Una son risa que desarma

Clarín   8 Jul 2015

Magda Tagtachian    mtagtachian@clarin.com

Albert tiene nueve años, una sonrisa que desarma y una verdulería en un rincón de un chino de Barracas. ¿Qué va a llevar señora? pregunta Albert. Los pirinchos negros apenas sobresalen entre los zapallitos y naranjas. Dame cuatro manzanas. ¿Qué más señora?, intercala Albert, profesional, con delantal azul y acento del Altiplano.

Estira su brazo para alcanzar la balanza, anota el peso, anota el precio. Su mamá quedó en la casa para cuidar a su hermano más chico. ¿Qué más señora?, insiste Albert. Acomoda cinco tomates perita y dos bananas. Los pesa, toma nota. Calcula, con pasión por su tarea. Son $ 52, señora. ¡Qué caro!, se queja la señora. ¿Quiere que sume de nuevo?, ofrece. No hace falta. Seguro sos buenísimo en matemática, asume la señora. Asiente mudo Albert. Está en cuarto grado del turno mañana.

La señora le da un billete de 100 y otro de 2. Albert saca un manojo de plata enrollada del bolsillo del delantal. Tiene muchos de cinco pesos y un par de 10. No llega a cincuenta. Mira a Wen Chi en la caja. ¿Tenés 50?, le pide Albert. Wen Chi le pasa el billete. Albert no encuentra dónde dejó el de 100 y el de 2.

De pronto, se le va la sonrisa a Albert. El año que viene quizá pegue el estirón. Habían quedado sobre la balanza, más altos. No llega a verlos. La clienta se los alcanza.

¿Quiere que la ayude, señora? Albert le entrega las bolsas. Saluda. Albert gira y se abraza con la nena de Wen Chi, un poquito más baja todavía. Saltan y ríen juntos. Tropiezan con dos papas abolladas. Vuelven a reír y a saltar. A ser chicos.

 

Clarin.com

Sociedad   09/07/15

Extraño debate sobre la Patria

Pasiones argentinas

Patricia Kolesnicov   @kolesnicova

pkolesnicov@clarin.com

Ahora aparecieron por todos lados esas mini rotiserías chinas vegetarianas, de comida al peso, y fue ahí donde se debatía sobre la Patria, esa pasión a veces inasible. De un lado del mostrador está Julia (tal su nombre argentino, para los que no aprendemos a pronunciar), que es la cocinera, dueña y cajera y que por supuesto es china y mide no más de un metro y medio. Del otro, un porteño de rulos y pancita de cerveza.

-Feriado, dice Julia.Y él: “Feriado”.-Feriado, dice ella, que no piensa abrir el día de hoy. -Claro, dice él: es el Día de la Patria.-¡No!, dice ella, no no.-¿Cómo no?-¡Día de la Independencia!-Ah, claro, dice canchero él, que está de local y ni se imagina cómo sería arreglárselas en Marte, es decir, en China.

“Es lo mismo”, conjetura. -Ah, ya entiendo, piensa Julia, que envuelve milanesas de berenjena y buñuelos de acelga con film muy bien cortado: la Independencia es lo mismo que la Patria.En el negocio somos unos cuantos con las pinzas en la mano, apuntando al soufflé de zanahorias, a los fideos con verduras, a las empanaditas chinas de verdura sola.

Somos varios que levantamos los ojos de la bandejita descartable y nos buscamos la mirada. Pero nadie interviene.“La Patria es la independencia”, concluye Julia, que ya está atendiendo a otro cliente. Ojalá.

 

Cuando los hijos quieren saber

Clarín  10 Jul 2015

Raquel Garzón   rgarzon@clarin.com

El chico te está tomando el tiempo. “Mamá, ¿cuántos espermatozoides tiene un hombre?”, pregunta tu hijo de nueve años durante el desayuno, sin quitarte los ojos de encima, haciendo que una palabra que nunca antes le escuchaste suene tan suya como River o sol o zapatillas. Sabe todo, seguro, pero -cachorro de periodista- está probando qué tan confiable es la fuente. “Nada de cigüeñas, semillitas u otras bobadas campestres; batime la justa”, parece reclamar. “Millones”, contestás, tratando de que la sorpresa no te queme las tostadas y preguntándote si esta iniciación marca también el ocaso del Nesquik y la toma del poder por el café con leche. “¿Y por qué no tiene millones de hijos?”, razona él, con la sospecha de que le niegan información sensible.

Lo que sigue a lo largo de la semana es una lección por entregas de educación sexual en la que padre y madre intentan estar a la altura de la curiosidad voraz del pequeñajo, que alterna sus juegos en la Play 3 con preguntas más incisivas y demandas de especificidad (“Eso lo entendí, pero contame esto ...”).

Cuando el examen pasa y vibra en el aire la sensación de que algo importante ha cambiado para siempre (¿es este el fin simbólico de la infancia? ¿el momento en que sabemos cómo hacer vida así como alguna vez inventamos el fuego?), te quedás con la duda de si habrás logrado transmitir lo esencial: que no hay nada más misterioso que el deseo.

Y que la canción es sabia cuando arenga aquello de: “El que tenga un amor, que lo cuide, que lo cuide.”

 

La comida de mamá

Clarín   11 Jul 2015

Juan Bedoian    jbedoian@clarin.com

Cuando le preguntaron al famosísimo chef francés Paul Bocuse cuál era el plato que más le había gustado en su vida, el tipo fue terminante: -Los de mi madre, sin ninguna duda. Bocuse lo dijo mientras reivindicaba una comida más ligera y basada en la cocina de mercado y temporada, conocida como “cocina de la abuela”.

Pero cuando dijo eso no estaba hablando de contrastes de sabores, ni de recetas, ni siquiera de la abuela. Habló de mamá. Cualquiera puede cansarse de dar vueltas al mundo y nunca dejará de encontrar en algún lado ese nombre, siempre un sujeto que lleva necesariamente un predicado insistente y universal. Lo que se predica de la madre puede tener que ver con la cocina, como en este caso, con el temple, con el sacrificio y, muy excepcionalmente, con un mal recuerdo.

Las pampas criollas son propicias –gracias a la migración– a la diversidad cultural y, por lo tanto, a la diversidad gastronómica. Esta es una tierra que está llena de descendientes de italianos, españoles, árabes, armenios. Andá a decirle a uno de esos vástagos que el plato de ese restorán es mejor que el que preparaba su madre y te salta a la yugular.

Aquí y en la China, cada uno de esos platos familiares tiene un condimento que ningún chef o restorán conseguirá jamás y que es idéntico en cualquier rincón de la tierra: la mirada brillante de las madres hacia sus hijos o hijas.

Esa especia no se consigue en ningún mercado. Y es una metáfora de la creación.

 

Joder lo que se hace bien

Clarín   12 Jul 2015

Alberto Amato   alberamato@gmail.com

Una de las pasiones argentinas es joder lo que hacemos bien. En eso, somos todo terreno. Creamos algo útil y que funciona. Pero lo modificamos. Y adiós. Tuve un amigo que solía decir: “Qué bien se está aquí. Vámonos”. Así somos. Sancionamos una ley magnífica y poderosa. La tenemos, pero no está reglamentada; es de 1928, hay que tener paciencia. Una prestigiosa heladería te invita a hacer tus pedidos por Internet. ¡Bravo! Cuando ponés tu dirección de Monserrat, no de Groenlandia, un cartelito te avisa: “Fuera del alcance de nuestro delivery”. Comunicáte con nosotros. Llamás y una voz te contesta: “Hacé tu pedido on line”. La gente ávida de celular, pone el contestador todo el día. Tenemos modernos semáforos sincronizados, pero cruzamos el coche o el colectivo en mitad de la calle cuando está en rojo. La tendencia dice que, en los negocios, farmacia, sastrería o consultorio médico, te atienden tarde y mal. Y si no te gusta, andáte.

Hay algo hay que nos impulsa al caos, a la improvisación y a la emergencia. Como si fuésemos más capaces de sobrevivir en la anarquía y el desconcierto. No digo que un poquito de irracionalidad sea malo en la vida. ¿Qué seríamos si no? Pero tampoco todo es desatino e insensatez. No podés vivir más de dos décadas con las calles cortadas y sin poder llegar a donde sea que vayas. Algo estamos haciendo mal y así nos va.

Es una lástima, porque somos unos chicos estupendos que hacemos todo perfecto. Aunque los ojales sean siempre más chicos que los botones.

 

Maltrato en el bondi de cada día

Clarín   13 Jul 2015

Sergio Danishewsky    sdanishewsky@clarin.com

A eso de las siete, la señora sube al 152 en la avenida Santa Fe. Tiene por delante una hora en la que repasará el día de trabajo, resolverá la cena y se dejará llevar por algún diálogo ajeno y juvenil. En eso anda, parada cerca de la puerta trasera, la vista discretamente detenida en un dobladillo mal hecho -obsesión heredada de mamá- cuando una frenada la deposita un metro y medio adelante. Mastica una brevísima queja y vuelve a lo suyo: curiosea unos soleritos con el semáforo de Vidt en rojo, acompaña con la mirada a una pareja de viejos que va de la mano por el Botánico ... Otro sacudón la desacomoda y la salva un señor de maletín.

Vuela el 152 por Cabildo. Pasa en rojo en Lacroze y sigue de largo, burlón, en Juramento. Decididamente perturbada, la señora -sentada desde Manuela Pedraza- deja de repasar lo que queda en la heladera para observar, temerosa y un poquito enojada, cómo ese joven petiso que masca chicle maneja el colectivo.

“A ver si deja de llevarnos como animales”, se escucha como un estilete a esa perversa pasión de ciertos colectiveros por el maltrato. Diez o doce pasajeros se dan vuelta a ver quién grita. Ninguno tan sorprendido como la señora que se siente mirada y traga saliva mientras escucha al conductor que (le) responde: “¿Quién me habló?” “Le digo que maneje bien. Está llevando gente, no ganado”, se oye a sí misma, colorada. Ya van por Maipú. A la señora, que todavía tiembla, le parece que el 152 anda un poco más despacio. En Arenales busca las llaves, se abrocha el primer botón del saquito de hilo y sonríe. Suavecito, sonríe.

 

Clarin.com  Ciudades  14/07/15

Che, Xipolitakis, Fran tiene un avión en su casa

Porteños, Francisco Pignocchi.Compró material de desguace y se armó un Boeing 747. Lo alquila como escenografía para publicidades y películas. “Crecí en el aire y era normal viajar en la cabina”, asegura.

Butacas. “Lo llevo a domicilio, se arma y se desarma”, dice de su avión

Hernán Firpo   hfirpo@clarin.com

Todo es un poco absurdo, pero el personaje lo es: Francisco “Fran” Pignocchi tiene un Boeing 747 en el depósito de su casa en la zona norte del conurbano. Al principio lo armó por partes, como si fuera un rompecabezas, pero después se dio cuenta de que le ocupaba demasiado lugar y no sabía muy bien para qué lo había hecho. Desde hace un año lo alquila –entero o por partes– como escenografía para publicidades y películas. Es un vecino único. Dice que si los guionistas tan solo imaginaran una escena aérea por tira, película o aviso, él se haría millonario.

Empezó como uno de esos Saint Exupery que quisieron ser aviadores cuando muchos querían ser bomberos, policías, dotores… Además, la Aeronáutica fue el primer amor de un padre juez, cuya especialización temprana había sido “derecho espacial”.

Siendo cronológicos, en la infancia/adolescencia, ese carácter aéreo complicó algunos hábitos haciendo de Fran un chico raro: por el trabajo de su padre, él viajaba en avión pero no sabía lo que era el subte o lo confundía con “trenes deprimidos”. El primer bondi se lo tomó a los 15 años. Así que el avión era su medio de transporte más familiar. Hay quien lo recuerda en los recreos hablando de fuselajes mientras sus compañeritos coleccionaban fichus del Mundial ‘86.

“Crecí en el aire”, dirá en un momento. “En esa época, ahora está mal visto, pero en esa época viajaba mucho en la cabina de Aerolíneas. Era normal, y mirá que yo no tenía ni culo ni tetas y encima ya perfilaba esta panza jajaá”.
Volare oh, oh, y ahí estaba Fran contando sensaciones sobre decolajes y presurizaciones. Cuando todo haría prever una historia de Enriques Piñeyros, salta la púa y el cuento termina en una de kamikazes. Un buen día, Fran se inmola contra la idea de la profesión moderna y un poco baladí. ¿Qué hace? Empieza a estudiar publicidad.
......

Julio 2015. Esta es su casa-depósito de Munro. Detrás de una puerta pesada, cruzando un pasillo, subiendo un par de escalones, a la izquierda del living, está el Boeing 747. Uno le comenta que tiene casi todo para acceder a la existencia meliflua y neumática de la griega Xipolitakis, pero Fran dice “¡¡No!!” (como buena parte de los helenos).

“Este avión es material de desguace. Te cuento: un día aparece la posibilidad de que la maqueta a escala de madera balsa tenga tamaño real, ¿me entendés? Empiezo a investigar que se vendían partes sueltas de aviones, chapa en desuso, etc. De a poco fui comprándome un 747 que se vendía como chatarra... Las ventanillas, los asientos, los baños. Fui armando la Bestia como cuando era un nene, que le pedía a mi viejo los Pucará de juguete. ¡Tenía una flota entera! (...) Comprar partes de aviones es entrar en un mercado persa, es como tratar con gitanos aeronáuticos. Mi hermano, Diego, que es mucho mas terrenal que yo, además de ser escenógrafo y ambientador de televisión, me terminó de dar la idea. ‘Boludo, tenés que armar un avión de verdad, componer todas las partes y usarlo como un negocio... No existe nada así’.

Habla Diego Terrenal: “Históricamente fue siempre una locación de alta complejidad. Tenés que ir a la base aérea de Morón o a Ezeiza, esto te consume un día de rodaje ¡y trasladar a todo un equipo! Además, el negocio de las aerolíneas es tener a los aviones volando y no en tierra, con lo cual los costos también son un tema”.

El hermano ordena las ideas y Fran ve cómo va quedando el 747 que termina en el patio trasero. “Mi juguete gigante se transforma en la posibilidad de que vengan a filmar escenas aéreas. Ah, también te puedo llevar la nave a domicilio”.

¡¿Un delivery de avión?!
En serio te digo. Esto se arma, se despieza, hago lo que quiero. Filmás dentro de un avión, sin estar en uno de verdad. Acaban de grabar una miniserie de historias dentro del avión. Y gracias a esto conocí a Marcela Kloosterboer, que está mucho mejor que la Xipolitakis.

¿Están saliendo...?

¡Nooo! Vino por una tira de Telefe... También grabaron un video de rock de un grupo, Utopians, que le da mucha manija Pergolini. Y el Chino Darín usó mi 747 para las escenas de una película.

 

Esa chica de la tapa de Playboy

Clarín   15 Jul 2015

Diego Geddes   dgeddes@clarin.com

Tiene 35 y una certeza: la peor edad de su vida fue entre los 11 y los 13. Ese tiempo en donde la cabeza y el cuerpo a veces son los de un nene y a veces los de un grande. Ese tiempo en el que acompaña a sus padres a la mayoría de sus planes, porque todavía no da para que le suelten la cuerda. En esa época, la peor de su vida, compartió un verano con una rubia de la tapa de Playboy.

Y aparece un recuerdo: ellos y otros amigos de circunstancia están jugando en la pileta al Marco Polo, especie de mancha en el agua con los ojos cerrados. La rubia (¿o es su hermana, también rubia, también bellísima?) parada en el borde de la pileta (acá el protagonista duda: si tiene los ojos cerrados, entonces ¿la ve o la imagina?). La rubia que se tira al agua y él que se impulsa para tocarla. La rubia le saca una ventaja aprovechando el envión de haberse tirado de cabeza (una mujer de 12 siempre le gana a un nene de 12). La rubia que se le va, pero él se estira y alcanza a tocarla: esa es la sensación que aparece. Toca una parte de su malla entera y una parte de su pierna, pero no su culo. El recuerdo, la memoria, también se construye así: lo permitido para un nene de 12, tocar la pierna pero no un culo. Y se construye también en base al futuro, a lo que viene después: no puede saber si la que se tiró al agua es la rubia o la hermana de la rubia. Pero cuanto más aparece la rubia en los medios, cuanto más famosa se vuelve, la hermana se va borrando de la foto, como en “Volver al Futuro.” Y entonces sí, la que se tira al agua, la chica a la que está a punto de alcanzar, es la chica que está en la tapa de Playboy.

 

El fútbol ahora es una materia

Clarín   16 Jul 2015

Hernán Firpo hfirpo@clarin.com

La idea de lo público, como todo lo común, perdió eficacia. Eficacia es una palabra que tiene poco que ver con el hospital público o la salud pública, pero bueno, es lo que nos sale porque todos somos un poco víctimas eternas del “neoliberalismo”. Así que nos viene eficacia para hablar de lo público y, en este caso, del espacio público. Si la eficacia no debe ser parte de la cosa pública, es probable que esto también lo padezcan los pibes que iban a jugar al fútbol a la plaza. Digo iban, porque ya no van a jugar a la plaza. El espacio verde es ineficaz, como todo lo público. Y es inseguro (como todo lo público).

El tema es preocupante porque el que sufrirá, vaya paradoja, es el negocio. Sin semilleros públicos, esa antigua pasión futbolera, caeremos en la ineficacia del semillero privado, donde juegan los que pagan y de donde nunca hubiera podido salir un Carlitos Tevez. Un semillero de clase que transforma el ocio de la pelota en una triste materia extracurricular: mi hijo tiene Geografía los jueves a las diez y cuarto, y tiene clases de fútbol los miércoles de 18 a 19. En un mes, juega la cantidad de horas que yo jugaba en un solo día de verano.

Sepámoslo, el fútbol perderá eficacia y cada vez se jugará peor, hasta que llegue el día en que se convierta en un deporte feo. De sólo pensarlo, conformate y disfrutá poder ser testigo de la carrera completa de Messi. No hay remedio, llegará el momento en que los jugadores, todos, saldrán de escuelas privadas de fútbol. De la materia extracurricular. Siempre recordamos que Diego Latorre salió de un country. Pero era la excepción.

 

¿Cómo definir qué es la selfie?

Clarín   17 Jul 2015

Pablo Calvo    pcalvo@clarin.com

Le aposté al vocero de la Real Academia Española que si el 17 de marzo se anunciaba la identificación de los restos de Cervantes, me iba a dejar visitar La Casa de las Palabras sin protocolo. Me había enterado de la fecha de casualidad, mientras buscaba por La Mancha huellas de Don Quijote. Finalmente, el dato se confirmó, así que aquél día me aparecí en la manzana que está detrás del Museo del Prado a cobrar mi recompensa.

Quedé en medio de estudiantes de filología, que en vez de investigar piedras Rosettas, se hipnotizaban con sus iPads, hasta que el director de la RAE, Darío Villanueva, los despabiló: “Estamos discutiendo si incorporar o no la palabra ‘selfie’ al Diccionario de la Lengua”. Para él, ‘selfie’ irrumpió en este tiempo, “pero no sabemos hasta cuándo, hay muchas palabras de moda que se desinflan como un globo”.

Se armó revuelo, los jóvenes se interponían entre sus cámaras y la estatua de Quevedo sin saber si tenían que decir “autofoto” o callarse la boca. El Instituto de Lexicografía preparó un informe sobre ambas definiciones y, días después, el escritor Juan Luis Cebrián presentó una “papeleta” donde sugiere admitir “la palabra del año durante 2013 y 2014” si se la define así: “Selfie: anglicismo puro. Fotografía que uno se toma a sí mismo con una cámara digital o un teléfono inteligente, con frecuencia para compartirla en las redes sociales”. El tema fue discutido después en el pleno de Argamasilla de Alba, que probablemente sea aquel “lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”.

 

Reflexión

El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja,

acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se dañó y lo hizo perder una hora de trabajo y luego su antiguo camión se negó a arrancar.

Mientras lo llevaba a casa, se sentó en silencio. Una vez que llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos.

Cuando se abrió la puerta, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara estaba plena de sonrisas. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa.

Posteriormente me acompañó hasta mi automóvil. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad y le pregunté acerca de lo que lo había visto hacer un rato antes.

"Oh, ese es mi árbol de problemas -contestó-. Sé que yo no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego a casa. 

Luego en la mañana los recojo otra vez."

"Lo divertido es -añadió sonriendo-, que cuando salgo en la mañana a recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche anterior."

 

Consejos Útiles Para obtener Buenas Fotografías

Cámaras de rollo y también digitales

                Armar la escena. Como se hace. Preparando el lugar donde se ubica el objeto o persona. Para qué .  Para que luego no se vean objetos que no queríamos obtener dentro de la foto. Hay que estar atento a todo lo que rodea al objeto principal

No sacar fotos con el sol de frente a la cámara, salvo que se quiera hacer un contra luz. En el caso que queramos tomar una foto a corta distancia y no podemos evitar el contra luz deberemos rellenar con flash.

Los horarios mas convenientes para nuestras mejores tomas son: desde las 9,00 a 11,30 y de 16,30 a 19,00 horas. Si tenemos que hacer fotos fuera de esos horarios un buen método es usar el flash, ya que suaviza la luz solar. Tener en cuenta que la distancia de la toma debe ser de 3 a 4 metros como máximo.

Si tenemos una máquina automática, del tipo compactas, un truquito es tapar el censor del flash y así obtenemos funcionando continuamente el flash. En las escenas al aire libre y de día, ese funcionamiento del flash suaviza la claridad del rostro y las sombras.  La luz del flash es un poco más amarilla que la luz solar. La única luz blanca es la luz del Sol.

En las máquinas fotográficas hay una distancia mínima de enfoque que se deben respetar oscilando entre 0,50 a 1,50 metros. Si la toma es menor a esta distancia la foto quedará fuera de foco.

Para las tomas de noche es preciso saber que alcance tiene el flash. Normalmente  oscila entre 3 a 4 metros dentro de un ambiente común. En lugares más amplios, como un salón, debemos reducir la distancia de la toma a 2 metros y medio. Es una buena decisión en este caso, usar una película de 400 asas. La película de 400 asas es recomendable por su versatilidad, porque se puede usar tanto de día como de noche.

Todo lo expuesto se puede realizar de acuerdo a las opciones que nos brinda nuestra cámara fotográfica. Recomiendo leer cuidadosamente el manual de la misma antes de comenzar a usarla.

Hay que ponerse a la altura del objeto para no deformar las alturas de los mismos cuando se trata de personas y cosas, salvo que sea imposible ubicarse de esa forma frente al objeto como en el caso del obelisco porteño. Esto es para dar algunos ejemplos. La toma desde arriba hacia abajo ensancha y achica el objeto. La toma desde abajo hacia arriba afina y alarga las figuras. Por eso insistimos tomar la fotografía a la misma altura de la persona u objeto.

Si necesitás más información escribime usando el correo electrónico del Club.  Estoy todos los días por la noche en la Sede Social del Club

 

Eduardo Luis Alessi

Fotografo Profesional


Metáfora de una cucaracha

Clarín

21 May 2015

Fernando Soriano    fsoriano@clarin.com

Viva o muerta, una sensación de frío seco corre por la espalda cuando nos topamos con una cucaracha. Es asco y nunca me había preguntado por qué genera eso el bicho hasta ayer a la mañana, cuando atravesé la experiencia de pisar descalzo un pequeño ejemplar y, a diferencia de lo imaginable, no fue una sensación desagradable.

Sonó un “crack” por sorpresa, mientras a través de la planta del pie mi cerebro registraba un efecto como el que se siente cuando apretás las burbujas de las bolsas de embalaje: placer. Sin saber qué era lo que había aplastado me encontré con ella al mirar el suelo. Estaba boca abajo, aniquilada junto a un charco de viscosidad horrenda. Lucía más insignificante que nunca.

Luego sobrevino la racionalización, el frío seco. Quizás el asco tiene que ver con su diseño maquinal, que genera cierto horror y con su costumbre milenaria de merodear basuras en penumbras. Tal vez por eso la detestamos: es lo que no queremos ser, está donde no queremos estar. Así todo, la repugnancia fue también volátil. Y la sensación que percibí al pisarla retornó y perduró intensamente.

El pisotón ocurrió mientras estaba semidormido, fuera de toda conciencia reguladora, despojado de preconceptos (asco incluido). Gracias a ese estado absorbí instintivamente el placer que generó la explosión del insecto debajo de mi pie como algo que llega desde lo más profundo de la naturaleza humana. “Es la vuelta al principio”, me comentó la compañera Valeria Román. Eso. O una posibilidad de la metáfora kafkiana.

 

La dictadura del celular

Clarín

23 May 2015

Marcelo A. Moreno    mmoreno@clarin.com

Caía la tardecita por una vereda de la calle Arenales cuando estuvo a punto de producirse el accidente menos pensado: dos jóvenes madres, una, de pelo corto, lacio y anteojos gruesos; la otra, más alta, pura sonrisa, piernas larguísimas; ambas igualmente flacas y un poco lánguidas, manejaban sus respectivos cochecitos con bebés insertos, mientras leían o miraban o tecleaban esos adminículos que conforman una especie de protuberancia o prótesis de las manos siglo XXI, los celulares. Cuando se acercaban a la inimaginable colisión, la alta levantó la vista y pegó el grito. La otra la miró y casi a un tiempo ambas volantearon y lograron esquivarse. Luego las dos se pusieron a charlar entre risas.

Esto que no ocurrió, a veces inevitablemente ocurre: cada tanto nos lleva puestos, o casi, una dama o un caballero que anda de lo más concentrado en su WatsApp o mensaje de texto, mientras transita por las vereditas tan accidentadas de la gran ciudad.

Es que ahora, en medio del fárrago urbano, a los imbancables peatones suicidas -esos que cruzan por la mitad de la calle dándole la espalda a la mano por donde avanzan los vehículos-, a los ciclistas que se consideran exentos de obedecer las señales de tránsito, a los motociclistas que surcan los atascos gambeteando como Messi, pero ocurre que, con frecuencia y a nuestro pesar, lo hacen al borde del abismo.

Y a eso se le suman aquellos que, cabeza abajo, le prestan más atención a la realidad virtual que portan en la mano que al mundo tan hiperreal que los circunda.

 

 

Los Amigos

La vida muchas veces es muy dura, pero los amigos de verdad siempre están ahí para ti por muy fuerte que sea la tormenta.

Muchas veces cuando sentimos que no podemos seguir adelante, llamamos y ahí están los amigos de verdad. Tener buenos amigos es una bendición, especialmente aquellos que conociendo nuestras flaquezas, sentimientos y defectos se muestran imparciales para hablar y hacernos ver cosas desde otro punto de vista. ¿Quién de nosotras puede decir que no necesita un consejo o una palabra que te alegre el corazón? Los amigos nos lo dan, y muchas veces no sabemos apreciarlo hasta que un día te despiertas preguntándote porqué llevas tanto tiempo sin hablar con ellos.

Los amigos de verdad siempre están ahí para ti, no sólo en lo malo sino que superando también lo bueno… pues cuando las cosas nos van bien es costumbre dejar a los amigos de lado, pues no les necesitamos tanto. Los verdaderos amigos siempre están ahí para ti, para cuando les necesitas y también cuando no. Después de un tiempo apartados y olvidados, si los necesitas y son amigos de verdad, ahí siguen para ti.

Y así son los amigos, no les valoramos hasta que les perdemos. Siempre cuidemos a nuestros amigos, que reciban nuestro cariño y parte de nuestro tiempo. La vida me ha enseñado y mostrado que muchas personas te fallan, novios, esposos, e incluso la familia, pero un amigo es y siempre será una parte tuya, nunca lo perderás.

© Autor: Shoshan.  http://twitter.com/SoyShoshan

 

 

Los amigos que siempre están

Clarín

25 May 2015

Patricia Kolesnicov    pkolesnicov@clarin.com

Hay amigos que se van con el tiempo. Como llevados por los rápidos de un río. No es que uno se haya peleado, no es que sean o seamos malas personas, no es ni siquiera que no los queramos más. Es el río, los guijarros, la fuerza de la corriente. Algo, esa amalgama, ese aire tibio ha dejado de correr entre nosotros y el lugar de la franque- za brutal es ocupado por la cortesía y muchos, demasiados “Me gusta”. Cuando me pongo el guante de seda para tratar a alguien a quien antes le llené el hombro de mocos, sé que no queda nada. No tiene arreglo.

Alguna vez pensé -escribí- que los amigos, tan distintos unos de otros, son aquellas partes de mí que no fui, que no pude ser, que no quise ser. Como si cada uno permitiera sacar esa parte por un rato, actuarla sin peligro, porque con la propina del café se la llevan de vuelta. Decía: no sólo gente con quien estar, sino gente con quien ser.

Hay amigos que han estado casi siempre. Que aparecen las fotos de la fiesta de 15, flacos, hermosos como todos los adolescentes, en trajes imposibles, que a veces no estuvieron por algunos años, que vuelven, que han vuelto y ahora nuestros hijos les dicen “tíos”.

Son -eso creemos- una garantía para la vejez. Planeamos hoy cómo viviremos juntos, o al lado, cómo nos haremos acordar de “la hora de la pastilla” o nos reiremos en las excursiones para jubilados. Son distintos a nosotros, pero quién sabe qué gen perdido nos ha hermanado. Son como almohadones, que acolchonan la dureza del mundo y lo ponen, siempre, siempre, a nuestro favor.

 

Virtudes de la fiaca

Clarín

24 Mayo 2015

Juan Bedoian   jbedoian@clarin.com

La fiaca, palabra exclusivamente nuestra, puede ser todo esto: sustantivo o adjetivo, pecado capital según la moral cristiana, práctica útil para reflexionar sobre la vida según los filósofos griegos, una sutil forma de placer que los humanos se proporcionan de vez en cuando. Se discute si viene del dialecto romano o genovés ("fiacca") con el sentido original de "pereza o desgano"  relacionados con el hambre, pero aquí perdió la letra "c" y ganó en atributos. En los ´60, el dramaturgo Ricardo Talesnik estrenó "La Fiaca" con un  personaje central que se rebelaba contra la rutina y reivindicaba el derecho de no hacer nada. La autora e intérprete Eladia Blázquez compuso "Doña Fiaca" y la redimió: "La Fiaca no espereza no es descanso / es una sutileza de algo más: / una melange de todo a nuestro modo / un rasgo del folclore nacional".  Y el escritor Roberto Arlt habló (bien) de sus tentaciones: "Ganas de acostarse en una hamaca paraguaya durante un siglo"

Exagerando un poco, no hay argentino/a que alguna vez no haya dicho o pensado: #Tengo fiaca" ¿ Rasgo aborrecible del meneado ser nacional ? No: esa fiaca también es una  forma de suspender el tiempo, la capacidad de vivir el instante sin sacrificarlo al futuro, un escape del trabajo frenético.  Seguramente, la haraganería permanente no engendra virtudes, pero esta ocasional pereza criolla -contemplativa, ecuánime, inofensiva- define la posesión presente de la propia vida. Al menos por instantes, esa modesta fiaca -libre de obligaciones- permite dedicarse a ser uno mismo.