntó justo en ese momento. Yo siempre había creído que ese era un juego  entre ella y yo. Pero ella vio la confusión  en mi cara y me dijo:

"Esta pregunta es muy importante. Para cada respuesta que me diste en el pasado, te dije que estabas equivocado y te he dicho por qué.. Pero hoy es el día en que necesitas saberlo."

Ella me miraba como sólo una madre puede hacerlo. Vi sus ojos llenos de lágrimas, y la abracé. Fue entonces cuando apoyada en mí, me dijo:

"Hijo, la parte del cuerpo más importante es tu hombro". Le pregunté, "

¿Es porque sostiene mi cabeza?", y ella respondió:

"No, es porque puede sostener la cabeza de un ser amado o de un amigo cuando llora. Todos Necesitamos un hombro para llorar algún día en la vida,  hijo mío. Yo sólo espero que tengas amor y amigos, y así siempre tendrás un hombro donde llorar cuando lo necesites, como yo ahora necesito el tuyo."

 

 

Clarin.com  Sociedad  07/07/15

Volvió Cora Cané y el no rendirse a la fiaca total

Pasiones Argentinas

Cora Cané se despide de su columna Clarín Porteño despues de 57 años. (Juan Manuel Foglia)

Cora Cané   corabcane@gmail.com

Hola, amigos lectores! ¡Aquí estoy, de vuelta al pago! Lo hago como visitante. Fui local fue hasta el 14 de diciembre del año pasado, cuando mi amado “Clarín Porteño” y yo nos despedimos, después de 57 años de acompañarnos.

“Misión cumplida”, dije entonces, considerando que mis 91 años me reclamaban descanso y más cuidados a los achaques y flojeras de mi salud. A partir de entonces me dediqué a visitar quirófano, hacer tratamientos y lograr, al fin, recuperarme. Dicen que ahora “estoy hecha una piba ...” ¡Si parezco de 90!También viajé. Viajes cortos. El más largo fue a cien kilómetros de la Capital. Si sigo tan piola como hasta ahora, me largaré a Estambul para conocer a Onur.

En todo este tiempo fue maravillosamente emocionante recibir cientos de cartas de lectores de “Clarín Porteño”. No pude contestarles a todos. Pero mi agradecimiento es profundo y eterno. De algo me cuidé especialmente: de no caer en la tentación del “dolce far niente”. Cultivado con exceso, conduce a la atrofia del intelecto. Atraído por la fiaca total, se cae en la tentación de hacer “niente”.

Me dediqué a leer queridos libros, esa pasión siempre vigente (“Poca lectura por ahora”, me dijo mi oftalmólogo), y a borronear ideas”. ¡Vade retro a la atrofia mental”. Hay que hacer algo: palabras cruzadas, Claringrilla, lecturas, lo que sea.Finalmente, y para ponerle “un cacho de poesía” a estos saluditos, les recuerdo un verso mío: “Y como sé que todo pasa/todo pasa y se olvida/gozo de este día y lo celebro en las cosas bellas y buenas de la vida ...”

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Vital y lúcida, Cora Cané despide a Clarín Porteño: “Misión cumplida”

 

Sea amable por TE

Estaba trabajando, sentado en mi escritorio, cuando me acordé de una llamada telefónica que tenía que hacer. Encontré el número telefónico y lo marqué.

Me contestó un tipo malhumorado diciendo:

- Hola!!?

- Soy Rodrigo Sanz, ¿podría hablar con Veronica Bartolini,  por favor? -dije amablemente.

De repente sentí que me colgaba el teléfono. No podía creer que existiera alguien tan grosero. Después de esto, volví a buscar en mi agenda el número de Veronica por si me había equivocado al marcar. Efectivamente, el error era que ella había traspuesto los dos últimos dígitos de su número. Después de hablar con Veronica, observé ese número erróneo todavía sobre mi escritorio.

Decidí llamar de nuevo al "pibe" aquel. Cuando la misma persona descolgó no esperé a que contestase y le dije:

- Eres un Hijo de puta!!!

Y colgué rápidamente. Inmediatamente escribí junto a su número telefónico la palabra "Hijo de puta" y lo dejé en mi listado telefónico.

Cada par de semanas, cuando tenia un mal día, lo llamaba, él contestaba y yo le decía

- Eres un "Hijo de puta".

Esto me servía de terapia contra el estrés y me hacía sentir realmente mucho mejor.

Unos meses después, la compañía de teléfonos introdujo el servicio de identificación de llamadas, lo cual me entristeció porque tuve que dejar de llamar al "Hijo de puta". Entonces, un día tuve una idea, marqué su número telefónico, escuché su voz diciendo:

- ¿Hola?

y me cambié de identidad:

- Hola, le llamo del departamento de ventas de la compañía de teléfonos para ver si conoce el servicio de identificador de llamadas.

- ¡No! -Y me colgó el teléfono, como de costumbre. Rápidamente lo llamé de nuevo y le dije:

- Eso es porque eres un Hijo de puta.

La razón por la cual les cuento esta historia, es para mostrarles que si hay algo que realmente molesta, siempre se puede hacer algo al respecto: sencillamente, marque el 825 48 63.

 

 (Siga leyendo, esto se pone mejor . . .)

 

Un mes después, estaba yo esperando con mi coche a que una anciana saliera de la playa de estacionamiento de "Shoping Los Gallegos"..

La anciana se estaba tomando mucho tiempo para sacar el auto de su espacio en el estacionamiento. Incluso llegue a pensar que nunca se iría.

Finalmente su coche empezó a moverse y a salir muy lentamente. Dadas las circunstancias, decidí retroceder mi auto un poco para darle a la anciana todo el espacio que necesitara:

"¡Grandioso!", pensé, "finalmente se va..."

Inmediatamente, apareció un Ford negro en sentido contrario y se abalanzó sobre el hueco que había dejado la anciana y por el que yo estaba esperando. 

Comencé a tocar la bocina y a gritar:

- ¡ No puede hacer eso! ¡Yo estaba aquí primero!.

El tipo del Ford simplemente se bajó, cerró el coche y se fue hacia el centro comercial ignorándome como si ni siquiera me hubiera escuchado.

Ante su actitud pense:

- ¡Este tipo es otro "Hijo de puta", con toda seguridad hay una gran cantidad de hijos de puta en el mundo . . .!".

Fue entonces cuando vi un letrero de "SE VENDE" en la ventana trasera de su Ford.

Entonces anoté su número telefónico y me fui a buscar otro estacionamiento.

Un par de días después, estaba sentado en el escritorio de mi casa y acababa de soltar el teléfono después de mi terapia marcando el 825 48 63 (diciendo "Eres un Hijo de puta"), cuando vi el número del tipo del Ford negro y pensé: "Debería llamar también a este otro "hijo de puta". Después de un par de timbradas, alguien contestó y dijo:

- ¿Hola?.

- ¿Hablo con el señor del Ford negro para la venta?, - le pregunté yo.

- Sí, habla Ud. con él.

- ¿Podría decirme dónde puedo ver el coche?

- Sí, por supuesto. Vivo en la Calle Tucuman esquina San Lorenzo, frente a la estacion de servicio, es una casa amarilla y el coche esta estacionado siempre en la puerta.

- ¿Cuál es su nombre?, - Pregunté.

- Mi nombre es Gustavo Garcia, me contestó.

- ¿Qué hora sería apropiada para encontrarme con usted, Gustavo?

- Me puede encontrar en casa por las noches.

- Escuche Gustavo, ¿puedo decirle algo?

- Sí, claro, - me respondió.

- ¡Gustavo, eres un Hijo de puta de la hostia!, - y colgué el teléfono.

Después de colgarle, incluí el teléfono de Gustavo Garcia en la memoria de mi teléfono. Por un momento las cosas parecían estar saliendo muy bien para mí. Pero ahora tenía un problemilla: tenía dos "hijos de puta" para llamar.

Después de una semana  de llamar al par de "hijos de puta" y colgarles, la cosa ya no era tan divertida como antes. Este problema me pareció muy serio y pensé en una solución.

En primer lugar, llamé al "Hijo de puta 1".

Un tipo grosero me contestó:

- Hola

y entonces yo le dije

- Hola Hijo de puta, - pero no colgué.

Entonces, el Hijoputa me dijo:  

- ¿Estás ahí?.

- Síííííííííí, - le dije yo.

- Deja ya de llamarme, - me dijo

- Nooooooooo.

- A ver, ¿cuál es tu nombre, desgraciado?, - preguntó.

- Gustavo Garcia.

- ¿Y en dónde vives?, volvió a preguntarme.

- En la Calle Tucuman, esquina San Lorenzo, frente a la estacion de servicio, es una casa amarilla y tengo mi coche, un Ford negro, estacionado en la puerta, - le dije.

- Voy para allí ahora mismo, Gustavo. ¡Tú sí que eres un hijo de puta!

- ¡Ya puedes ir rezando lo que sepas, cabrón!

- ¡¡Uuuuuf, sí?? ¡¡Que miedo me das, Hijo de puta!!", y colgué el teléfono.

Inmediatamente después, llamé al "Hijo de puta 2". El tipo contestó:

- Hola?

- ¡Hola Hijo de puta!, - saludé.

- Si te llego a encontrar, eres un..., - me dijo.

- ¿Y tú qué, hijo de puta?

- ¡Te voy a patear las tripas!.

- ¿Síííí? Bueno, esta es tu gran oportunidad. Voy para tu casa, ¡Hijo de puta!, - y colgué.

Finalmente, tomé el teléfono y llamé a la policía. Les dije que estaba en la Calle Tucuman y San Lorenzo y que iba a matar a mi novio homosexual tan pronto como llegara a la casa. Luego hice otra llamada rápida a "Teleocho informa" para reportar al noticiero que iba a comenzar una guerra de pandillas en la Calle Tucuman esquina San Lorenzo.

Después de hacer esto, me subi al coche, pase por un kiosco, compre una bolsa de golosinas y me fui a hasta Tucuman y San Lorenzo para ver el espectáculo.

¡¡¡Fue glorioso!!! ¡¡¡Observar a un par de hijo de putas pateándose enfrente de 6 coches de policía y un movil de exteriores filmando el suceso para que despues pueda ver la repeticion en el noticiero!!! ¡¡¡Fue una de las mejores experiencias de mi vida !!!

Asi que... la proxima vez que suene el telefono... sé amable.

 

EL ECO

Un niño y su padre, estaban caminando en las  montañas.

De repente, el hijo se cae, se lastima y  grita:

- Aaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhh!

Para su sorpresa oye una voz  repitiendo en algún lugar de la montaña:

- Aaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhhhhhh!

Con curiosidad el niño  grita:

- ¿Quién está ahí?.

Recibe una respuesta:

- ¿Quién está  ahí?.

Enojado con la respuesta, el niño grita:

- Cobarde.

Y recibe  de respuesta:

- Cobarde.

El niño mira a su padre y le pregunta:

- ¿Que  sucede?

El padre, sonríe y le dice:

- Hijo mío, presta atención.

Y  entonces el padre grita a la montaña:

- Te admiro.

Y la voz responde:

- Te  admiro.

De nuevo, el hombre grita:

- Eres un campeón.

Y la voz le  responde:

- Eres un campeón.

El niño estaba asombrado, pero no  entendía.

Luego, el padre le explica:

- La gente lo llama eco, pero en  realidad es la vida.

Te devuelve todo lo que dices o haces.

Si no te gusta lo que recibes de vuelta, revisa muy bien lo que estás dando...

 

 

Clarin.com   Ciudades   13/06/15

El pajarraco

Se me hace cuento.

por   Marcelo Birmajer

¿Qué hacía yo en Berlín? Bueno, eso es tema para otra historia. Pero la verdad es que estoy escribiendo estas líneas en el tren que hace el trayecto hasta Frankfurt. A mi lado hay una mujer ucraniana similar a Uma Thurman, y enfrente otra de Uzbekistán con una aire a Pocahontas. Pese a que Berlín estuvo poblada de hispanoparlantes por el partido de Messi, ahora el vagón es una torre de Babel donde se habla cualquier idioma menos el castellano, como si Dios lo hubiera prohibido. Desde muy pequeño comprendí que mi vida no tenía ningún sentido, y que no me quedaría más remedio que narrar las vidas ajenas, con su comienzo, desarrollo y finales comprensibles. Aún así, jamás me hubiera imaginado que, frente a la puerta de Brandeburgo, se me aparecería un fantasma del Once, dispuesto a revelarme un destino que se me había escapado por completo. Alba era una de esas mujeres adultas que gustan especialmente a los niños. No tenía hijos; y aunque era de la edad de nuestras madres, era tan distinta de ellas como lo hubiera sido Palermo Hollywood –de haber existido en los 70– del Once. Estaba casada con el Campeón de Ajedrez. Este viejo polaco, Kurtz Penjarek, había llegado, según su propia versión, para participar de un torneo en Argentina poco antes de que estallara la guerra. Ninguno de nosotros lo había visto nunca practicando este deporte. Sí puedo decir que, con su inexistente castellano, era un avezado jugador de truco: cierta tarde, en el bar de Tucumán y Uriburu, presencié cómo cantaba quiero retruco y luego colocaba una carta que me pareció el as de espada. Ganó la partida y la apuesta. Pero cuando los contendientes se retiraron, noté que en realidad era una sota de espadas, y que había logrado hacernos creer el ancho sólo con el poder de la sugestión. Tenía una mirada intensa y falsa. Pasaba la mayor parte del tiempo viajando, supuestamente en torneos internacionales de ajedrez, y Alba se las arreglaba como empleada en una mercería. El dueño, un hombre bueno y respetuoso, le ofreció en reiteradas oportunidades matrimonio. Pero Alba estaba enamorada de su campeón de ajedrez. Era un amor no correspondido: la única criatura a la que Kurtz prestaba atención era el pajarraco, al que le hablaba al oído en un idioma desconocido, y mantenía libre dentro de su casa.

Cuando llegó la noticia de que habían capturado a Kurtz en la frontera entre Paraguay y Brasil, contrabandeando no sabíamos qué cosa dentro de fichas de ajedrez, la única manera de soltarlo era pagando una coima brutal a la policía paraguaya. Aníbal, el dueño de la mercería, puso la diferencia, a cambio de la mano de Alba, que entonces se supo que nunca había pasado bajo la jupá con Kurtz.

Kurtz abandonó la cárcel paraguaya, pero nunca regresó a Buenos Aires. Algo salió mal en ese gasto inesperado, porque al poco tiempo el negocio de Aníbal se vino abajo y los recién casados quedaron en la ruina. Aníbal, ahora un hombre de más de ochenta años, me tocó el hombro junto a la puerta de Brandeburgo.

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“Alba nunca lo olvidó. Ni me perdonó por haberme casado con ella. Mucho menos por dejarnos en la ruina. Murió al poco tiempo, de dolor por el campeón. No tuve más remedio que vivir en la casa que habían ellos habitado, con el pajarraco. Alba me había prohibido desalojarlo. No sé si era un guacamayo, un buitre o un papagayo, hace ya mucho que murió, lo cociné en el horno y lo tiré a la basura. Pero a lo largo de una década de convivencia repitió la misma cifra: “C24. S42”. Durante años, pensé que era una jugada de ajedrez. Contraté tres profesores, pero ninguno supo revelarme de qué se trataba. Con el tablero que había comprado, comencé a practicar por mi cuenta, y luego a jugar en los bares: llegué a ser un competidor amateur destacado. Pero nunca resolví la sigla. Después de mi primer paro cardíaco, no me podía mover. El pajarraco se aprovechaba de mí y me repetía las letras y los números incesantemente. Cuando murió, la cifra continuó rebotando en mi cabeza como una maldición. Hasta que un día me paré, caminé 24 pasos desde la cazuela de comida del pajarraco, y llegué a la cama. Desde ahí salté 42 veces hacia la única dirección que se podía y quedé junto al inodoro. Comencé a golpear los azulejos arriba del inodoro y sentí el sonido hueco. Cayeron despegados y apareció la caja fuerte. Casi 24, sólo 42, y se abrió. 50.000 dólares. Y acá me tenés”.

Nos miramos junto a la puerta de Brandeburgo.

–Dicen que el asesino siempre vuelve al lugar del hecho– comentó mirando alrededor–. Pero parece que la víctima también. Pienso recorrer Europa; empecé por Alemania por el Barcelona.

–¿Pero cuándo ocurrió todo esto?- consulté estupefacto.

–Hace menos de un mes. No soy un genio; yo mismo me pregunto cómo lo logré. Fue por escucharlo durante 10 años sin parar, y en mi memoria durante 35 años. Cualquiera lo hubiera resuelto. ¿Y vos qué hacés por acá?

Le dije que ese era tema para otra historia.

 

Clarin.com

Copa América 2015

13/06/15

Buscando otra vez las señales misteriosas

Los secretos del fútbol

Copa América 2015

         

por   Eduardo Sacheri

Como tan bien escribía Roberto Fontanarrosa en ese cuento inolvidable que es "La observación de los pájaros", los futboleros tenemos la tendencia a escrutar el universo buscando las señales misteriosas de lo que el fútbol nos tiene preparado.

Antes del Mundial de Brasil intuíamos que la Selección Argentina iba a jugar partidos para el infarto, un intercambio brutal de ataques demoledores y naufragios defensivos, de andanadas furibundas protagonizadas por "Los cuatro fantásticos" y descalabros en la retaguardia a cargo de "los otros siete", que no nos parecían tan fantásticos, ni mucho menos.

Después la realidad se encargó de desmentirnos. Los fantásticos traían el físico averiado y las goleadas no fueron tales. El único partido que se pareció un poco a nuestras previas fantasías fue el de Nigeria, ese 3 a 2 con el equipo ya clasificado. Pero ni la victoria ajustada contra Bosnia ni el triunfo estrechísimo contra Irán cumplieron, ni de lejos, aquella profecía.

A partir de octavos la Selección jugó a otra cosa. Los optimistas destacaron que era un plantel que había sabido cambiar. Los pesimistas resaltaron que el equipo convirtió apenas dos goles en cuatrocientos cincuenta minutos. Los líricos lamentaron el viraje del "nos comemos los rivales crudos" a "nos ordenamos de atrás para adelante". Y los resultadistas se sintieron en la gloria –o casi– porque llegamos a la final de un Mundial después de más de dos décadas.

¿Y hoy? ¿Cuáles son las señales que escrutamos en el cielo? No soy un estadístico, pero si me guío por lo que escucho a mi alrededor da la impresión de que, como tantas veces, en tantos temas, navegamos entre la confianza absurda y el escepticismo de cotillón. Como da la impresión de que físicamente están más enteros que al final de la temporada pasada, algunos ya se restriegan las manos sospechando los goles de los fantásticos, que ahora no son cuatro sino cinco porque volvió Carlitos. Y otros lanzan el consabido "serán estrellas pero con la Selección no ganan nada", porque si hay algo que los argentinos solemos abrigar con primorosa delectación son nuestros rencores viejos.

Cuando terminó el Mundial corría entre nosotros una cálida corriente de fraternidad reflexiva. Veíamos en Sabella y sus muchachos un ejemplo a seguir. Palabras como orden, respeto, solidaridad y sacrificio nos sonaban queribles y próximas. Nos proponíamos que esos valores salieran del estrecho rincón de un plantel de futbolistas y nos abarcaran a todos.

Pero claro: pasó un año, o casi, desde entonces. Y a las incógnitas de esta nueva Selección, ahora bajo las órdenes de Martino, les sumamos nuestras actitudes de siempre. Algunos ensayan la vuelta olímpica como si los rivales fuesen cartón pintado. Los otros ensayan la sonrisa torcida del que está de vuelta y sabe que lo único que nos espera es el fracaso.

Es cierto que los futboleros argentinos escrutamos las señales, y que los nuevos tiempos entrañan, tal vez, indicios nuevos. Pero claro. Nuestros ojos siguen siendo los mismos.

 

Clarin.com

Ciudades

14/06/15

La felicidad a la parrilla

A comer se ha dicho. De dos tablas bajo los árboles a salón para 400 personas

Los Talas del Entrerriano, parrilla

por   Gonzalo Abascal

gabascal@clarin.com

Boina negra, bombacha de gaucho, cinturón ancho y cuchillo en la ingle, Don Oscar Boop, 70 años de mirar el mundo con ojos claros, sonríe y un diente delantero rompe filas y gana protagonismo. Hombre de Lucas González, en Entre Ríos, no abandona un curioso modismo al hablar. Cuando quiere que lo escuchen dice "diga". Como un anticipo extraño de las palabras que vendrán, no dice "oiga" ni "mire" ni "escuche". Repite "diga", y pasan unos confusos segundos hasta que su interlocutor adivina que no debe abrir la boca, apenas escuchar. "Diga... ésto se hizo solo. Yo no pensé. Era muy joven, tenía que trabajar y había ido hasta tercer grado. Entonces empecé a vender chorizos a camioneros, obreros, choferes, los que andaban por acá. Puse dos tablas entre los árboles, y el techo eran las hojas. Después seguí con la tirita...pero se me secaba", cuenta, y vuelve a sonreír.  El "ésto" al que se refiere es hoy una parrilla para cuatrocientas personas ubicada en un barrio que no aparece en las guías de turismo: José León Suárez. Por su esquina (avenida Juan M. de Rosas y Manuel Estrada) no pasa el micro de la alegría sin techo y sonrisa impávida que recorre el centro porteño, San Telmo y La Boca. No hay glamour, ni tradición que justifique que cada fin de semana, al mediodía y a la noche, decenas de familias, parejas y amigos se dispongan a esperar con paciencia bíblica una mesa sin mantel, platos de madera, un menú limitado y servilletas de papel. ¿Por qué?  ¿Cuál es la razón para que miles elijan comer sin wi fi, un televisor que los distraiga o un chef famoso que con un gesto amable calme su ansiedad cholula?

Don Oscar, como un Maradona del asado, no puede explicar su propio secreto. "Diga...me ayudó la gente", sigue. "Alguna vez empezamos con los lechones, pero nos salían feos. Hasta que pasó un cordobés (Don Oscar prefiere los apelativos a los nombres), al que conocía de por acá, y me dijo: 'El lechón se pone cabeza abajo'. Nosotros lo poníamos cabeza arriba, la grasa se iba al cuerpo, y salía fiero. Lo dimos vuelta, y así aprendimos...". El cuenta una historia de esfuerzo y algo de suerte. Que los hubo, claro. Pero dos tablas no se convierten de casualidad en una empresa con dos carnicerías, un criadero de chanchos y decenas de empleados. Raúl Boop recuerda a su madre muerta, se persigna con movimientos exagerados y repasa los tiempos difíciles. "Alguna vez apareció una concubina de mi padre, que después se convirtió en socia, y junto a su familia se quiso quedar con todo. Hubo que venir con los fierros, y como a esa mujer no le gustaba trabajar recuperamos el negocio, pero tuvimos que levantarlo de menos veinte. No de cero, de menos veinte", enfatiza. "Y acá estamos, pensando siempre en el cliente", agrega, como un latiguillo de publicidad provinciana. Algunos números ayudan a intentar entender, pero apenas eso: 10 mil kilos de leña traídos de Entre Ríos, 100 planchas de asado, 70 lechones y miles de chorizos caseros y morcillas asados por semana dan volumen al fenómeno. Pero comida venden todos los restaurantes. ¿Entonces?

Tal vez para encontrar la respuesta sólo haya que mirar  las mesas. Y lo que se ve no es una escena del programa de Mirtha Legrand, ni ganaría una medalla a los buenos modales, pero se parece a una forma de la dicha: hombres estirados en sus sillas que ríen con un escarbadientes entre los labios, muchachos que comen en bermudas y brindan ruidosamente entre generosas porciones de lechón, familias que estacionan sus autos importados y soportan más de una hora de espera hasta que una voz con un micrófono los convoca: "Daniela, Gastón". Y allá van los afortunados a ocupar sus lugares. Abuelas de jogging negro de tela de avión, zapatillas blancas y cartera que aprietan un sifón con ganas mientras sus nietos se llevan de a cinco papas fritas a la boca, chicos que con camisetas de fútbol y botines embarrados cortan el vacío y lo reparten con entusiasmo contagioso. Y tal vez el detalle más revelador: nadie discute. Infierno de los veganos, aquí la milanesa es casi un exotismo y sobre las mesas las manos se cruzan con velocidad y precisión de ingenieros, repartiendo chorizos, morcillas, asado, chivitos, papas fritas y ensaladas. Uno sospecha que algo parecido a la felicidad acompaña cada porción. Lo saben bien los vendedores ambulantes que merodean en la puerta, bajo las letras de "Los Talas...". Uno vende globos ("dale papá comprame uno"), otro cuchillos de campo. El tercero y más audaz espera con la pequeña jaula a sus pies. "... 1.700 pesos, pero está vacunado y desparasitado", dice. El cachorro de caniche toy duerme estirado. El hombre conoce, por experiencia, que del salón comedor alguien saldrá golpeándose la panza, los pasos largos, la mirada alegre, el gesto satisfecho y la guardia baja.  Y volverá a su casa después de haber comido un gran asado, y en los brazos un perro que no estaba en sus planes.

 

 Todos miran y casi nadie juega

Clarín

14 Jun 2015

por  Juan Bedoian jbedoian@clarin.com

Esto no es un arrebato de despecho nostálgico por un mundo más simple y sereno, ni siquiera una reivindicación de ciertos ideales del pasado que intentaban encontrar un sentido a la vida y ni por asomo un rechazo a la modernidad.

Es sólo la descripción de algo incontrastable que nos está sucediendo hoy: nunca antes hu- bo esta sobreabundancia de imágenes, nunca se miraron tal cantidad de cosas ni se registraron tantas apariencias transmitidas con la velocidad de un rayo, jamás la experiencia fue transformada así en espectáculo. Junto al avance técnico y científico más raudo de toda la historia, también llegó un bombardeo de imágenes de una magnitud en la que a veces ya cuesta distinguir la vivencia directa de lo que acabamos de ver en la TV, la computadora o el móvil.

Se puede presenciar un bombardeo en Siria en simultáneo, aunque no veamos u oigamos a sus muertos; unos pocos bailan, responden preguntas, protagonizan melodramas, compiten en una cancha, pronuncian discursos, cocinan en un set u ofrecen un show, mientras el resto –millones–s comparte pasivamente el espectáculo, ese Gran Juego en el que casi nadie juega y todos miran.

La realidad se emborracha en incontables pantallas que muestran imágenes volátiles y los ciudadanos son meros espectadores que se embriagan con ellas. En este mundo global y sofisticado, esas pantallas nos mantienen magníficamente informados, pero los que hablamos no somos nosotros. Ellas están hablando por nosotros.

 

El mejor de los video games

Clarín

15 Jun 2015

Fernando Sendra   fernandosendra@clarin.com

Existe un video game maravilloso. Lo practiqué después de jugar un juego de estrategia y un par de solitarios chinos. Se trata de un juego donde lo más importante es la fantasía, y uno elige si gana o pierde en cualquier momento de la partida. También existe el empate, pero no es conveniente.

Curiosamente, en este juego lo mejor es perder y también es lo más difícil, ya que para perder se deberán vencer profundos obstáculos emocionales y sólo quien lo logre se alzará con la derrota, a veces humillante, otras honrosa, otras que marcarán una retirada con heridas leves o profundas.

Es un juego virtual, pero sus consecuencias pueden ser dramáticas para nosotros y aún para terceros. Y tal vez su resultado afecte a miles o a millones. Parece sencillo, pero hace falta una instrucción de dos o tres años para entender sus bases y adquirir la fluidez necesaria que requiere. Y lo más insólito, sus reglas son cambiantes ya que cada jugador, partiendo de unas instrucciones prefijadas, podrá armar mundos nuevos o generar vidas virtuales que sean modelos de futuras realidades. Además, nos hará reír o llorar mientras juguemos. Cada partida dura, al menos, unos diez minutos y se da el caso de partidas que duraron años y nunca concluyeron.

Este juego se llama “escritura”. Requiere Imaginación para poder ganar, Sabiduría para descubrir, Confesión para lograr perder, y Honestidad para que nuestras derrotas sean tan humillantes que nos cambien la vida para bien. Pero les advierto, estén muy seguros de lo que dicen. Alguien lo puede leer.

 

Las papas fritas son sagradas

Clarín

17 Jun 2015

Gonzalo Abascal   gabascal@clarin.com

La primera vez fue en un bodegón de Barracas. El pelado 1 pidió algo, no me acuerdo bien qué, pero con papas fritas. Pasó un rato de charla dispersa, algún chiste malo y, cuando los tres habíamos terminado de comer, las papas fritas seguían casi intactas sobre el plato. Miré incrédulo al pelado 1, busqué en su cara algún gesto de contención, tal vez obligado por una absurda dieta (es pelado, no gordo) pero no lo encontré. Sin ninguna culpa, dejaba las papas fritas. La segunda vez pasó en el restorán que está en la esquina del diario, y ya fue demasiado. En esa mesa, otra vez de tres, los pelados eran dos. Uno comió como se debe, hasta no dejar una miga. El pelado 1 volvió a abandonar la guarnición de papas (había pedido milanesas de berenjena, otra elección para sospechar) casi intacta. Atónito, no me costó elaborar una teoría para tan extraña conducta. Me acordé que alguna vez me había contado que sólo tenía una hermana mayor. Ahí se revelaba el misterio. Cualquie- ra, como quien esto escribe, que haya crecido compartiendo almuerzos, cenas y meriendas con hermanos varones, sabe que jamás, pero jamás, se deja comida en el plato.Básicamente, porque nunca nada es suficiente. No es que falte comida, es que sobran hermanos. Y el símbolo máximo de esa búsqueda insaciable son las papas fritas. Nadie pelea por una hoja de lechuga, o una ensalada de chauchas. Por eso los almuerzos por ahora están suspendidos.

Temo que si el episodio se repite, torpe y descontrolado yo le grite : “¡Pelado, las papas fritas son sagradas!”.

 

Más respeto por los cafés

Pasiones argentinas

Alberto Amato   alberamato@gmail.com

19/06/2015 Clarín

Vamos muy a la ligera. Después vienen los lamentos. Cerró, tal vez para siempre, uno de los cafés más tradicionales de Buenos Aires: Los Galgos. Callao y Lavalle, frente a El Salvador: la biblia y el calefón.

A propósito: Discépolo -si no saben quién fue, averígüenlo- iba allí a menudo. Quien fue su esposa, me confió una vez que pasó a buscarlo varias madrugadas en las que, o bien farreaba con amigos, o bien componía algunos de los tangos legendarios que escribió, entre ellos uno que habla de esos cafés donde aprendimos a no pensar más en nosotros.
Atenti los de siempre: no se trata de perpetrar la nostalgia. No sean simplistas. Un café es parte de la cultura de un país. De cualquier país. No podés andar bajando las persianas así como así y que no te pase nada por el morro.
En Roma, el Antico Café Greco está abierto desde 1760. En Madrid, el Gran Café de Gijón lo está desde 1888. Y esos muchachos pasaron por algunas guerras. El Café de Flore y Les Deux Magots, vecinos en el Boulevard Saint Germain de París, no cerraron sus puertas ni durante la ocupación alemana, ni después de la muerte de Jean Paul Sartre, uno de sus habitúes. Esos chicos mantienen la tradición, no la suprimen Los cafés son lugares de reunión, nido de amores, escenarios de debates, refugio de pesares, transmisores de cultura: son, casi, hermanos nuestros. ¿Cómo te los vas a sacar de encima como a un bicho molesto? Es cierto, negocios son negocios. Pero un poquito más de respeto, por favor. Y vayamos a tomar un café.

 

LO IMPORTANTE: FRASCO DE CAFÉ.......

Cuando las cosas en la vida parecen demasiado, cuando 24 horas al día no son suficientes, recuerda el frasco y el café.

Un profesor, delante de su clase de filosofía, sin decir palabra tomó un frasco grande que estaba vacío y procedió a llenarlo con pelotas de golf. Luego le preguntó a sus alumnos si el frasco estaba lleno.

Los estudiantes estuvieron de acuerdo en decir que sí. Así que el profesor tomó una caja llena de bolitas y la vació dentro del frasco. Las bolitas llenaron los espacios vacíos entre las pelotas de golf.

El profesor volvió a preguntarles a los estudiantes si el frasco estaba lleno y ellos volvieron a decir que sí.

Luego el profesor tomó una caja con arena y la vació dentro del frasco. Por supuesto, la arena llenó todos los espacios vacíos y el profesor preguntó nuevamente si el frasco estaba lleno.

En esta ocasión los estudiantes respondieron con un "sí" unánime.

El profesor enseguida agregó 2 tazas de humeante café al contenido del frasco y efectivamente llenó todos los espacios vacíos entre la arena. Los estudiantes rieron en esta ocasión.

Cuando la risa se apagaba, el profesor dijo:

"Quiero que se den cuenta que este frasco representa la vida.

Las pelotas de golf son las cosas importantes, como la familia, los hijos, la salud, los amigos, las cosas que te apasionan. Son cosas que aún si todo lo demás lo perdiéramos y sólo éstas quedaran, nuestras vidas aun estarían llenas.

Las bolitas son las otras cosas que importan, como el trabajo, la casa, el auto, etc.

La arena es todo lo demás, las pequeñas cosas.

Si ponemos la arena en el frasco primero, no habría espacio para las bolitas ni para la pelotas de golf. Lo mismo ocurre con la vida. Si gastamos todo nuestro tiempo y energía en las cosas pequeñas, nunca tendremos lugar para las cosas realmente importantes.

Presta atención a las cosas que son cruciales para tu felicidad.

Juega con tus hijos, tómate tiempo para consultar al doctor, ve con tu pareja a cenar, practica tu deporte o afición favorita. Siempre habrá tiempo para limpiar la casa y reparar la llave del agua. Ocúpate de las pelotas de golf primero, de las cosas que realmente importan. Establece tus prioridades, el resto es sólo "arena."

Uno de los estudiantes levantó la mano y preguntó qué representaba el café.

El profesor sonrió y dijo: "Que bueno que lo preguntas. Sólo es para demostrarles que no importa cuan ocupada tu vida pueda parecer, siempre hay lugar para un par de tazas de café con un amigo."


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26.04.2015

Los jacarandás corren peligro

por  Juan Be­doian juan­be­doian@cla­rin.com

La mal­di­ta “chin­che de en­ca­je” nos de­ja­rá sin el ter­cio­pe­lo azul que de­co­ra el pai­sa­je de Bue­nos Ai­res? Se­gún di­cen los ex­per­tos, es­tos abo­mi­na­bles pa­rá­si­tos só­lo ac­tua­ban en la Me­so­po­ta­mia, pe­ro aho­ra se han mu­da­do a la gran ur­be pa­ra jo­der­le la vi­da a otras es­pe­cies, en­tre ellos los ja­ca­ran­dás.

La mal­di­ta “chin­che de en­ca­je” nos de­ja­rá sin el ter­cio­pe­lo azul que de­co­ra el pai­sa­je de Bue­nos Ai­res? Se­gún di­cen los ex­per­tos, es­tos abo­mi­na­bles pa­rá­si­tos só­lo ac­tua­ban en la Me­so­po­ta­mia, pe­ro aho­ra se han mu­da­do a la gran ur­be pa­ra jo­der­le la vi­da a otras es­pe­cies, en­tre ellos los ja­ca­ran­dás.

¿Có­mo? Se co­men los ta­llos de los ár­bo­les y en­ton­ces sus ho­jas se se­can y caen ¿Por qué? En la ciu­dad no hu­bo mu­cha llu­via y sí al­tas tem­pe­ra­tu­ras. Las au­to­ri­da­des di­cen que ya han co­men­za­do la ba­ta­lla con­tra es­tos mi­se­ra­bles que han ata­ca­do una de las be­lle­zas que ex­pli­can los co­lo­res de Bue­nos Ai­res, una ciu­dad que fue pen­sa­da con ár­bo­les.

¿Có­mo? Se co­men los ta­llos de los ár­bo­les y en­ton­ces sus ho­jas se se­can y caen ¿Por qué? En la ciu­dad no hu­bo mu­cha llu­via y sí al­tas tem­pe­ra­tu­ras. Las au­to­ri­da­des di­cen que ya han co­men­za­do la ba­ta­lla con­tra es­tos mi­se­ra­bles que han ata­ca­do una de las be­lle­zas que ex­pli­can los co­lo­res de Bue­nos Ai­res, una ciu­dad que fue pen­sa­da con ár­bo­les.

¿Có­mo? Se co­men los ta­llos de los ár­bo­les y en­ton­ces sus ho­jas se se­can y caen ¿Por qué? En la ciu­dad no hu­bo mu­cha llu­via y sí al­tas tem­pe­ra­tu­ras. Las au­to­ri­da­des di­cen que ya han co­men­za­do la ba­ta­lla con­tra es­tos mi­se­ra­bles que han ata­ca­do una de las be­lle­zas que ex­pli­can los co­lo­res de Bue­nos Ai­res, una ciu­dad que fue pen­sa­da con ár­bo­les.

Us­te­des ya lo vie­ron. En sep­tiem­bre y no­viem­bre, las flo­res vio­le­tas de los ja­ca­ran­dás di­bu­jan en pla­zas y ca­lles de Bue­nos Ai­res un pai­sa­je que pa­re­ce de otro pla­ne­ta. Col­ga­das de las ra­mas, ca­yen­do len­ta­men­te co­mo co­pos de nie­ve o de­po­si­ta­das so­bre las ve­re­das y los au­tos co­mo un col­chón de ter­cio­pe­lo azul que a ve­ces se mue­ve con la bri­sa, esa ex­tra­ña llu­via azul te real­za el pa­vi­men­to más ca­na­lla y crea su pro­pia sin­fo­nía en la pri­ma­ve­ra por­te­ña. Con sus bro­tes azu­les, to­dos los años los ja­ca­ran­dás es­tán ahí, im­pa­si­bles, es­plén­di­dos y sen­ci­llos, co­mo una ra­ra y su­ges­ti­va can­ción en me­dio del trá­fi­co ace­le­ra­do de un me­dio­cre me­dio­día.

Us­te­des ya lo vie­ron. En sep­tiem­bre y no­viem­bre, las flo­res vio­le­tas de los ja­ca­ran­dás di­bu­jan en pla­zas y ca­lles de Bue­nos Ai­res un pai­sa­je que pa­re­ce de otro pla­ne­ta. Col­ga­das de las ra­mas, ca­yen­do len­ta­men­te co­mo co­pos de nie­ve o de­po­si­ta­das so­bre las ve­re­das y los au­tos co­mo un col­chón de ter­cio­pe­lo azul que a ve­ces se mue­ve con la bri­sa, esa ex­tra­ña llu­via azul te real­za el pa­vi­men­to más ca­na­lla y crea su pro­pia sin­fo­nía en la pri­ma­ve­ra por­te­ña. Con sus bro­tes azu­les, to­dos los años los ja­ca­ran­dás es­tán ahí, im­pa­si­bles, es­plén­di­dos y sen­ci­llos, co­mo una ra­ra y su­ges­ti­va can­ción en me­dio del trá­fi­co ace­le­ra­do de un me­dio­cre me­dio­día.

Co­mo su­ce­de en la vi­da, la na­tu­ra­le­za te ben­di­ce por un la­do y te cas­ti­ga por el otro. Dul­ces pri­ma­ve­ras y hu­ra­ca­nes. Bro­tes y se­quías. Ter­cio­pe­lo azul en sep­tiem­bre y mal­di­ta chin­che en abril. Así es la co­sa y así se­rá siem­pre.

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19.04.2015

En busca del tiempo perdido

por  Juan Be­doian juan­be­doian@cla­rin.com

Si nunca levantas la vista mientras circulas por la ciudad desnuda y no ves esas nubes de oro o de marfil; si jamás miraste la cúpula brillante de esos edificios europeos que definen el estilo de Buenos Aires; si hace mucho que ningún rayo estimulante te perfora el cerebro, aunque sea por un segundo, y te muestra cosas secretas de esta ciudad, estás yendo demasiado rápido.

Este es un tiempo contaminado y díscolo, y marcha hacia la única dirección posible: rapidísimo y hacia adelante. La visión de la  pálida Luna que afila la punta de los árboles en cualquier barrio, un hermoso zaguán con malvones, el aroma de una bebida, un perfume: todas esas cosas, lentifican un poco al tiempo maula.

Muchos años atrás, vi a siete japoneses ciegos en la Vía Veneto de Roma. Los siete portaban bastones blancos, vestían ropa clara y charlaban animadamente. El grupo tenía una extraña armonía. Recuerdo que uno de ellos llevó a los bordes de su nariz la taza de "un expresso" humeante y lo aspiró como si el mundo estuviera dentro de ese pocillo, cosa que es verdad. También había una mujer joven que gastó su tiempo bebiendo tres copas con una sonrisa leve matizada por sucesivos y placenteros sorbos de Campari y vi que un tercero acariciaba los bordes de su silla de madera como si tocara una obra de arte. La estaban pasando bien y su tiempo era lento, placentero. Esos ciegos estaban percibiendo lo que a veces, nosotros, los que no somos ciegos, no solemos percibir y palpitar en la ciudad vertiginosa.

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25.04.2015

La colimba, un circo romano

por  Ho­ra­cio Pa­ga­ni hpa­ga­ni@cla­rin.com

Llo­ra­ba mi vie­ja cuan­do me tra­jo la ci­ta­ción pa­ra la co­lim­ba. “Te vas a ha­cer hom­bre”, de­cían alle­ga­dos in­ten­cio­na­dos. Mi vie­jo le “ha­bló” a un clien­te de la pa­na­de­ría, co­ro­nel él, pa­ra pe­dir­le un des­tino cer­cano. Con nú­me­ro ba­jo me hu­bie­ra sal­va­do. Pe­ro si era al­to, te to­ca­ban dos años en la Ma­ri­na. Con el 679 me lla­ma­ron del Ejér­ci­to. Y no sir­vie­ron las de­cla­ra­cio­nes de vie­jas do­len­cias en la re­vi­sión mé­di­ca. Año per­di­do, pen­sé y me fui ha­cien­do a esa idea.

Llo­ra­ba mi vie­ja cuan­do me tra­jo la ci­ta­ción pa­ra la co­lim­ba. “Te vas a ha­cer hom­bre”, de­cían alle­ga­dos in­ten­cio­na­dos. Mi vie­jo le “ha­bló” a un clien­te de la pa­na­de­ría, co­ro­nel él, pa­ra pe­dir­le un des­tino cer­cano. Con nú­me­ro ba­jo me hu­bie­ra sal­va­do. Pe­ro si era al­to, te to­ca­ban dos años en la Ma­ri­na. Con el 679 me lla­ma­ron del Ejér­ci­to. Y no sir­vie­ron las de­cla­ra­cio­nes de vie­jas do­len­cias en la re­vi­sión mé­di­ca. Año per­di­do, pen­sé y me fui ha­cien­do a esa idea.

Ya tra­ba­ja­ba en el Ban­co y es­tu­dia­ba Cien­cias Eco­nó­mi­cas. Cuan­do me subie­ron a un mi­cro en Pa­ler­mo no nos di­je­ron ha­cia dón­de íba­mos. Vi­lla Mar­te­lli pa­ra ha­cer la ins­truc­ción. Ca­rre­ra ¿march?, cuer­po a tie­rra, sal­to de ra­na. To­do el día. Ma­te co­ci­do al al­ba. Gui­so al me­dio­día.

Ya tra­ba­ja­ba en el Ban­co y es­tu­dia­ba Cien­cias Eco­nó­mi­cas. Cuan­do me subie­ron a un mi­cro en Pa­ler­mo no nos di­je­ron ha­cia dón­de íba­mos. Vi­lla Mar­te­lli pa­ra ha­cer la ins­truc­ción. Ca­rre­ra ¿march?, cuer­po a tie­rra, sal­to de ra­na. To­do el día. Ma­te co­ci­do al al­ba. Gui­so al me­dio­día.

Ya tra­ba­ja­ba en el Ban­co y es­tu­dia­ba Cien­cias Eco­nó­mi­cas. Cuan­do me subie­ron a un mi­cro en Pa­ler­mo no nos di­je­ron ha­cia dón­de íba­mos. Vi­lla Mar­te­lli pa­ra ha­cer la ins­truc­ción. Ca­rre­ra ¿march?, cuer­po a tie­rra, sal­to de ra­na. To­do el día. Ma­te co­ci­do al al­ba. Gui­so al me­dio­día.

El dor­mi­to­rio era una gi­gan­tes­ca cua­dra de ca­ba­llos con ca­mas de tres pi­sos. Yo dor­mía en la más al­ta por mi claus­tro­fo­bia. Una se­ma­na sin ba­ñar­nos. El sá­ba­do nos lle­va­ron a un pla­yón. Era­mos co­mo 300. Se for­ma­ron 150 pa­re­jas. Uno arri­ba de otro (¿ba­bu­cha?). Ha­bía que cho­car. La pa­re­ja que que­da­ba en pie ten­dría fran­co. Yo me col­gué de un tu­cu­mano de hie­rro. De­rri­ba­mos a va­rios. Has­ta que que­da­mos dos pa­re­jas. Se for­mó un círcu­lo vo­ci­fe­ran­te, una pa­re­ja en ca­da ex­tre­mo. Co­mo en el cir­co ro­mano. Los otros eran dos gi­gan­tes. Car­los, el mío, te­nía un cor­te en la ce­ja que im­pre­sio­na­ba.

El dor­mi­to­rio era una gi­gan­tes­ca cua­dra de ca­ba­llos con ca­mas de tres pi­sos. Yo dor­mía en la más al­ta por mi claus­tro­fo­bia. Una se­ma­na sin ba­ñar­nos. El sá­ba­do nos lle­va­ron a un pla­yón. Era­mos co­mo 300. Se for­ma­ron 150 pa­re­jas. Uno arri­ba de otro (¿ba­bu­cha?). Ha­bía que cho­car. La pa­re­ja que que­da­ba en pie ten­dría fran­co. Yo me col­gué de un tu­cu­mano de hie­rro. De­rri­ba­mos a va­rios. Has­ta que que­da­mos dos pa­re­jas. Se for­mó un círcu­lo vo­ci­fe­ran­te, una pa­re­ja en ca­da ex­tre­mo. Co­mo en el cir­co ro­mano. Los otros eran dos gi­gan­tes. Car­los, el mío, te­nía un cor­te en la ce­ja que im­pre­sio­na­ba.

Cuan­do en­ca­ra­mos la ca­rre­ra y ve­nía el cho­que le ha­blé, los es­qui­va­mos y se des­pa­rra­ma­ron. Yo pu­de co­mer las mi­la­ne­sas de mi vie­ja en ca­sa. Car­los que­dó li­bre, pe­ro aden­tro.


 

Para comunicarse con nosotros: argentinodelanus@gmail.com