EL CLUB ES DE TODOS

 

    . . . . . y para que ello suceda todos debemos tomarnos la obligación de participar de alguna forma.

 

    Asociadas y asociados gozamos de las actividades que se desarrollan, abonando puntualmente nuestras cuotas sociales y adicionales.

 

    Otros son exceptuados de abonar algunas de estas cuotas por estar en condiciones económicas desafortunadas, y por ello la C.D., entendiendo el momento tomó esa decisión de excepción.

 

    Esperamos de todos y en especial de estos últimos, su participación y toma de obligaciones, colaborando con la C.D. y Sub-Comisiones en sus horas libres.

        Es necesaria  la contribución de todos, sea en especie o en tiempo dedicado a los demás ... sus hijos y los del vecino.

 

    Los esperamos.

        La C.D.

        Setiembre de 2003


El Papa, Un tipo común y corriente

Clarín   6 Oct 2015

Magda Tagtachian    mtagtachian@clarin.com

Marca larga distancia y llama a Carlitos Balá por su cumple 90. Abre la puerta de su cuarto y le da una silla al guardia que está (parado) afuera. Le ofrece la mitad de su sándwich. Camina unas cuadras por el centro de Roma y entra en una óptica común y corriente. Se prueba unos lentes de aumento comunes y corrientes y consulta para que le cambien los suyos. Paga lo que corresponde. Saluda. Sale. Arrastra los zapatos negros gastados comunes y corrientes y su maletín a tono que sobresalen de su investidura blanca.

En la ruta, detiene el auto común y corriente que lo lleva para besar a un bebé que no es tan común y corriente, que sonríe a pesar de su enfermedad. Echa a un cura pedófilo. Visita a los presos. Come junto a los empleados de su Casa. Dice que el tema refugiados avergüenza al mundo. Pide a las parroquias que abran sus puertas porque cerradas parecen museos. Marca otra vez larga distancia y llama a una mamá que perdió a su hijo. Llora con ella. Marca una vez más larga distancia y habla con la novia de un preso, músico rockero, condenado tras incendiarse el boliche donde murieron 196 chicos.

Pide a los jóvenes que hagan lío. Pide a los jóvenes que no se droguen. Escribe de puño y letra esquelas a quienes le escriben. Tiene un pulmón menos, un corazón rojo y azul y una pasión anti conspiraciones. Si mete la pata pide perdón. Si pide, pide que recen por él. En el maletín negro, Jorge lleva su maquinita de afeitar, su agenda, un breviario y los poemas de Borges.

 

Clarin.com   Opinión   23/09/15

Equipaje tecno hasta en la cama

Magda Tagtachian,

pasiones argentinas

         

Magda Tagtachian   @magdatagta   mtagtachian@clarin.com

La colección ocupa con total permiso el “lado B” de la cama. Adora dormir con su iPhone, su iPad, su iBook. Le gusta dormir despierta. No importa la hora en que se acueste, difícil antes de la una, a eso de las tres y media manotea el celular. La luna azul que brilla en la pantalla salpica veloz el cuarto. Medio dormida, pispea Twitter. Si está un poco más despabilada, relee algún WhatsApp que durante el día la hizo sonreír. Se vuelve a dormir.
A las cinco menos cuarto se cuela una idea. Las letras dibujan su cabeza con pasión. La empujan a abrir la compu. Resiste. Se rinde. Escribe otra vez. Le escribe a su luna azul. Algunas voces se hamacan. Giran descontroladas. Ronda un silencio motor. Los sueños trepan. Las palabras nadan.
El reloj al que llaman despertador marca en rojo las seis. Están divorciados ella y su reloj. Los ruidos de la calle no se atreven. Se adormece. A las siete el sol zapatea la ventana. No le hace caso al sol. A las ocho y veinte entra algún llamado de un banco o una promoción cualquiera. A esa hora ya vive su noche. Se hunde feliz en la almohada. Hasta las diez. A veces es más. No le gusta contarlo. Cuando duerme despierta el inconsciente se le asoma por la yema de los dedos imantados al teclado. El corazón brilla. Le gusta la noche que habla. Le gusta el “lado B” de la cama colonizada por su colección.
Eventualmente, si alguien la ocupa, le estaría permitido traer su tecno equipaje. Mejor que negarlo es admitirlo, redes y smartphones al día, somos mucho más que uno y que dos.

Magda Tagtachian

mtagtachian@clarin.com

 

Clarin.com   Opinión   24/09/15

Aprovechar las tediosas colas

berto gonzález montaner,

pasiones argentinas

Berto González Montaner  bmontaner@clarin.com

Miré el reloj. Ya hacía una hora y media que esperaba que llamaran mi número: rojo 10. Tratando de no impacientarme, saqué una hoja y un lápiz, y me dispuse a registrar el momento. Por segundo día consecutivo me encuentro haciendo cola en el Registro de la Propiedad Automotor. Qué va a hacer, se lamentaría resignado el sereno del garaje de la vuelta de casa. Los chicos crecen, quieren el auto de papá y para que lo usen hay que sacar la cédula azul. En eso estoy. Ayer a la mañana el trámite fue rápido, pero algo tenía que faltar. La chica que me atendió me llamó por la tarde y me dijo que en los múltiples formularios que había llenado, faltaba un dato. Ergo, volví y ya me comí hora y media de cola. Un fastidio.
Mi abuelo, en cambio, no tenía este problema. De jubilado, se convirtió en un apasionado de las colas. El era materia dispuesta para hacer cualquier trámite. También, sistemáticamente, una vez por mes, tenía cita con ellas para cobrar su jubilación. Siempre volvía con algún cuento. El abuelomingo (para mí, de chico, era una sola palabra) que yo conocí era pintón y pispireto. Le encantaba trabarse en esas ocasionales charlas, pero una vez enfocada su víctima tenía un objetivo final.
Primero desplegada su seductora conversación y luego venía la pregunta a la circunstancial viejita jubilada ... “¿Y usted, qué edad me da?” Siempre le daban, como mínimo, una sota menos. Y el abuelo volvía feliz con la autoestima alta, dispuesto a enfrentar nuevas colas y la vida. Abuelamafalda, un fenómeno, con sabiduría sonreía agradecida.

Berto González Montaner

bmontaner@clarin.com

 

El valor de la amistad

En un colegio norteamericano se contaba esta historia:

Un día, cuando era estudiante de secundaria, vi a un compañero de mi clase caminando de regreso a su casa. Se llamaba Carlos. Iba cargando todos sus libros y pensé:

“¿Por qué se estará llevando a su casa todos los libros el viernes? ¡Debe ser un nerd!”

Yo ya tenía planes para todo el fin de semana: fiestas y un partido de fútbol con mis amigos el sábado por la tarde, así que me encogí de hombros y seguí mi camino.

Mientras caminaba, vi a un montón de chicos corriendo hacia él, y cuando lo alcanzaron, le tiraron todos sus libros y le hicieron una zancadilla que lo arrojó al suelo; sus anteojos volaron y cayeron en el pasto como a tres metros de él. Miró hacia arriba y pude ver una tremenda tristeza en sus ojos.

Mi corazón se estremeció, así que corrí hacia él mientras gateaba buscando sus anteojos. Observé algunas lágrimas en sus ojos. Le acerqué a sus manos sus anteojos y le dije:

— ¡Esos chicos son unos tarados, no deberían hacer esto!

Me miró y me dijo:

— ¡Hola... gracias!

Había una gran sonrisa en su cara. Lo ayudé con sus libros pues vivía cerca de mi casa. Le pregunté por qué no lo había visto antes y me contó que se acababa de cambiar de una escuela privada. Yo nunca había conocido a alguien que hubiera ido a una escuela privada. Caminamos hasta su casa. Le pregunté si quería jugar al fútbol el sábado, con mis amigos, y aceptó.

Estuvimos juntos todo el fin de semana.

Mientras más conocía a Carlos, mejor nos caía, tanto a mí como a mis amigos.

Llegó el lunes por la mañana y ahí estaba Carlos con una nueva pila de libros. Me paré y le dije:

— Hola, vas a sacar buenos músculos si cargas todos esos libros todos los días.

Se rio y me dio la mitad para que le ayudara.

Durante los siguientes cuatro años, Carlos y yo nos convertimos en los mejores amigos. Cuando ya estábamos por terminar la secundaria, Carlos decidió ir a la Universidad de Georgetown y yo iría a la de Duke. Sabía que siempre seríamos amigos, que la distancia no sería un problema. Él estudiaría medicina y yo administración, con una beca de fútbol.

Carlos fue el orador de nuestra graduación.

Yo lo fastidiaba todo el tiempo diciéndole que era un nerd. Llegó el gran día. Él preparó el discurso. Yo estaba feliz de no ser el que tenía que hablar.

Carlos se veía realmente bien. Era una de esas personas que se había encontrado a sí misma durante la secundaria, había mejorado en todos los aspectos y se veía bien con sus anteojos. ¡Tenía más citas con chicas que yo y todas lo adoraban! ¡Caramba! Algunas veces hasta me sentía celoso...

Pude ver que él estaba nervioso por el discurso, así que le di una palmadita en la espalda y le dije:

— Vas a ver que estarás genial, amigo.

Me miró con una de esas miradas realmente de agradecimiento y me sonrió.

— Gracias —me dijo. Limpió su garganta y comenzó su discurso:

“La graduación es un buen momento para dar gracias a todos aquellos que nos han ayudado a través de estos años difíciles: tus padres, tus maestros, tus hermanos, quizá algún entrenador... pero principalmente a tus amigos. Yo estoy aquí para decirles a ustedes, que ser amigo de alguien es el mejor regalo que podemos dar y recibir y, a propósito, les voy a contar una historia...”

Yo miraba a mi amigo incrédulo cuando comenzó a contar la historia del día que nos conocimos. Aquel fin de semana él tenía planeado suicidarse. Estaba solo, tenía grandes problemas. Habló de cómo había limpiado su casillero de la escuela y por qué llevaba todos sus libros con él: para que su mamá no tuviera que ir después a recogerlos.

Me miraba fijamente y me sonreía.

“Afortunadamente fui salvado. Un amigo me salvó de hacer algo irremediable”.

Yo escuchaba con asombro cómo este apuesto y popular chico contaba a todos ese momento de debilidad. Sus padres también me miraban y me sonreían con esa misma sonrisa de gratitud. Recién en ese momento me di cuenta de lo profundo de sus palabras:

Nunca subestimes el poder de tus acciones: con un pequeño gesto, puedes cambiar la vida de otra persona, para bien o para mal. Los amigos son ángeles que nos llevan en sus brazos cuando nuestras alas tienen problemas para recordar cómo volar.

¿Sabemos y tenemos conciencia de las consecuencias de nuestros actos, para bien o para mal?

No somos responsables de la felicidad o infelicidad de los demás, pero ¿no es cierto que a veces contribuimos a ellas?

 

Clarin.com  Opinión   25/09/15

Las tragedias que se repiten

Pasiones Argentinas    Pablo Sigal

El otro día caminaba por Pasteur al 600 y al pasar por la AMIA me llamó la atención un gran cartel negro, con los nombres de las víctimas en blanco, dibujados como a mano para que el conjunto simulara un pizarrón. Supuse que era nuevo, no lo recordaba. Al llegar a la esquina de Viamonte, un adolescente en bicicleta a todas luces porteño, aunque con actitud de turista, le preguntó a un peatón si era ahí -señaló el cartel lleno de nombres- que antes funcionaba Cromañón. No alcancé a oír la respuesta porque el semáforo ahora me habilitaba a seguir. Sorprendido por la confusión, convencido de que el avance decidido de la ignorancia desprejuiciada aspira a un sitio de privilegio entre las pasiones argentinas, liberé anticuerpos en un rapto de optimismo intelectual.
Pensé en la virtud involuntaria del error, en la síntesis trágica que arrojaba la pregunta de quien no había nacido en 1994. Y que en 2004 era demasiado chico para enterarse, y en que la lógica del drama masivo cada diez años le resultaba ajena, tanto que a estos muertos, los del pasado, la lejanía los volvía intercambiables. Otra virtud colateral de su mirada de turista, que en el extrañamiento delataba un denominador común evidente: daba lo mismo incendio o atentado a los efectos de crecer en el país de la justicia en eterno letargo. Al cabo sospeché que la curiosidad inocente del joven era un juego de ambigüedad sutil y desconcertante. Y que lejos de militar en las filas de la ignorancia autocomplaciente, el pibe utilizaba esta clase de provocaciones para afilar la agudeza de su ingenio. Me quedó la duda.

Pablo Sigal   psigal@clarin.com

 

Clarin.com   Opinión   27/09/15

La pista mágica del gran Gabo

Tags  Pablo Calvo pasiones argentinas

         

La pesquisa empezó mal. El espía confundió el nombre del sospechoso y caratuló el expediente como “José García Márquez”, cuando correspondía anotar “Gabriel”. El escritor recién pisaba Nueva York, como enviado de la agencia cubana de noticias Prensa Latina. Autor de “Cien años de soledad”, iba a tener 24 años de compañía. Miradas escondidas, voces susurrantes, pasos sigilosos por la Quinta Avenida, lupa para encontrar mensajes cifrados en los renglones de sus artículos y novelas. El FBI le seguía los pasos.
¿Cómo actuaron en este caso, donde la escena del crimen estaba atrapada por una telaraña de metáforas, contaminada por gallos de riña, enamorados con cólera, mariposas amarillas y hasta una niña que comía la tierra?
Se sabe ahora -lo publicó el Washington Post- que Gabo despertó suspicacias por su apoyo a la Revolución Cubana y por haber caracterizado a Fidel Castro como “un hombre de costumbres austeras e ilusiones insaciables”.
La investigación del FBI empezó a redactarse en 1961, cuando García Márquez presentaba “El coronel no tiene quién le escriba”. Se reporta allí que el Nobel colombiano tenía “serias dificultades para hablar en inglés”. Y que aún quedan 133 páginas del informe sin desclasificar, bajo estricto secreto.
Pero si algo nos enseñó Gabo es a imaginar. Y entonces podemos suponer que en esas 133 páginas están las pistas de su más apasionada novela, protagonizada por un escritor que se dedicaba a despistar detectives, por los verdes caminos del Central Park.

Pablo Calvo

pcalvo@clarin.com

 

Clarin.com   Sociedad   28/09/15

Amistades no tan virtuales

Pasiones argentinas

Adriana Santagati  @asantagati  asantagati@clarin.com

La amistad en Facebook es ficticia, las verdaderas conversaciones se tienen cara a cara, y lo que mostramos de nosotros en las redes sociales es una construcción. No sé si comparto los argumentos de los nostálgicos de un tiempo en que las cosas, sí, eran más simples. O no los comparto todos, ni siempre.Tengo una amiga virtual a la que nunca le vi la cara, y ni siquiera le escuché la voz: mi amiga Wanda.

Nos conocimos, en Twitter, por una amiga en común ... de Twitter. Después nos empezamos a cruzar en el barrio de Facebook, y así descubrimos que también vivimos en el mismo barrio (real, no virtual). Compramos en la misma pescadería y nos pierden las facturas de la misma panadería. Hasta sospecho que hemos compartido gimnasio.

Me enteré de su ideología política, sus pasiones futbolísticas, que le gusta cocinar y de qué series es fanática. En algunas cosas coincido, en otras no, todas las respeto: como con los amigos. Nos informamos sobre cuestiones barriales, conozco a sus sobrinos y ella likea las fotos de mis hijos. Descubrí que es una guerrera que le está peleando con cuerpo y alma a la enfermedad, y la admiro por eso. Me preocupé por su salud en una internación difícil, y esperaba que llegaran buenas noticias. 

Creo que sé de ella bastante más que de mis vecinas del edificio con las que mejor me llevo, o que de algunos de mis compañeros de trabajo. No sé si este tiempo es mejor o peor: es distinto. Con Wanda seguimos alimentando un diálogo virtual y a lo mejor algún día nos encontremos para tomar un café en algún bar de la avenida. 

 

Las redes igualan a burros y profes

Clarín  29 Sep 2015

Ezequiel Viéitez   evieitez@clarin.com

Twitter y los grupos de WhatsApp, entre otras maravillas electrónicas, confirman lo que anticipó Marshall McLuhan en los 60: “El medio es el masaje”. El medio (entendido como plataforma) nos transforma. Cambia hábitos del pensar. Ya no hay emisor unidireccional, ni demasiado autorizado. Tampoco ideología clara. Todos escriben, todos leen. Un libre mercado de la palabra que, en clave de juego, fomenta la creatividad. Porque la consigna es publicar rápido oraciones potentes, cortas y que tengan concepto. La comunicación en el apogeo de la eficacia.

Como en las series norteamericanas, ganan los diálogos breves y picantes. Hasta ahí, casi todo bien. Pero, siguiendo a McLuhan, ¿en qué medida soportes como ése nos reinventan más cínicos y agrios? ¿Qué nuevos hábitos de pensamiento graban? ¿La repercusión gana más prestigio que la profundidad?

En las redes mandan la ironía, la denuncia al paso y las catarsis teatralizadas. Incluso algunos políticos que se dejan hipnotizar por las reglas ansiosas de la plataforma, terminan disculpándose por sus tuits.

El pensador Umberto Eco exageró hace poco. Opinó que en las redes sociales todos tienen el mismo derecho de hablar que un premio Nobel. Descalificó: “Es la invasión de los necios”. La realidad parece más simple: la pasión más antigua, la de comunicarse, sigue buscando caminos. Pero en algo se puede coincidir con Eco: el mundo on line le agranda la cancha al tipo que sentado en el living le grita al mundo que “Messi es un fracasado”, mientras hunde una mano en las papas fritas.

 

Clarin.com   Opinión   01/10/15

El rock de los abuelos

pasiones argentinas,

Patricia Kolesnicov   @kolesnicova   pkolesnicov@clarin.com

Viene de otra escaramuza con su media naranja y sale esta mañana con algo que no llega a enojo, pero sí es fastidio. Casi sesenta años tiene ella, no está para pavadas. Para el taxi sin mirar, la mano estirada al vacío, y sube con la vista hacia la nada pero ahí, ah, algo familiar. “Maldición, va a ser un día hermoso”, canta el Indio Solari en los parlantes por detrás de su cabeza y tararea el taxista ahí adelante. Es gordo el taxista, vuelta más, vuelta menos, tiene la edad de la pasajera. Es decir: aunque ahora haya una voz finita que les diga “abuelo”, que les diga “abuela”, los dos tienen encima mucha banda, mucho sótano, mucho punk y mucha noche. La última vez que ella fue a ver a Los Redondos, en River, los muchachos de la platea le hicieron lugar y le dijeron “pase, señora, acá va a ver mejor”. Fina cortesía para con ricoteros de la primera hora. Así que el tachero tararea bajito primero y cuando ve que ella mueve el piecito canta un poco más alto, canta que “buena suerte, más que suerte, sin alarma” y ella se va animando, y se acuerda de ese novio de su cuñada que le contó que ahí hablaba un ladrón de estéreos: buena suerte, sin alarma.
Ya bajaron las ventanas, ya son hermanos cuando entonan “De regreso a octubre (desde octubre)/ Sin un estandarte de mi parte .../Te prefiero ... igual, internacional”, a los gritos pelados, estirando la “a” final y hasta haciendo “pa, pan, pan” donde la canción es instrumental. Ella casi lamenta que el trabajo le quede tan cerca. Pero le alcanza para “un último secuestro no, el de mi estado de ánimo no”. Justo a tiempo.

 

Clarin.com   Opinión   02/10/15

Bares con un destino distinto

pasiones argentinas

Hernán Firpo   hfirpo@clarin.com

Después de los 40 uno sólo tiene voluntad para relacionarse con vecinos. Entonces salís a la calle y te armás un barrio de cinco o seis cuadras a la redonda. Buscás un bar para charlas y para hojear los diarios y otro para sentarte a escribir cosas como ésta. No pueden hacerse las dos en el mismo bar, porque la chica del bar de charlas y diarios merece atención (por culpa tuya), en cambio el bar de escribir cosas como ésta es un lugar distinto, donde nunca hacés sociales y sólo das muestras de transitoria urbanidad: buen día, buenas tardes, gracias. Es el bar de la meditación, si se quiere del ensimismamiento, si alguien pudiera. Por eso, en el bar de charlas y diarios saben de tus gustos futbolísticos, políticos, saben de tus hijos, preguntan cómo están, cómo estás, qué hiciste el fin de semana, etc.
Al bar de las charlas y diarios se le agradeció en voz alta que no tuviera televisor. Así empezó esta hermosa historia de aproximaciones. Decir hola es acercarse, es calidez y comentarios de ida y vuelta. En el bar de escribir cosas como ésta no se dan señales de vida. Apenas si uno respira para ordenar un café en jarrito.
El auténtico drama de este modesto procedimiento consiste en que un bar no sabe de la existencia del otro. Que al bar de charlas y diarios lo traicionás por un poco de silencio; y que al bar mudo no le contás de tu otra parroquiana vocación. Uno sabe de vos y el otro te permite creer que vos sabés de todo lo demás.
¿En cuál de los dos bares elegís envejecer? ¿Estar solo o el goce del encierro?, dudaría un Hamlet posmoderno.

 

El sueño 

"Soñé por primera vez con ella a los 18 años, en la colimba", me dijo mi amigo Ketz . "Y no dejé de soñarla hasta el día de hoy". Se refería a una mujer hermosa.

Ketz había sido mi amigo en los dos últimos años de la escuela primaria. Ya por entonces era un eximio caricaturista. Alguna vez escribí que Dios nos hace el chiste de darnos una vocación para la que no tenemos talento. Ketz era un caso bendecido con la vocación y el talento, pero carente de la temeridad para ejercerlo en público. Sus dibujos habían quedado exclusivamente para sus pocos conocidos. A mí me había dibujado, a los 12 años, como a un anciano: pavorosamente, a diferencia de Dorian Gray, cada año que pasa me parezco más a su dibujo, que conservo aún en algún rincón de mi oficina del que no quiero acordarme. Ketz, por el contrario, tiene una de esas caras que parecen no haber salido nunca del aula.

"Nunca la había visto en mi vida", siguió: 

–"Pero soñaba con ella".

–Quizás la viste y no lo recordabas– dije.

–Imposible –porfió Ketz–. Nunca olvidaría una mujer así. Dejame que termine de contarte. Cuando la vi por primera vez, 25 años después del primer sueño, supe de inmediato que era ella, sin necesidad de descifrar su rostro tras los años.

– ¿Vos me estás diciendo que soñaste a los 18 años con una mujer a la que nunca habías visto, que desde entonces la seguiste soñando, y que la viste por primera vez cuando cumpliste 43 años?

–Exacto.

–Es un déjà vu –sentencié–. Cuando la viste, la asociaste con el sueño. Pero confieso que me sentí como uno de los supersticiosos de la realidad, que se niegan a ver lo sobrenatural incluso cuando es evidente.

Por toda respuesta, Ketz desenrolló una hoja con el boceto del rostro y el torso de la mujer: era realmente muy bella.

–La dibujé en el año 84 –explicó Ketz–. Y esta foto es de hace cinco años. Eran la misma mujer, a los 18 y a los 43 años, indudablemente.

–No sé qué decirte- confesé.

–¿Entonces por qué no te callás y escuchás mi historia hasta al final?

"En el 2010, la vi por primera vez, desde la calle, parada en el colectivo 37. De ahí es esta foto, sin que ella me viera cuando se la tomé. Una semana después, a la altura de Rodríguez Peña y Corrientes, en el 37, le entregué un sobre, con el nombre Verónica en el frente, y dentro este mismo retrato y la historia de mis sueños. Verónica era el nombre que yo le decía en mis sueños. No se asustó cuando le di el sobre. De hecho, pareció reconocerme".

–¿Viste que la conocías de algún lado? –interrumpí estúpidamente.

Ketz, por suerte, continuó sin prestarme atención:

–Al final de la carta, la citaba en el café Tarzán, en Tucumán y Ayacucho. Para el día siguiente, a las 17 hs.

–¿Qué tipo de sueños eran?– no pude impedir molestar, como una tara contraída junto con el decreto de comienzo de espacio publicitario.

"Tórridos. Secuenciales: primero, tímidos. Y luego desatados, cada vez más sabios. Pero en la realidad, Verónica llegó puntual al café Tarzán. Yo ya la estaba esperando. Me devolvió el sobre, cerrado, y me dijo:

–Yo también sueño con vos, desde los 18 años.

"No te voy a explicar cómo reaccionó mi cuerpo", detalló innecesariamente Ketz-."Pero prorrumpí en una carcajada. Y le extendí mis manos. Verónica replegó las suyas e hizo que no con la cabeza.
"Me llamo Verónica, confirmó, como si no fuera algo extraordinario. Y agregó: siempre supe que alguna vez te encontraría. Y también supe lo que te diría: estoy casada, tengo dos hijos. Eso no lo soñé, lo decidí".

–Le dije que por lo menos nos debíamos una oportunidad –abundó Ketz–. Ella había soñado conmigo, yo había soñado con ella, sin conocernos, durante 25 años. "¿Y?", dijo Verónica.

–Que por lo menos deberíamos probar –insistió Ketz.

–Hay cosas que no se ensayan–dictaminó Verónica.

Y le dejó el sobre, con la historia de los sueños y el retrato. Y ella no se tomó más el 37, ni volvió a verla en circunstancia alguna, excepto en sus sueños.

–Bioy Casares decía: "Las mujeres y los sueños, ay, se consiguen" –intenté consolarlo–. Quizás te salvaste de los dos.

–Todos somos la caricatura de lo que podríamos haber sido– respondió Ketz.

Marcelo Bijmajer/clarin  

Mi opinión es que este escritor, cuentista y periodista es excelente. Es un placer leerlo.
Si querés leer más de su colección "Se me hace cuento" ingresá a:
http://www.clarin.com/buscador?q=Se%20me%20hace%20cuento

Artículos sobre el caso Nisman y otros en:
http://www.clarin.com/buscador?q=Marcelo%20Birmajer

 

Clarin.com   Opinión   03/10/15

La aventura de viajar en tren

Claudia Amigo,

pasiones argentinas

Todo empieza en el hall de Plaza Constitución. Dejame, yo, yo, en puntitas de pie él marca en la expendedora “estaciones principales-B-Banfield-ida” y espera los tickets. Le pide al guarda que se los pique y tironea a su mamá, apurado por conseguir asiento, mejor a la izquierda. Empieza el viaje y empieza el desfile de vendedores ambulantes, algo de regalo siempre consigue, algún muñeco trucho o una botellita de gaseosa. Les da monedas a los músicos, porque los músicos son artistas que están trabajando y nos brindan alegría. Después de cruzar el Riachuelo, presta especial atención, ahí está, es la más linda mamá y el hincha de Racing acompaña el paso del tren hasta que desaparece de su vista el gran poste blanco del Cilindro.
Enseguida descubre el club de equitación y pregunta cuándo podemos ir al Velódromo de Lanús con su bici. En eso se pone a repasar el orden de las estaciones, por si vos te quedás dormida, yo te aviso cuando llegamos. Sabe quién es Remedios de Escalada, la esposa de José de San Martín, hay que reforzar el concepto porque parece que el otro día en la escuela dijo que era la hija (bien podría haberlo sido, por la diferencia de edad), también sabe quién fue Edward Banfield, el problema aparece cuándo pregunta quién fue Gerli, después te lo googleo. Faltará mucho, permiso, nos bajamos, vamos a lo de los abuelos que tienen patio y ahí juego a la pelota y a regar las plantas en verano. Mientras espera el colectivo 548 en la estación, la madre mira al chico y piensa en todo lo que se pierden aquellos que viajan enchufados al smartphone.

Claudia Amigo

camigo@clarin.com

 

Clarin.com   Opinión   04/10/15

Compañerismo a toda prueba

Pablo Calvo pasiones argentinas

Me gustaría sacar el brazo de esta burbuja, extenderlo como el Hombre de Goma y acariciar a Diógenes, el perrito que está aquí abajo, junto al querido Linyera. Es que nunca vi a alguien tan leal, ni en esta página ni en la Enciclopedia del Mundo, y se lo quería agradecer. Intuyo que Tabaré, su creador, lo colorea con témpera, porque nunca una computadora podría darle tanta humanidad al compañerismo que encarna este ladero fiel, astuto y protector.
Diógenes tiene 38 años y más de diez mil apariciones, guionadas por Carlos Abrevaya y Jorge Guinzburg hasta 1993, y más cerca en el tiempo por Héctor García Blanco. Se me hace que el dibujante de Turdera, hincha de Nacional, Banfield y San Lorenzo, le contagió la pasión por el Ciclón, al punto que el perrito, para sorpresa de sus seguidores, festejó el año pasado la obtención de la Copa Libertadores.
Tabaré es un maestro del plumín, con potencial para hacer la tapa de la revista The New Yorker o la que él quisiera, pero prefiere trabajar para vivir y no vivir para trabajar. Es modesto como su Linyera: si hay un partido, prefiere ir al arco. Pero lo que más llama la atención es el tamaño de sus manos, grandes como hormas de queso. Entrarían varios Diógenes en esas palmas callosas de jugador de bochas de Pavón al fondo. Es un milagro entonces la habilidad que tiene su zurda para el trazo fino. Cuentan vecinos del sur bonaerense que Tabaré tiene perros en el fondo de su casa, que los saca a pasear y les da buena comida. Y que con una caricia por día los conforma, porque vale como mil.

Pablo Calvo   pcalvo@clarin.com

 

Clarin.com

Opinión   07/10/15

Personajes que nos da el subte

pasiones argentinas

Suelo encontrarlo al anochecer en las mazmorras porteñas de los subtes. Allí donde el hastío se refleja en rostros resignados. Él, en cambio, que se pasa el día entre vagones, sonríe.
Es un músico a la gorra que canta y se acompaña bien con su guitarra (algunos, con mucho menos, se ganan premios Gardel). Su repertorio es bien carioca: apela a la alegría, a imágenes soleadas y a chicas de Ipanema; a ese jeitinho tan lejos del sopor de las horas pico. De cara se parece a Nicola Di Bari (jóvenes, googlearlo) y tras sus anteojos espesos se esconde la mirada pícara de quien interpreta un papel: el del cantor brasileño que, sospecho, es más argento que el mate y el partido del domingo.
Habla en un portugués chapucero y creo que hasta guionado. Con su swing bosanovero logra -a veces- sonrisas que disparan recuerdos de aquel verano en Río. Y hasta algún tímido pie que sigue el ritmo. Matiza su repertorio con un monólogo brazuca sanateado en un lenguaje engañoso.
Una noche se subió al subte una familia de turistas brasileños: los grandes lo ignoraban y los dos chicos cuchicheaban y se reían. Él, bicho, les cantó a los pibes, dobló la apuesta y logró un clima al borde de la caipirinha. Si algún día consigue armar en el subte “el trencito brasileño” de los casamientos (ese patético carrusel de momias encabezado por el tío Cacho) pasará de la contratapa a la tapa de este diario. Porque, como todos bien sabemos, la alegría -esa pasión argentina- es sólo brasileña.

Juan Carlos Diez

jdiez@clarin.com

 

Clarin.com   Opinión   08/10/15

Sonrisas contra el malhumor

Cora Cané,

pasiones argentinas

Buenas y santas, lector. ¿Qué le anda pasando que está de malhumor, “a cara de perro”, como decía mi abuela en estos casos? ¡Vamos, amigo, reacciones!
Piense que está tirando a la basura un día de su vida. Un precioso día de su vida, que jamás volverá. Como bien sabemos, nunca falta el malopinado que sentencia: “Los argentinos son malhumorados.” El tipo pertenece al grupo de los que niegan toda posibilidad de buen ánimo. Una cosa es ser serio y otra cosa es ser malhumorado. Lo es el marido al que nunca le cae bien lo que hace su mujer. Lo es el jefe cascarrabias que trata a su equipo de empleados como esclavos. Lo es el fanático que se crispa con quienes no comparten sus ideas.
Los ejemplos son infinitos. El malhumor adquiere distintas formas: desde el estallido de un volcán al gruñido masticado. En tiempo pasados, no hubo rey más malhumorado que Luis XIV de Francia. Nuestro Sarmiento, según algunos de sus biógrafos, tenía un humor de mil demonios. Dicen que al cruel Torquemada, tristemente célebre inquisidor, “jamás se lo vio sonreír.”
La vida es breve, amigo. Como el aletear de un pajarito. Un suspiro, apenas. El eterno malhumorado nunca es feliz. Ni hace feliz a los demás. Es cierto: a veces la lucha cotidiana agobia. Pero eso no lo resuelve el mal humor. Vayamos en busca de un verso de Raúl González Tuñón: “Si quieres ver la vida color de rosa, echa veinte centavos en la ranura ...”
Inventemos nuestra “ranura” para ver la vida a través de ella. Y pongamos una sonrisa a cada día.

Cora Cané  corabcane@gmail.com

 

Clarin.com  Opinión   09/10/15

Esa música que taladra los oídos

Hernán Firpo,

pasiones argentinas

hfirpo@clarin.com

Habrán notado que la llamada música tropical no reconoce auriculares y que, por lo general, suena fuerte en el vagón. La cumbia nos grita canciones que llevan la palabra “corazón”. Amenaza con que te amará. El tema del volumen es un modo de apriete: mientras el estribillo de la cumbia manosea las fibras sensibles, el tecladito es un monstruo grande que pisa fuerte. Si escuchar es obedecer, el mensaje será que antes de hacer la combinación en Diagonal Norte, sepas de memoria el estribillo.
Otra música inevitable es el reggaeton. Nadie escucha reggaeton si el reggaeton no se escucha de la otra cuadra. Por si no lo sabían, un hijo narco de Bob Marley está prófugo de la Justicia. Marley tuvo como veinte críos y uno, el que menos regalías cobró por “No Woman, No Cry”, se vengó fundando un ritmo que pega más que la pasta base. El reggaeton es una droga dura que, por ejemplo, hizo desastres entre las chicas de Tinelli, siempre perreando, calientes como el infierno de “Esperanza mía”. Lo bailan las maestras de escuelas, los empleados de bancos, los testigos de Jehová. Se sabe que su volumen no es infeccioso ni pandémico, pero funciona como ultimátum. Es el látigo que Dios le dio a Don Omar.
Nótese también que de forma artera se meten con el oído, que no es un sentido ágil como la vista: los ojos se cierran y el oído, pobre, es un órgano que no puede defenderse sin un buen tapón de cerumen. Sin embargo, el volumen y la vergüenza (ajena) tienen una relación extrovertida, abierta, demoledora. Y a la vista de todos.

 

Clarin.com   Ciudades   10/10/15

El Once

Se me hace cuento.

Marcelo Birmajer

Estábamos jugando un fútbol de cinco contra cinco en el baldío de la calle Uriburu cuando llegó Itzik Mendel con un chico perdido y nos dijo que debíamos dejarlo entrar para uno de los dos equipos. O un tiempo para cada equipo, como se había despedido el rey Pelé la semana anterior: un tiempo para el Santos, un tiempo para el Cosmos. Era octubre de 1977 y, como fuera, la voz y la mirada de Itzik no dejaban lugar a discusiones: el chico perdido debía jugar. La totalidad de los jugadores, de entre once y doce años, sentíamos un respeto reverencial por Itzik: era importador y exportador; había escapado de Polonia un día antes de la guerra y se había refugiado en Shangai, de donde había venido directo al Once en el año 1947. Su cuerpo era la primera mercancía que había importado desde China; su alma había quedado en Polonia, junto a toda su familia asesinada. Contaré su historia en otra ocasión, junto a la Muralla China del Once que construyó. La historia que hoy nos ocupa es la del chico perdido, cuyas completas implicancias comprendí sólo siete años después. Lo que sí supe algunos días más tarde fue que el chico perdido, el número once de nuestro matemáticamente perfecto partido de cinco contra cinco, había aparecido de la nada en la calle Tucumán, mirando para ambas esquinas, sin saber para dónde ir ni qué hacer, hasta que el verdulero Osvaldo le preguntó si podía ayudarlo en algo, si buscaba alguna calle o persona, y continuó con las preguntas hasta que, cuando le preguntó si estaba perdido, el chico asintió. Luego de consultarlo con su esposa, Osvaldo pensó que lo mejor era llevarlo a la comisaría. Pero Itzik, que inusualmente había abandonado su morada amurallada para comprar personalmente ciruelas pasas en lo de Osvaldo, le dijo que por nada del mundo se le ocurriera llevarlo a la comisaría y nos trajo al chico perdido al partido, mientras el propio Itzik buscaba la solución.

Tiramos una moneda y el chico perdido jugó primero para nuestro equipo. Yo estaba jugando de cinco retrasado y le pregunté si prefería cubrirme abajo o adelantarse, pero no contestó. No parecía mudo ni sordo, sino haber acabado de perder, momentáneamente, su capacidad de hablar. De algún modo supe que lo suyo no era altanería ni timidez, y le hice una seña de que se quedara abajo, que yo subía. Erré un gol, y cuando los contrarios atacaron, el chico perdido detuvo una pelota peligrosa y la sacó al lateral.

Le dije al chico perdido que subiera, que yo me quedaba abajo. Ocupó el puesto de siete, a la manera de Pedro González y, tras una inexplicable falla del arquero, convirtió un gol para nuestro equipo. Oscurecía. Era un octubre climáticamente ambiguo como éste: por momentos primavera, por instantes verano, por ráfagas otoño. Le tocó pasar al otro equipo cuando ya se veía poco y lo aplaudimos, como habíamos visto hacer a los jugadores y simpatizantes de ambos equipos cuando el rey Pelé cambió de camiseta. La pelota ocasionalmente quedaba en penumbras. Pero el equipo contrario logró fabricar un penal, se lo dieron al chico perdido y convirtió. Entonces apareció Itzik con un matrimonio de más o menos su edad. El señor y la señora, de la mano, miraron al chico perdido, lo reconocieron de inmediato y el chico los reconoció. La expresión de su rostro cambió por completo y por primera vez escuchamos su voz: "Zeide", gritó. Y corrió hacia sus abuelos. Los tres se abrazaron desesperadamente. Subieron a la camioneta de Itzik, aparentemente rumbo a Ezeiza.

Recién en el año 83 supe que a los padres se los habían llevado a culatazos, de una calle cercana, nunca logré averiguar cuál, donde no vivían sino que se habían escondido por ese día, con la idea de abandonar el país esa misma noche. Con el correr de los años, cada vez que paso por ese baldío que ya no existe, vuelvo a recordar ese partido de fútbol, y me pregunto a dónde se habrán ido esas luces que no eran eléctricas ni naturales e iluminaban los últimos minutos de cada encuentro, la pelota, el arquero contrario, el chico perdido.

 

Clarin.com   Opinión   11/10/15

Cuando el pueblo ladra, escuchalo

pasiones argentinas

Pablo Calvo

@pablincalvo  pcalvo@clarin.com

Hace 400 años, un hombre tuvo la receta del buen gobierno y la salvación de su pueblo. La redactó Don Quijote de la Mancha, casi al final de sus andanzas de locura y pasión. Sancho Panza acababa de asumir como gobernador de la ínsula de Barataria y la incertidumbre le hizo cosquillas en la barriga. Hasta que llegó esa carta bien inspirada, con consejos que aquí se transcriben: “Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, Sancho, entre otras has de hacer dos cosas: la una, ser bien criado con todos, y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos; que no hay cosa que fatigue más el corazón de los pobres que el hambre y la carestía”.
“No te muestres, aunque por ventura lo seas -lo cual yo no creo-, codicioso, mujeriego ni glotón, porque en sabiendo el pueblo y los que te tratan tu inclinación determinada, por allí te darán batería”, advierte el hidalgo y sigue: “Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre riguroso, ni siempre blando, y escoge el medio entre estos dos extremos; que en esto está el punto de la discreción. Visita las cárceles, las carnicerías y las plazas, que la presencia del gobernador en lugares tales da mucha importancia”.
“Escribe a tus señores y muéstrateles agradecido; que la ingratitud es hija de la soberbia y uno de los mayores pecados que se sabe”, sugiere y firma “Tu amigo Don Quijote”.
Cuenta Cervantes que Sancho suspendió por 15 días a una vendedora de avellanas que, entre las nuevas, escondía nueces viejas. Fue su primera sanción moral. No se sabe si aplicó las otras reglas. Sancho no sabía leer.

 

Pasiones argentinas

La nostalgia de los viejos fonos

Clarín   13 Oct 2015

Laura Haimovichi      lhaimovichi@clarin.com

Te acordás cuando te pegaban un tubazo? El número se discaba, el teléfono se colgaba en la horquilla y los vecinos caían a cualquier hora para pedirlo prestado en la única casa del barrio donde había. Si era medido, salía más caro. Se usaban monedas -o fichas- en el público, pero a veces se las tragaba. Y en algunos aparatos el cartel advertía: “No funciona.”

La telefonista era el puente inevitable para hacer las llamadas de larga distancia y las esperas podían durar horas porque daba siempre ocupado. Acá o allá, las conversaciones se ligaban: un desconocido aparecía en medio de la charla y había que pedirle que cortara.

En las casas las Guías Telefónicas ocupaban un lugar estratégico, ¡y la gente consultaba esos mamotretos! ¿Y los chistes telefónicos? Eran una de las transgresiones más comunes entre los chicos y ... (algunos) adultos.

El inalámbrico fue todo un cambio para la movilidad del usuario. Y el contestador, un hallazgo de la tecnología.

“¿Vieja, a qué no sabés desde dónde te estoy llamando?”, le preguntaba Sabino Morales a su madre desde el pueblito Clemente Onelli, en General Roca, plena Patagonia rionegrina. Había llegado la comunicación, pero sobre todo la voracidad privatista. La otra empresa de telefonía creaba la serie de spots La llama que llama. Unos facturaban, casi todos se reían. Pasó una generación, tal vez dos, desde la invención del móvil.

Las anécdotas de línea se convirtieron en prehistoria. Y es probable que muy pronto el fijo sea una pieza de museo.

 


Es de un autor desconocido, es muy lindo sobre todo para los chicos que se inician en el deporte, para que no crean que lo mas importante del juego es ganar.

Saludos Naibi

 

yo así no juego más

 

Si el juego es una carrera

y solo gana el que llega

Yo así no juego más

 

Si por ganar no me importa

que vos te quedes si torta

yo así no juego más.

 

Si el juego es una pelea

y solo gana quien pega

yo así no juego más.

 

Si estás jugando conmigo

y por ganar te lastimo

yo así no juego más.

 

Yo solo quiero jugar

porque me gusta encontrar

la sonrisa que hay en vos.

 

Yo solo quiero jugar

porque es la forma mejor

de disfrutar del sol.

 

No me quieran enseñar

cómo se debe jugar

que el juego lo inventé yo

 

Autor Anónimo


Espíritu de Equipo

Cada uno debe ser capaz y tener confianza en si mismo de superar al contrario en todas las áreas de la competencia

Debemos estar todos muy unidos. Cada uno de nosotros debe dar lo máximo en cada momento por si mismo y por los demás

 

El equipo es primero, el jugador es segundo. No hay lugar en nuestro equipo para la envidia, el egoísmo y los celos.

Queremos un equipo orgulloso con deseos de superarse, compuesto por jugadores con actitud, corazón y deseos de triunfar, un equipo que juegue para ganar.

Queremos que nuestro equipo piense que: El que gana nunca se rinde y el que se rinde nunca gana.

 

Ganar es muy importante… pero carácter, personalidad, esfuerzo, ese es nuestro interés, nosotros seremos ganadores si cada jugadora trabaja duro y da su mejor esfuerzo al equipo cada día.

 

·        Ahora…Que es un equipo???

Es un grupo de individualidades que se UNEN para lograr un objetivo en común

·        Y cuales son los enemigos de un equipo???

Los peores enemigos de un equipo son el individualismo exagerado, el egoísmo, la envidia y los celos

 

Si un jugador se siente estrella por los puntos que hace, debe saber que en el equipo también hay una estrella del rebote, del pase, de la defensa, de la asistencia, etc..

Y fundamentalmente que todos deben cooperar con todos para lograr los objetivos propuestos: LA ESTRELLA DEBE SER EL EQUIPO

 

DEBEMOS SER SUPERIOR MENTAL Y FISICAMENTE QUE TODAS NUESTRAS ADVERSARIAS.

 

Y por ultimo y creo que lo mas importante… tenemos que tener una disciplina propia basada en el mutuo respeto de uno hacia el otro, que nos llevara a tener en actuación máxima como equipo en todo momento

por Juan Manuel Anglese


El Bastón

De Rubén Damore

1er Premio A.F.A. – Adultos Mayores, Fútbol – 2011

Estaba viejito Don Juan. Hacía cinco años que sobrevivía en una jaula de ancianos donde las visitas se hacen cada vez más esporádicas y donde la soledad se trata de disimular con radio, diarios o algún que otro geronte que ande pasando el invierno de su vida por ahí.

Don Juan era un futbolero nato. Sabía de antemano los días de partido. Pedía el diario a la mañana y se dirigía a la sección de Deportes de una. Se calzaba los anteojos para leer y focalizaba día y horario del encuentro. Igual, por las dudas, le pedía a Pancho, el único enfermero hincha de la ‘acadé’, que le recordara cuando jugaba Racing.

Cuando llegaba el día del partido, un par de horas antes se preparaba, generaba su propia adrenalina. Guardaba la radio en el bolsillo de la camisa, besaba su escudo albiceleste que pendía de una vieja cadena que le había regalado su esposa en otros tiempos, tomaba su bastón y comenzaba a dirigirse hacia el banco que estaba debajo del inmenso árbol, en medio del patio.

Allí pasaba un rato prolongado imaginando la gente en la tribuna y recordando el verde césped del Cilindro.

No olvidaba tampoco el número de su camiseta: el cinco. Tampoco esa manera de distribuir juego a diestra y siniestra para los volantes y delanteros tanto como de hachar al rival habilidoso o meterle marca pegajosa para que no la tocara, pero siempre de buena leche, de frente y como corresponde a un cinco que se precie de tal.

Recorría en voz alta, una y otra vez dentro de su cabeza estos momentos. Pasaba de los juegos en el fondo de su casa de pibe, al club y luego el salto a la cancha de once. La prueba en Racing fue su cúspide deportiva y luego el pasaje fugaz en la primera división. Fue el regalo más grande que recibió en su vida: vestir la casaca blanca con franjas celestes verticales y el cinco negro en la espalda.

Todo esto se lo contaba a Pancho una y otra vez cada día que la Academia le regalaba un partido. Y Pancho, un tipo con mucha paciencia, lo escuchaba mientras le cebaba uno y otro mate.

Don Juan decía que esto lo hacía para que no se le perdiera ni un detalle de sus recuerdos. Tenía miedo que el tiempo se los borrara de un plumazo. Algún día sucedería pero no quería que llegara. Tenía la secreta esperanza de morirse antes.

-¿Sabés Pancho? si no lo hago, tengo miedo algún día de no tener más a manos mis recuerdos... y vos los tenés que conocer...

El sol le molestaba los ojos azulados y se cubría con su arrugada y manchada mano derecha que temblaba levemente. La izquierda le servía para sostener el antiguo bastón marrón, aquel que había pertenecido a su abuelo en los albores del siglo anterior.

Tenía la madera bien lustrada con algunas rayaduras propias de los años y el uso que recibió. Contaba con una base de goma que impedía el resbalón en los mosaicos encerados y una empuñadura finalizada en una cabeza de halcón que él trataba de cubrir dejando solo el pico del bicho hacia afuera. Hasta aquí no pasa de un bastón casi normal, pero no lo era.

Don Juan amaba ese bastón, apoyo adicional e incondicional, de una manera particular. 

Pancho, una tarde y antes del inicio del encuentro, le preguntó sobre la historia de su bastón.

Y el viejo se despachó:

-En mis años de adolescencia, cuando veía caminar despaciosamente a mi abuelo, me sorprendía como esquivaba una y otro bache de la vereda y lo más curioso, como se animaba a ir a la cancha y sentarse en su platea de madera del sector "B”.

Cada domingo por medio, con bastante tiempo de antelación, salíamos de aquel barrio de Lanús rumbo al estadio. Siempre íbamos los dos solos. Él fue el encargado de inyectarme el virus del fútbol y, sobretodo, de su Racing querido.

Tomábamos el 32 ‘P’ hasta la estación y allí el ‘51’ que nos dejaba en las orillas de la estación de Avellaneda.

El querido viejo, refunfuñón y calentón, siempre repetía la misma rutina. Nos sentábamos en el último asiento. Hasta nuestro destino, se iba colmando, poco a poco, de la gente que iba al partido. Cuando ya casi llegábamos, se paraba dificultosamente, se tomaba del pasamano y entre las cabezas apretaba el timbre de la puerta trasera con el palo. Cuando se detenía el mastodonte y se abría el portón, el sonido volvía a hacerse escuchar y sin pausa. Me miraba y me renegaba:

-Decile al infeliz del chofer que me arrime a la vereda sino no saco el bastón del botón....

Por supuesto, su vozarrón era escuchado por éste y por toda la multitud que viajaba en el bondi colorado.

-Dale nene, arrima el bicho éste sino se arma acá adentro... el abuelo no puede bajar...decía la multitud.

-¡¡Abuelo las pelotas!! Bramaba. Y, como siempre, salía yo a pedir disculpas a todo el mundo, pero, era inútil pedir que se callara.

Una vez debajo, caminábamos por Díaz Vélez y luego entrábamos. Los controles lo conocían de memoria pero, solo para molestarlo, le preguntaban:

-Oiga viejo, ¿usted es hincha o solo acompaña al pibe?

Y la respuesta era siempre así:

-Dale boludito, vos no habías nacido y yo ya lo había visto siete veces campeón, a esta cancha la ví nacer, es mi segunda casa... dejame pasar que te clavo esto en la rodilla...

Entre risas se corrían y el tipo, apoyándose sobre la pared, trepaba la escalera hasta asomarse en el sector de vitalicios. Eso sí, sin largar el bendito bastón.

Sus ojos celestes se iluminaban y tornaban a verde cuando enfocaban al medio de la cancha.

Sufría, puteaba o era feliz según la consecuencia del partido. Pero una vez que el silbato marcaba el final, salían de regreso a casa riéndose de lo ridículo de la velocidad de salida y de cómo iban a treparse al colectivo que los depositase nuevamente cerca de sus hogares entre tanta gente.

Don Juan se emocionó cuando terminó el relato.

-¿Otro matecito Don Juan?

-Meta... todavía es de día...

-¿Le puedo preguntar un detalle? ¿Que es lo que oculta con la palma de la mano sobre la empuñadura del bastón?

Y el viejo, tan viejo como zorro, corrió su mano, elevó la madera a la altura de los ojos de Pancho y le dijo:

-Tomá. Bajalo despacito y fijate.

Pancho hizo lo que le ordenaron. Ante sus ojos apareció, sobre la curvatura leve, el escudo grabado del Racing Club y una leyenda: “Siempre con vos”.

Lo miró extrañado al anciano.

Don Juan le dijo:

-Éste fue un regalo de mi abuela en aquellos tiempos. Ella dijo que la frase reflejaría el amor, la eternidad y la paciencia de una mujer a un hombre y que mejor que grabarlas donde él sintiera seguridad, además, te dejaba marcada la palma de la mano con dos amores, instantáneamente.

Poca cosa en estos tiempos, ¿no?

Pancho apoyó el bastón en el mosaico gris, apretó fuerte, abrió la mano y se la miró unos segundos. Luego sorbió el último mate emocionado, lo miró con ternura y le dijo:

-Cargo el termo, cambio la yerba y vuelvo.

Antes de ingresar en la cocina, se dio media vuelta y miró al anciano. Lo descubrió acariciando la parte superior del bastón una y otra vez...


Decidí ir a verla

Decidí ir a verla. No podía dejar pasar nuevamente el tren. El tiempo se come todo y entre lo que se devora están esos momentos, aquellos que invariablemente no deberé dejar pasar más. Mi descuido, a veces involuntario, otras adrede, me había impedido concurrir al club.

Siempre existió una buena excusa: que hace calor, que hace frío, que tengo que hacer otras cosas, que…

Esa tarde tenía que recuperar algo. Desesperadamente quería verla con esa camiseta celeste y blanca comprimiéndole el cuerpo, la transpiración humedeciéndole el pelo, pedir la pelota, entrar en bandeja, convertir un doble debajo del aro, cortinar a una compañera para que quedara a su merced la llave, arrojar con todas sus fuerzas la redonda para intentar meter un triple, sostener un resultado, aguantar la táctica y no enloquecer, pivotear esperando que las otras se acomodasen en la cancha… todo, quería devorarme en un día lo que me había perdido en cuatro años. 

Decidí ir a verla. Pero no se lo iba a decir. La pequeña Laura merecía, al menos, un regalo y mi presencia debería ser una sonrisa, así como lo fue aquella muñeca con la que hoy acompaña sus sueños.

‘Pa… tenés que venir… el club está tan lindo…’ me decía algunos sábados mientras me entregaba a una mateada crepuscular.

‘Ma, acompañalo y vengan juntos! El celeste me queda bárbaro y… sabés pa? Elegí la camiseta que tiene el número 30… porque yo sé que ese número te gusta…’; ¡y claro! Como no gustarme si era el que tenía en la camiseta que de pibe me regaló mi viejo…

Y yo no la escuchaba. Mi egoísmo y mi ceguera me lo impedían. Pero hoy no. Decidí ir a verla.

Traspasé la puerta del Argentino con cautela. El griterío ahogaba hasta el silbato de los jueces. Me metí por detrás de la mesa de control y me acomodé en uno de los bancos.

Y ella estaba allí. Mezclada entre rivales que la acechaban mientras manejaba la bola en la mitad de la cancha.

La seguí todo el tiempo con la mirada. Mis ojos no se apartaron de ese 14 infinito que corría y jugaba. ¡Y como jugaba! Su nombre se escuchaba del banco de suplentes, entre sus compañeras, en el técnico, en el aire flotaban esas letras… hasta las podía ver…

Ella no sabía de mi presencia. Ella no podía descubrirme. Pero fue que…

Mirá, si hasta te lo cuento y me emociono…

En una jugada dejó desairada a dos rivales, amagó pasarla a su derecha, la retuvo, pisó la llave y contra el tablero sonó el toc del golpe… Cuando ingresó al cesto y recorrió la red, me pareció que recorría mi cuerpo, al caer sobre el mosaico, ella salió disparada hacia donde estaba yo sentado.

Entonces… mirá… una nube cubrió mis ojos…

Es que no te puedo contar más… Solo recuerdo su abrazo y su alegría… yo quedé duro y le pedí que volviera al campo para que no la sancionaran.

Ella retomó el partido. Yo no. Me senté y tomé mi cabeza entre las manos, mientras las lágrimas me enjugaban, poco a poco, el corazón. Lamenté el tiempo perdido. Lamenté mi tiempo perdido.

Fue así que cambié de parecer. Decidí ir a verla y fue la mejor decisión que tomé en mi vida. El brillo de sus ojos y su carita de felicidad me obligó a cambiar de actitud. Solo pensé: mi manera de hacerla feliz era éste.

Y ya no faltaría más.

Gracias a Dios, decidí ir a verla…

Rubén Damore


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