Andanzas del “buey corneta”

Clarin   7 de Agosto de 2015

Al­ber­to Ama­to al­be­ra­ma­to@gmail.com

Lo que tam­bién te­ne­mos in­cor­po­ra­do co­mo pa­sión ton­ta, la pa­sión que ma­ta a la pa­sión, es la de jus­ti­fi­car nues­tros desas­tres con ex­cu­sas ba­na­les. So­mos irres­pon­sa­bles, pe­ro con fun­da­men­to. No cual­quie­ra.

Por ejem­plo, nos preo­cu­pa, y mu­cho, el al­to ni­vel de de­lin­cuen­cia que ron­da las ca­lles. El otro día una ba­la per­di­da ma­tó a una ne­na de tres años en Mer­lo. Plan­tée­lo en­tre sus ami­gos y ha­brá un buey cor­ne­ta que di­ga: “Bueno, sí … Co­mo en to­do el mun­do”. La ver­dad es que no ten­go a mano el ín­di­ce de­lic­ti­vo de Bru­se­las. Vi­si­té al­gu­nas ciu­da­des del mun­do que me pa­re­cie­ron un po­qui­to más se­gu­ras que Mer­lo. Y, ade­más, me preo­cu­pa más la de­lin­cuen­cia ve­ci­na que la que hay en Li­tua­nia. Con la co­rrup­ción pa­sa lo mis­mo: “En to­do el mun­do hay co­rrup­ción”. Sí, cla­ro. ¿Y?

Por ejem­plo, nos preo­cu­pa, y mu­cho, el al­to ni­vel de de­lin­cuen­cia que ron­da las ca­lles. El otro día una ba­la per­di­da ma­tó a una ne­na de tres años en Mer­lo. Plan­tée­lo en­tre sus ami­gos y ha­brá un buey cor­ne­ta que di­ga: “Bueno, sí … Co­mo en to­do el mun­do”. La ver­dad es que no ten­go a mano el ín­di­ce de­lic­ti­vo de Bru­se­las. Vi­si­té al­gu­nas ciu­da­des del mun­do que me pa­re­cie­ron un po­qui­to más se­gu­ras que Mer­lo. Y, ade­más, me preo­cu­pa más la de­lin­cuen­cia ve­ci­na que la que hay en Li­tua­nia. Con la co­rrup­ción pa­sa lo mis­mo: “En to­do el mun­do hay co­rrup­ción”. Sí, cla­ro. ¿Y?

Te­ne­mos la sen­sa­ción de que chi­cos y gran­des, pe­ro so­bre to­do chi­cos, leen mu­cho me­nos. Su ami­go buey cor­ne­ta di­rá: “To­da la gen­te lee me­nos”, co­mo si la mul­ti­tud nos apa­ña­ra y nos res­guar­da­ra de las con­se­cuen­cias de nues­tra bes­tia­li­dad. Los chi­cos, y mu­chos gran­des, con­ju­gan mal los ver­bos y con­fun­den las pre­po­si­cio­nes. Y, bueno, ¿jus­to yo voy a ser el úni­co ta­ra­do que lee?

Te­ne­mos la sen­sa­ción de que chi­cos y gran­des, pe­ro so­bre to­do chi­cos, leen mu­cho me­nos. Su ami­go buey cor­ne­ta di­rá: “To­da la gen­te lee me­nos”, co­mo si la mul­ti­tud nos apa­ña­ra y nos res­guar­da­ra de las con­se­cuen­cias de nues­tra bes­tia­li­dad. Los chi­cos, y mu­chos gran­des, con­ju­gan mal los ver­bos y con­fun­den las pre­po­si­cio­nes. Y, bueno, ¿jus­to yo voy a ser el úni­co ta­ra­do que lee?

Y des­pués es­tá la vio­len­cia en los es­pec­tácu­los pú­bli­cos. ¿Qué di­ce el buey? “Es un pe­que­ño gru­po de in­adap­ta­dos”. Cam­peón, fi­já­te, por­que ha­ce más de me­dio si­glo que te con­vier­ten las fies­tas en tra­ge­dia. O me­dís con el tra­se­ro, o el gru­po no es tan pe­que­ño.

Lo ma­lo es que es­te ra­zo­na­mien­to es­tú­pi­do, ter­mi­na por crear há­bi­to. Bueno, co­mo en to­do el mun­do.

 

Los afiladores de billeteras

Ho­ra­cio Con­ver­ti­ni     hcon­ver­ti­ni@cla­rin.com

El ins­tru­men­to mu­si­cal que usan los afi­la­do­res am­bu­lan­tes pa­ra atraer clien­tes se lla­ma chi­flo, da­to inú­til que le apor­ta a es­ta his­to­ria la nue­va pa­sión ar­gen­ti­na de sa­car­se cual­quier du­da bus­can­do en Wi­ki­pe­dia. El ca­so es que, ha­ce unos días, el es­tri­den­te so­ni­do del chi­flo (la es­ca­la to­nal eje­cu­ta­da de ida y vuel­ta) as­ti­lló el si­len­cio del pa­sa­je y una ve­ci­na de mu­chos años (en el pa­sa­je y en la vi­da), ata­da aún a las tra­di­cio­nes más en­tra­ña­bles, sa­lió a la ca­lle con dos ti­je­ras pa­ra afi­lar. El ar­te­sano de­tu­vo su bi­ci­cle­ta y di­jo un pre­cio: cua­ren­ta pe­sos. La ve­ci­na acep­tó y se que­dó al sol­ci­to con­ver­san­do con el hom­bre mien­tras los ace­ros sa­ca­ban chis­pas. La se­cuen­cia se en­ra­re­ce cuan­do, por al­gu­na ra­zón, el afi­la­dor em­pie­za a pe­dir más pla­ta (cien, dos­cien­tos) y la ve­ci­na, a em­ba­ta­tar­se. Pe­ro lo bueno de vi­vir en una ca­lle an­gos­ta es que to­do se es­cu­cha y que el chi­flo no so­la­men­te ha­ce sa­lir a la se­ño­ra de las ti­je­ras sino que cap­ta la aten­ción de la mu­jer de en­fren­te, que co­no­ce el tru­co. Por­que en la era de los tahú­res vir­tua­les, aún per­sis­te el cuen­to de los afi­la­do­res, su­je­tos de la­bia cor­tan­te co­mo cu­chi­llo de Ram­bo y ca­pa­ces de pe­lar la fi­na car­te­ra de la da­ma en me­nos de un mi­nu­to. “¿Qué pa­sa, abue­la, to­do bien?”. La ve­ci­na pio­la in­ter­vie­ne, la ve­ci­na in­cau­ta res­pi­ra, el afi­la­dor se va rá­pi­do, no con cua­ren­ta pe­sos, con cien, pe­ro me­nos de los cua­tro­cien­tos que ha­bía lle­ga­do a ta­ri­far en la cús­pi­de de su ti­ra y aflo­je. Las mu­je­res se que­dan ha­blan­do de lo mal que es­tá el mun­do mien­tras se oye de nue­vo el chi­flo, an­zue­lo me­lo­dio­so de an­ti­guas es­ta­fas.

El ins­tru­men­to mu­si­cal que usan los afi­la­do­res am­bu­lan­tes pa­ra atraer clien­tes se lla­ma chi­flo, da­to inú­til que le apor­ta a es­ta his­to­ria la nue­va pa­sión ar­gen­ti­na de sa­car­se cual­quier du­da bus­can­do en Wi­ki­pe­dia. El ca­so es que, ha­ce unos días, el es­tri­den­te so­ni­do del chi­flo (la es­ca­la to­nal eje­cu­ta­da de ida y vuel­ta) as­ti­lló el si­len­cio del pa­sa­je y una ve­ci­na de mu­chos años (en el pa­sa­je y en la vi­da), ata­da aún a las tra­di­cio­nes más en­tra­ña­bles, sa­lió a la ca­lle con dos ti­je­ras pa­ra afi­lar. El ar­te­sano de­tu­vo su bi­ci­cle­ta y di­jo un pre­cio: cua­ren­ta pe­sos. La ve­ci­na acep­tó y se que­dó al sol­ci­to con­ver­san­do con el hom­bre mien­tras los ace­ros sa­ca­ban chis­pas. La se­cuen­cia se en­ra­re­ce cuan­do, por al­gu­na ra­zón, el afi­la­dor em­pie­za a pe­dir más pla­ta (cien, dos­cien­tos) y la ve­ci­na, a em­ba­ta­tar­se. Pe­ro lo bueno de vi­vir en una ca­lle an­gos­ta es que to­do se es­cu­cha y que el chi­flo no so­la­men­te ha­ce sa­lir a la se­ño­ra de las ti­je­ras sino que cap­ta la aten­ción de la mu­jer de en­fren­te, que co­no­ce el tru­co. Por­que en la era de los tahú­res vir­tua­les, aún per­sis­te el cuen­to de los afi­la­do­res, su­je­tos de la­bia cor­tan­te co­mo cu­chi­llo de Ram­bo y ca­pa­ces de pe­lar la fi­na car­te­ra de la da­ma en me­nos de un mi­nu­to. “¿Qué pa­sa, abue­la, to­do bien?”. La ve­ci­na pio­la in­ter­vie­ne, la ve­ci­na in­cau­ta res­pi­ra, el afi­la­dor se va rá­pi­do, no con cua­ren­ta pe­sos, con cien, pe­ro me­nos de los cua­tro­cien­tos que ha­bía lle­ga­do a ta­ri­far en la cús­pi­de de su ti­ra y aflo­je. Las mu­je­res se que­dan ha­blan­do de lo mal que es­tá el mun­do mien­tras se oye de nue­vo el chi­flo, an­zue­lo me­lo­dio­so de an­ti­guas es­ta­fas.

El ins­tru­men­to mu­si­cal que usan los afi­la­do­res am­bu­lan­tes pa­ra atraer clien­tes se lla­ma chi­flo, da­to inú­til que le apor­ta a es­ta his­to­ria la nue­va pa­sión ar­gen­ti­na de sa­car­se cual­quier du­da bus­can­do en Wi­ki­pe­dia. El ca­so es que, ha­ce unos días, el es­tri­den­te so­ni­do del chi­flo (la es­ca­la to­nal eje­cu­ta­da de ida y vuel­ta) as­ti­lló el si­len­cio del pa­sa­je y una ve­ci­na de mu­chos años (en el pa­sa­je y en la vi­da), ata­da aún a las tra­di­cio­nes más en­tra­ña­bles, sa­lió a la ca­lle con dos ti­je­ras pa­ra afi­lar. El ar­te­sano de­tu­vo su bi­ci­cle­ta y di­jo un pre­cio: cua­ren­ta pe­sos. La ve­ci­na acep­tó y se que­dó al sol­ci­to con­ver­san­do con el hom­bre mien­tras los ace­ros sa­ca­ban chis­pas. La se­cuen­cia se en­ra­re­ce cuan­do, por al­gu­na ra­zón, el afi­la­dor em­pie­za a pe­dir más pla­ta (cien, dos­cien­tos) y la ve­ci­na, a em­ba­ta­tar­se. Pe­ro lo bueno de vi­vir en una ca­lle an­gos­ta es que to­do se es­cu­cha y que el chi­flo no so­la­men­te ha­ce sa­lir a la se­ño­ra de las ti­je­ras sino que cap­ta la aten­ción de la mu­jer de en­fren­te, que co­no­ce el tru­co. Por­que en la era de los tahú­res vir­tua­les, aún per­sis­te el cuen­to de los afi­la­do­res, su­je­tos de la­bia cor­tan­te co­mo cu­chi­llo de Ram­bo y ca­pa­ces de pe­lar la fi­na car­te­ra de la da­ma en me­nos de un mi­nu­to. “¿Qué pa­sa, abue­la, to­do bien?”. La ve­ci­na pio­la in­ter­vie­ne, la ve­ci­na in­cau­ta res­pi­ra, el afi­la­dor se va rá­pi­do, no con cua­ren­ta pe­sos, con cien, pe­ro me­nos de los cua­tro­cien­tos que ha­bía lle­ga­do a ta­ri­far en la cús­pi­de de su ti­ra y aflo­je. Las mu­je­res se que­dan ha­blan­do de lo mal que es­tá el mun­do mien­tras se oye de nue­vo el chi­flo, an­zue­lo me­lo­dio­so de an­ti­guas es­ta­fas.

 

Saber honrar la salud y la ciencia

Clarín   9 Aug 2015

Juan Bedoian    jbedoian@clarin.com

No hablemos ya de guerras ni muertes violentas ni inseguridad ni de hombres que son lobos para sus propios hermanos en este mundo extravagante, caótico y cambiante que, en muchos temas, camina hacia atrás como el cangrejo. Hablemos sólo de salud y ciencia. Contradiciendo su paso, esta semana el cangrejo dio un salto hacia adelante en la Argentina: un grupo de científicos argentinos del Instituto Leloir y del Conicet, conducidos por Fernando Pitossi, descubrieron una molécula clave que puede ayudar a combatir el Mal de Parkinson (enfermedad que afecta ciertas estructuras del cerebro). Antes, el químico Armando Parodi, que fue director del Leloir, había detectado un mecanismo celular que podría contribuir, en el futuro, en las investigaciones de enfermedades como el Alzheimer, y existen muchos investigadores criollos que, silenciosa y anónimamente, dan esos saltitos hacia adelante. Pero este es un país contradictorio en el que avanzamos, por un lado, y retrocedemos, por el otro (recuerden al ministro que en el 94 mandó a una investigadora a “lavar los platos”). Volviendo a las enfermedades y a los pasos hacia atrás del cangrejo, el mundo no es ajeno. La famosa frase del Premio Nobel brasileño, Drauzio Varella, confirma esos absurdos: “En el mundo actual, se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para mujeres, que en la cura del Alzheimer. De aquí a algunos años, tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para que sirven”

 

Mudanzas del estado de ánimo

Clarín   10 Aug 2015

Magda Tagtachian    mtagtachian@clarin.com

Sale del trabajo. Está cansada. Se sube al auto. Lo pone en marcha rumbo a la avenida mientras busca una barra de cereal que se le cayó en el asiento de al lado. Es de noche, mucho no se ve. Todavía no se puso el cinturón de seguridad. Andando, sigue manoteando en las tinieblas hasta que encuentra el cereal. Ni bien levanta la vista, un policía de control de tránsito le hace señas a lo lejos. Rápidamente se cruza el cinturón de seguridad. Tira el snack en el asiento del acompañante. Baja la ventanilla. Intenta sonreír.

El policía le dice, sí ya sé, está cansada y se quiere ir a cocinar. Ella asiente con los ojos y le señala la barra de cereal, su cena. Mientras el agente le pide registro de conducir, cédula verde y seguro. Ella le explica que siempre la paran por lo mismo. Que tiene todos los papeles en regla. Le insiste por qué no hacen controles en los barrios, por su barrio, donde roban mucho en la calle y los negocios. Que no es necesario tanto control del registro.

El agente se excusa, sin un resto de pasión por su tarea. Son las nueve de la noche y confiesa que está ahí parado desde las 12. Que todavía tiene que seguir en la misma esquina hasta las 2 de la madrugada. Le pregunta a la que maneja de qué trabaja. Periodista. Mi hijo estudia para periodista, dice el policía. Qué bien. Pasó los exámenes.

A esa altura, ya charlan como dos vecinos. Nos vemos la próxima. O no nos vemos, piensa ella. Suerte con su hijo, le dice. Arranca. Siente pena por el agente que está para cuidarnos. Está tan cansado o más que ella. Y guarda los documentos.

 

Tribus urbanas punto com

Clarín   12 Aug 2015

Hernán Firpo      hfirpo@clarin.com

Tengo un hijo a las puertas de la adolescencia y a las puertas de la rebeldía. Yo le digo: “En cualquier momento vas a armar tu propia tribu urbana”. Me dice: “Ya tengo tribu urbana. Soy skinhead”. Me sorprendo, al principio me espanto. Además, mi hijo es rubio, pero es rubio con el pelo largo onda Kurt Cobain, el de Nirvana. Entonces me sorprendo, pero ya no me espanto (tanto).

Le pregunto si está seguro de estar diciéndome lo que me dice y descubro en su cara una mueca de confusión familiar. “¿Qué te dije yo?”, me pregunta. “Skinhead”, le respondo. “Mmm ... me equivoqué, pa, es con head pero creo que no era con skin”. Empezamos a pensar tribus urbanas con head, y como yo suelo confundir tribus urbanas con bandas de rock, le digo Motörhead. El me dice que no. “¿Radiohead?” No. Quise saber si era una tribu urbana nueva o preexistente y él me dice que no sabe, pero que seguramente ya existe.

Me consulta si se puede inventar oficial- mente una tribu urbana y le digo que consulte en tribus urbanas punto com. Me pregunta si el trámite es fácil y le digo que necesita la personería jurídica.

Me dice qué es la personería, y le digo que no se cómo explicárselo fácil ... Respiramos un poco y vuelve. “Pa, ¿por qué tantos grupos de rock incluyen la palabra cabeza?” Le respondo: “Mirá vos, es cierto”. Me dice que juguemos a nombrar grupos de rock que incluyan la palabra cabeza. Le pregunto si en inglés o en castellano. Me dice en inglés. Le digo: “Megahead”. Me dice “Es Megadeth, tramposo”. Le digo: “Ah”

 

Esas caras que marcan la vida

Pasiones argentinas.

       

Gonzalo Sánchez    gsanchez@clarin.com

Las caras. Aquella noche vi en las caras de mis amigos, esos doce tipos hermanados en pasiones y sueños desde el secundario, no su caras, sino otras caras, definidas y familiares: las caras de sus padres, de nuestros propios padres.
A mí ya me lo venían diciendo. En esta época en que circulamos en fotos a través de redes virtuales, aún contra nuestra voluntad, que estaba parecido a Ricardo. Ricardo era mi viejo, un buscavidas. Se fue joven, a los 48, de un sacudón, sin chance. Pero dejó sembrada su potencia genética, y también su aura, en este físico que avanza hacia su fisonomía, que pierde pelo lento y parejo, que lucha para no ensancharse y aún así se parece a él, cada día tanto más.
Las caras. Me detuve un rato, miré desde un rincón, redescubrí lo que fuimos, descubrí lo que somos: en un microsegundo, mientras reíamos y bebíamos, vislumbré la conciencia desnuda de la existencia.
En ese asado vi la cara de José, el padre del gordo Marcelo, y no la de Marcelo cuando cortaba el vacío. Sebastián se deshacía en carcajadas y en realidad yo veía a Demetrio, su padre mecánico, un mediodía en la puerta de nuestra escuela. Y en el silencio de Martín, descubrí la misma austeridad de expresiones de su papá abogado, el pelado.
Puede decirse que un hombre creció cuando se convierte en maestro de sí mismo, me dijo una vez, casualmente, un amigo de mi viejo. Y yo agrego algo que viene con el paso del tiempo: también cuando se convierte en un calco de su propio padre.

 

Clarin.com

Opinión   14/08/15

Esos llamados tan detestables

alberto amato    alberamato@gmail.com

Quién duda que la política es una pasión argentina? Toda pasión encierra placer. No lo arruinemos. La escena, un viernes a la noche, comés con la familia, planificás el fin de semana que promete sol y risas de los chicos. La vida es bella. Suena el teléfono: “¡Hola! Queremos hacerte una breve encuesta …” No, campeón. Andá a hacer una breve encuesta a la casa de tu madre. No me arruines el plan del fin de semana, no te metas en mi casa un viernes a la noche, ni ningún otro día, a vender lo que no sabés conquistar por otros medios. Dejáme vivir.
Escena calcada, pero en la mañana temprano, en ese instante feliz en el que pensás seguir cinco minutos o en el que el superyó te mete de cabeza en la ducha. Suena el teléfono y una voz jovial te sacude: “¡Hola, soy Fulano…!” Fulano es el nombre de pila de cualquier candidato a presidente. No, Fulano. Quiero ideas, no que me jodas el desayuno y el resto del día. Si así te metés en mi casa como candidato, qué no harás como presidente. Tiemblo de pensarlo. ¿Para qué me hablás si yo no puedo contestarte y no podemos debatir? ¿Qué clase de política de saltimbanquis estamos haciendo?
Más allá de la política, el flagelo de las llamadas rige para los bancos. “¡Hola! Te llamamos del Banco Equis para decirte que tenés adjudicado un préstamo de …” No, Banco Equis, no quiero préstamos, no quiero tarjetas, no quiero nada. Sólo quiero paz y que suene el teléfono de casa y yo pueda atenderlo sin presentir, como decía el sabio Discépolo. ¿Es mucho pedir?

 

Clarin.com

Opinión   15/08/15

Entre el celu y el querido metegol

Pasiones Argentinas

Héctor Gambini  hgambini@clarin.com

Cuando nos mudamos, hace 16 años, dijimos que ésa sería “la pieza de la computadora” y quedó. Es una habitación entre un pasillo y el cuarto de Camila, nuestra hija. Aún la llamamos así. Pienso enseguida que en la casa de mi abuela estaba “el living con la televisión” y no es que hubiera más de un living: el aparato había impuesto su nombre al ambiente. En mi casa, cuando mis hermanos y yo éramos chicos, estaba “la pieza del combinado”, el sitio donde íbamos a escuchar música. Mi mamá ponía discos y nosotros casettes. En la pieza de la computadora siguen la PC y la impresora, pero vamos allí cada vez menos. Hay bluetooh y cada uno manda lo que necesita imprimir desde su smartphone. No habrá una “pieza del smartphone” porque es el celular el que tiene ahora todas las piezas: ahí vemos películas, los álbumes de fotos, escuchamos música y usamos la app de la linterna para evitar ir a buscarla al cuartito de las herramientas. El celular es una casa de 30 ambientes y nosotros estamos lejos de tener una casa inteligente. La nuestra es aún bastante boba y hay que pintarla cada dos años y echarle llave a la puerta porque sola no sabe hacer nada.
Como la nostalgia es una pasión argentina, pienso si comprar un Oculus Rift, esos aparatos de realidad virtual, y dejarlo fijo en el garaje. Si algún día mis hijos tienen hijos, tal vez mis nietos vengan a jugar y le llamen “la pieza del Oculus”.
Ojalá incluya metegol y que el software prohíba hacer molinete. Que el futuro no me agarre mal parado.

 

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Opinión   16/08/15

El dios Jano es bien argentino

Juan Bedoian,  jbedoian@clarin.com

Pasiones Argentinas

Jano era un dios de la mitología romana cuyo perfil es representado con dos caras enfrentadas. Según el mito, una miraba hacia los comienzos y otra, hacia los finales. En su versión terrenal y a lo largo del tiempo, la leyenda de Jano terminó representando a una persona que manifiesta aspectos muy diferentes entre sí. Esa contraposición de formas de ser alude -por una cuestión de sentido común- a la hipocresía. Una cosa lleva a la otra: uno de los mecanismos más comunes de la hipocresía es decir una cosa y, después, hacer otra.
Este es un mundo que se ha vuelto huraño y cada vez más competitivo; es un sitio en el que, para algunos, poseer es más importante que saber y en el que se está al tanto del precio de todo y no se conoce el valor de nada; y es un lugar donde frecuentemente no se evalúa si las acciones son justas sino si son lucrativas. En un contexto así, la duplicidad del dios Jano deambula a sus anchas por el planeta y, obviamente, siempre se da una vuelta por las pampas criollas, se personifica. Un asesino, Videla, dice: “Somos derechos y humanos”. Un mandatario asegura: “El dólar no se toca”. Los bancos repiten: “Estamos con y para la gente”.
Cuando se dirime alguna cuota de poder (en la política, en un club, en un gremio), la doble faz de Jano resplandece, simultáneamente, en el que promete y no sabe si podrá cumplir esa promesa; en el que exalta la libertad y luego quizá pervierte su ejercicio.
El libro blanco de Argentina se fue llenando con demasiadas promesas incumplidas e ilustradas con el doble rostro de Jano.

 

Clarin.com

Opinión  18/08/15

Los escalones de Positano

Horacio Pagani,

pasiones argentinas

Horacio Pagani

hpagani@clarin.com

Toda Italia es bellísima. Pero hay una debilidad argentina, casi se diría una pasión turística, por la Costa Amalfitana, en el sur de Nápoles. Sorrento, Ischia, Positano, con Capri al alcance de un breve trayecto en ferry. Positano es una postal, con bellas construcciones en las laderas de un florido cerro. Y con el azul intenso del Mediterráneo abajo. Todo está en la montaña. El centro queda en el medio de la ladera. Con subida circular, claro, por un finito camino de cornisa. No hay profundidades, todo queda a la vista, los hoteles, los negocios, las casas de comida. Es una visita imperdible. Con una salvedad -según el hotel que haya tocado- hay que tener una excelente condición atlética o menos de 30 años. Porque si el lugar no está en el mismo centro hay que encarar la escalada o el descenso por infinitas escaleras de piedras, de escalones desparejos, bien rústicos, que rompen el hechizo. A nosotros -en pareja- nos tocó una subida de 350 escalones (según contó un maletero que nos ayudó con las peque- ñas valijas en los últimos 100). La vista desde el balcón de la habitación era impresionante. Los veleros se veían minúsculos, lejanos. Pero queríamos almorzar. Y para llegar al destino gastronómico había que hacer el camino inverso, hasta la playa. ¿Y luego subir y bajar -más tarde- para cenar para volver a subir? Almorzamos, esperamos en las pedrosa playa cuatro horas y cenamos sin subir. Teníamos pagos tres días. A la mañana siguiente partimos -deslumbrados por la belleza del lugar- hacia Capri. Y no volvimos. Por lo menos en la isla conseguimos hotel al nivel del mar.

 

Clarin.com

Opinión   19/08/15

Ultimo adiós al azulejo blanco

Berto González Montaner   Pasiones Argentinas

bmontaner@clarin.com

Casi por accidente, me enteré de que los tradicionales azulejos blancos ya no se fabrican más. Sí, esas piezas básicas, clásicas, se diría hoy casi minimalistas, que formaron parte silenciosa de las escenografías de muchas de nuestras vidas. Fue el vendedor de la casa de sanitarios el que me lo anunció cuando, con la habitualidad que correspondía, le pedí 10 azulejos para hacer un arreglo en el baño de casa. “Nooo -me dijo- ya no se fabrican más”. Sentí algo parecido a un vacío.
Populares y estándar al extremo, monopolizaron las áreas de servicio de nuestra arquitectura. Fueron pasión silenciosa. Podían revestir un baño “tamaño baño” en una lujosa mansión urbana o campesina, como darle el tono característico e higiénico a hospitales, carnicerías o a locales donde tomar leche malteada como los de “La Martona”. También lucieron en las cocinas de aquellas casas y casonas, con puerta mosquitera y la mesada de mármol blanco de Carrara, hoy también en desuso porque los especialistas nos alertaron que el mármol es poroso y se mancha.
Así se fueron, sin una despedida, estos azulejos que ordenados en grilla blanca y geométrica nos acompañaron con sus reflejos rojizos en atardeceres de mate en la cocina. Ya no se fabrican más, pero se los puede encontrar en algunas casas de reposiciones. En estos negocios, suerte de museos arqueológicos de nuestra historia no tan lejana, se amontonan también mayólicas españolas, guardas curiosas, mosaicos de las casas de antes ... Hasta cerámicas con imágenes religiosas y los simpáticos y extinguidos enanitos de jardín.

 

Clarin.com

Opinión   20/08/15

Una apuesta a saber más

Pasiones Argentinas

Ezequiel Viéitez

evieitez@clarin.com

Pienso en esto cada vez que veo a mi sobrino, Santiago, con sus amigos. Los nenes tienen pasión por aprender. Aunque los sistemas educativos fallan (no hablemos de las pruebas PISA, tengamos piedad), el anhelo de saber es el rasgo más humano. Sin llegar a los 10 años, los chicos se cuentan cada detalle de la PlayStation: los trucos para ganar, los jueguitos de más calidad, qué consola no conviene comprar ... Recuerdan cada segundo de los programas de TV que miran o del cuento que les leyeron. Y preguntan, porque quieren más. A los adultos también nos pasa. Incorporamos cultura incluso cuando nos distraemos. Miramos la serie “Lie to me” y se nos graban gestos básicos para reconocer ira, miedo o amor. Aplicamos teorías de “CSI” para aspirar a entender qué ocurrió en un caso policial. Más allá de la ciencia cuestionable de estos conocimientos que vienen del entretenimiento, el deseo de incorporar cultura nunca se desvanece.
Es que aun en la discusión con los muchachos, gana el que “sabe más de fútbol”. Somos conscientes de que la calidad de vida mejora o empeora, de acuerdo con lo que podamos entender. Admiramos, además, a otros que saben: médicos que crean nuevas técnicas o músicos virtuosos, que siempre innovan.
El conocimiento también es consuelo. Si nos va mal en una relación sentimental o en el trabajo, el argumento que calma reza: “Sirvió, porque aprendí algo”. Pese a todo, hay “algo” todavía no resuelto entre el deseo instintivo de saber más y lo que suele verse en las aulas. Un misterio más a conocer.

 

Clarin.com   Opinión   Pasiones Argentinas

21/08/15

Un título bello llega al corazón

Uno de los libros finalistas del National Book de Estados Unidos, narra la tormentosa vida de su autor. Es lo de menos. Lo fantástico es el título “My heart is a drunken compass”, “Mi corazón es una brújula borracha”. En un libro, el título lo es casi todo. Por él entramos de cabeza al texto. “Cien años de soledad” hubiese sido igual una gran novela, pero el título te abre una puerta misteriosa, como te las abren “En busca del tiempo perdido”, “El corazón es un cazador solitario”, “El nombre de la rosa”, “Por quién doblan las campanas” o “Lo que el viento se llevó”. Vos, que sos un lector apasionado, ves esos títulos y te preguntás adónde hay que buscar el tiempo perdido, cómo se las ingenia el corazón para cazar, qué es lo que se llevó el viento.
Los periodistas sabemos de la importancia de un buen título. Y los escritores no son tontos. Algunos son más explícitos: “La guerra y la paz”, “A sangre fría”, “Bodas de sangre” “Crimen y castigo” no te dejan imaginar mucho: el libro es lo que dice el título. Pero en otros casos, ¿qué se esconde en una “Rayuela”? ¿Cuáles batallas detiene “La Tregua”? ¿Qué hay en “El infierno tan temido”? ¿Qué pretenden los “Seis personajes en busca de un autor”?
Ni hablar de los que, sólo con el nombre, son historia sin títulos ocurrentes: Ulyses, Don Quijote de la Mancha, Anna Karenina, Martín Fierro, Fausto, Zorba, el griego, Moby Dick, Otelo, Lolita.
Dos cosas: en esta lista breve, lo primero que se nota es lo que falta. La segunda, leer es un placer.

Alberto Amato

alberamato@gmail.com

 

Clarin.com

Opinión   Pasiones Argentinas  22/08/15

Animarse a bailar la vida

Laura Haimovichi

lhaimovichi@clarin.com

Cincuenta y cinco mujeres de entre cuarenta y noventa años se dejan llevar por sus ganas y sus cuerpos y no por el qué dirán. No les importa ser imperfectas (¿qué es perfecto, al fin y al cabo?). Lo que quieren es bucear posibilidades inexploradas, desafiar límites y, sobre todo, bailar. Parecen pájaros leves o alegres payasos. Son seductoras, pícaras, provocadoras.
Hay que verlas divertirse, encantar al público, crear belleza y romper con el prejuicio de que hay cosas que a partir de cierta edad no deben hacerse. Que está mal. Que hay que guardar las zapatillas de baile o los tacones en el placar. Que quedan ridículas. Que ya no va.
La mayoría de ellas, sin formación previa en el arte de la danza, jamás imaginó que subiría a un escenario, pero la propuesta de Elsa Agrás (1924-2014), las interpeló cuando hace veinte años la inquieta coreógrafa creó el ballet 40/90.
Y las mujeres se apasionaron. Una enorme vitalidad las impulsó a desplegar todos sus sentidos, rompiendo los límites del más común de los sentidos; el sentido común.
La experiencia es única en su género. Las 40/90 se mueven con libertad, irreverencia y entusiasmo. Ensayan dos veces por semana con férrea disciplina, también practican tap, tocan las castañuelas, regalan firuletes. Lo de ellas es contagioso.
El espectador tímido mueve los pies; el desenfadado, baila en su butaca. Sus potencias alegres se pueden ver y aplaudir en el Teatro Empire. El show se llama “Te lo bailo de taquito”. Y así lo sienten ellas.

 

Clarin.com

Opinión  23/08/15

La naturaleza, sabia y cabrona

Juan Bedoian pasiones argentinas

En un milenio que ha llegado al más alto grado de progreso tecnológico registrado en toda su historia, aún no hemos domesticado a la naturaleza. Si está apaciguada, te regala primaveras, bosques serenos y jardines esplendorosos; si está furiosa, te castiga con lluvias interminables o largas sequías, te cubre con una nube de cenizas gris e incesante como pasó con el volcán Peyehue en 2011. La naturaleza tiene dos caras: por un lado, la apacible mirada de los caminantes disfrutando las plantas y esculturas que parecen suspirar en el Jardín Botánico de Palermo; por el otro, la locura y el desconsuelo de miles de familias que, en estos días, perdieron su casa por las malditas inundaciones en la Provincia.
Esas bondades y esos infiernos han perseguido a la humanidad por milenios. Retoños y hojas secas. Colores y terremotos. Brisas y vendavales. Siempre fue así desde los principios: el mundo puede ser un hermoso viaje o un instrumento de ira; la misma naturaleza que genera flores también provoca el huracán que las destruye.
Sólo hay una cosa más irracional e injusta que la arbitrariedad de la naturaleza: que sea el mismo ser humano el que contamine el planeta, propicie estas catástrofes y no haga demasiado por remediarlas. Son seres humanos los que, en los últimos 10 años, desforestaron 13 millones de hectáreas de selvas y bosques en el mundo. Y son seres humanos los que, aquí, no hicieron lo suficiente en las últimas décadas para que la provincia de Buenos Aires no sufra más esas malditas inundaciones.

Juan Bedoian

jbedoian@clarin.com

 

Nuestro mundo es un espejo de nuestro interior

Una popular historia del cercano oriente cuenta que un joven llegó al borde de  Un oasis contiguo a un pueblo y acercándose a un anciano preguntó: ¿Qué clase de

Personas viven en este lugar?

El anciano preguntó a su vez:

-"¿Que clase de personas viven en el lugar de dónde vienes?".

-"Oh, un grupo de egoístas y malvados", -replicó el joven", estoy encantado de  Haberme alejado de allí".

A lo cual el anciano contestó:

-"Lo mismo habrás de encontrar aquí".

Ese mismo día, otro joven se acercó a beber agua al oasis y viendo al anciano  preguntó:

-"Que clase de personas viven en este lugar?".

El respondió con la misma pregunta: -"¿Que clase de personas viven en el lugar de dónde vienes?".

-"Un magnífico grupo de personas, honestas, amigables, hospitalarias, me duele  Mucho haberlas dejado" -dijo el joven-.

-"Lo mismo encontrarás aquí", replicó el anciano.

Un hombre que había oído ambas conversaciones preguntó al anciano:

-"¿Como es posible Dar dos respuestas tan diferentes a la misma pregunta?".

A lo cual el anciano respondió: Cada uno lleva en su corazón el medio ambiente Donde vive.

Aquel que no encontró nada bueno en Los lugares donde estuvo, no podrá encontrar otra cosa aquí. Quien encontró amigos allá, podrá encontrar amigos aquí, porque, a decir verdad, lo

que ellos han "visto" en los lugares donde han estado, no es más que el reflejo de ellos mismos"

 

La región más transparente

Clarín

31 May 2015

Juan Bedoian      jbedoian@clarin.com

Viajando por Jujuy, en un diario local presentí cuán extrañas pueden ser las cosas en algunas regiones argentinas. Como si fuese un viaje a “El corazón de las tinieblas”, la novela de Joseph Conrad, los avisos en la página de clasificados convocaban propuestas insólitas que resumo con cierto desasosiego. La de un tal Daycota, que es “el único que tiene un pacto con el demonio”, fue “bautizado por un rayo” y “es el látigo de los infieles”. La de Carmela y Guascar, que neutralizan las “envidias ocultas con hojas de coca y/o tarot”. La del Grupo Randay, sanadores que unen “parejas en el acto”.

El regreso a Buenos Aires me alejó de esas perplejidades y me devolvió a la normalidad y al consuelo de saber que aquí todo es más claro. Basten sólo unos ejemplos de cosas simplísimas que te ofrece esta ciudad si quieres estar mejor o saber algo más de la vida. Aquí hay un “Taller de constelaciones familiares y soluciones sistémicas”, basado en las Órdenes del Amor de Bert Hellinger; existe un “Taller de Masaje Tántrico Sensitivo y Tandava” recodificado a la época actual por Deva Nishock; hay un “Encuentro de Energías Sanadoras a través de la voz”, a cargo de David Levín; el licenciado Rubén Ríos dicta cursos sobre “La totalización destotalizada”; funciona un Café Filosófico (también hay un Té y un Vino Filosóficos) que te enseña “la evitación experiencial” y el “Noble Octuple Sendero”; y tenemos otro filósofo que diserta de noche y se apellida Sztajnszrajber. Los del Norte son muy complicados. Buenos Aires es la región más transparente.

 

Historia de una pelota

Clarín

1 Jun 2015

Pablo Calvo   pcalvo@clarin.com

Hoy, cuando Francisco cierre los ojos, será un niño de nueve años. Sentirá que su padre lo lleva de la mano, que trepan juntos los escalones de lapacho y que, cuando se den vuelta, verán salir al San Lorenzo más recordado de la historia, el de Farro, Pontoni y Martino.

Es que esta tarde, en la Casa Santa Marta del Vaticano, el Papa argentino recibirá una pelota de cuero única, azul y roja, que perteneció a René Pontoni, un caballero del fútbol que brilló en 1946 como goleador y buen compañero. Nunca fue expulsado de un campo de juego, jamás aplaudió a una barrabrava e hizo un gol que quedó grabado en la memoria infantil de Jorgito Bergoglio, un nene de Flores que, ese año, no se perdió ningún partido en el Gasómetro, su templo de entonces.

La pelota, con el nombre “René Pontoni” grabado sobre los gajos, fue fabricada exclusivamente para el goleador y fue conservada todos estos años por su hijo, que se llama Re- né Pontoni, y por su nieto, que se llama René Pontoni. El último que la tocó, antes de partir a Roma, fue el bisnieto, recién llegado al mundo, que se llama … sí, René Pontoni, en cuarta generación.

Hace un año, cuando le regalé a Francisco un retrato a lápiz de este jugador, él conocía la historia de esa pelota mágica que hoy llegará a sus manos. Hay una carta de su puño y letra, aún secreta, que lo revela.

Al menos por unos días, estará cerca de los guantes de Sebastián Torrico, de la camiseta de Messi, de la Copa Libertadores que ganó el Ciclón. Pero no será su último gol …

 

¡Si lo vieran los muchachos!

Clarín

2 Jun 2015

Fernando Sendra    fernandosendra@clarin.com

Si me vieran los muchachos!”, pensó Augusto, mientras armaba la tabla de planchar donde luego iba a extender los pantalones, para salir de joda con la atorranta esa que se levantó en el colectivo. “Con la bolsa de las compras, iba. Llevaba berenjenas y no sé qué más. ¡Si me vieran!”, volvió a pensar. “Justo a mí que me planchaba los lienzos la Pochi, para que yo saliera de garufa y volviera sin dar explicaciones a la hora en que se me cantaba. A mí, que tuve a esa mina finoli, que le gustaba jugarla de arrabal y me cebaba mates en la cama para después decirme que en vez de la timba estudiara abogacía, que era mejor a la larga … Justamente a mí, que mi vieja me tenía impecable. Como Juanita, mi primera mina en serio, ella me cantaba mientras me perfumaba la ropa, para que yo fuera al club a organizar los campeonatos de tute.”

Y así siguió Augusto, pensado en María Ester, su novia de los quince; en Susy, la madre de un compañero; Rita, la colorada; Paz, la loca que lo citaba por San Telmo y se mamaba con tinto; Liliana, que se lo bancaba entre mina y mina; Loly, la novia de Fede; Griselda, la amiga de Loly. “Y aquí estoy … -se le ocurrió pensar por un momento-, …planchándome yo mismo los lompas, para salir con una mina que ni sé cómo se llama, lo único que tengo es su contacto de Facebook: Amanda Manda”.

Augusto prendió la compu, se metió en el sitio. De entrada algo ya no le gustó; en realidad lo asustó la estética. Y que en su perfil decía: “Amanda Manda, dominatriz”.

Terminó de planchar y fue igual. Ya estaba jugado.

 

El misterio de la calavera de cristal

Clarín

30 May 2015

Horacio Convertini    hconvertini@clarin.com

El turista argentino recorría las galerías del Museo Británico como si persiguiera a un ladrón. Era su último día en Londres y todavía tenía mucho para ver. De la lista de diez imperdibles, le faltaban la estatua de una diosa hindú con cintura Xipolitakis y un jarrón Ming parecido a los que vendían en avenida Sáenz. Buscando, llegó a la sala del continente americano y al ladito de la puerta se topó con un objeto que lo hizo retroceder cuarenta y dos años en una mirada: la calavera de cristal. De pibe, cuando sus padres lo llevaban a Mar del Plata, su gran pasión eran los audiovisuales de Fabio Zerpa en el teatro Colón, cada lunes uno diferente.

Zerpa -magnético orador- hablaba de extraterrestres, de un camionero abducido por un plato volador, de los misterios de las pirámides de Egipto ... y de un cráneo transparente hallado en la selva maya que, por lo perfecto, por lo preciso, no podía ser maya.

En el mundo “ufo”, donde todo es sospecha y conspiración, aquí había una prueba concreta: una calavera. La emoción del turista argentino al verla exhibida en un museo de elite se volvió desencanto apenas leyó el cartelito pegado arriba: no era más que la truchada de un vendedor de baratijas.

Los científicos británicos que analizaron la pieza descubrieron que había sido tallada con un torno de joyería muy usado en el siglo XIX, propio de la orfebrería de la época. El último resquicio de su credulidad infantil acababa de quebrarse. Sacó la foto de rigor, fue en búsqueda de los dos imperdibles que le faltaban y se preguntó si no era hora de salir a almorzar.

 

 

El club de los desvelados

Silencio en la noche

Ya todo está en calma

La ambición descansa

 

Escuchados desde el vértigo de 2015, aquellos versos de Carlos Gardel suenan a utopía lejana: la pintura de un paisaje nocturno abolido hace añares por los comercios "24 horas", la tele despierta a jornada completa; la vida on-line, conexión permanente, alerta en continuado. Desde que los teléfonos se volvieron inteligentes, no hay silencio en la noche.  El músculo no duerme: se afana en los teclados. La ambición no descansa: está en vigilia en las pantallas.

Ahora, la noche está superpoblada de seres desvelados. La vida moderna los cría y Twitter los amontona: de madrugada, funciona allí un club de desvelados. Se trata de un mundo aparte, una galería diferente. Un universo cimentado en una paradoja. Se entra a él para esperar que llegue el sueño y al rato, apasiona tanto que se termina luchando contra la somnolencia por el puro placer de disfrutar la compañía de los tuiteros desvelados.

La población del club es heterogénea. Algunos son trabajadores nocturnos con el sueño cambiado. Otros, víctimas del insomnio despiadado. Hay noctámbulos por elección y madrugadores extremos por obligación. Abundan los actores que se dan una vuelta después del teatro y la cena a deshoras. Y allí están, los unos y los otros, compartiendo anhelos, ideas, fotos, risas y pesares en una red social que es pasión de multitudes.

Entrar es fácil; salir, una intensa pelea interna entre el "debería" y el "no quiero". Si se animan, el club siempre da la bienvenida.

Adriana Schettini

aschettini@clarin.com

Publicado en Clarín el 25 de Marzo de 2015 - Edición Impresa

 

Peluquería y Estilismo

 

En muchas ocasiones se denomina al peluquero y al estilista como una misma especialidad dentro de la profesión. Hay muchas personas que no conocen la palabra estilismo, y en esta oportunidad Carlos Ansini les comenta que es estilismo

Surge de la palabra estilista que es aquella persona que realiza trabajos  de mayores dimensiones a los que realiza un peluquero / a, basándose sí en ser el diagnosticador del cabello y realizando trabajos con técnicas de avanzada.  De este modo, se considera estilista a la persona que está apta para otorgarle al cliente femenino o masculino, el producto o tratamiento adecuado a su cabellera.

¿ Ud. sabe qué shampoo le corresponde a su cabello y cual es la forma correcta de realizarse un lavado ?  Para diagnosticar un cabello, generalmente nos guiamos de acuerdo a su PH  ( Potencial Hidrogenado ), y que es lo que el cabello debe conservar para que luzca en óptimas condiciones de cuidado y protección.

El PH determina el grado de acidez, alcalinidad o neutralidad de una sustancia.  Como ejemplo diremos que el agua tiene un PH de 7.0 que representa una sustancia ácida; y la soda caústica posee un PH de 14.0 de alcalinidad.

Los líquidos de permanentes, tinturas, polvos decolorantes, alaciantes y champúes muy detergentes son altamente alcalinos, elevando entonces el PH del cabello y afectando la cadena molecular de la “queratina”  ( Proteína esencial del cabello ); perdiendo la cutícula su brillo y aparentando estar seco y opaco.

Por ello se recomienda en el Salón del Estilista el uso correcto del shampoo, baños de crema, cremas restauradoras e hidratantes para cada tipo de cabello y también de acuerdo al estado como se encuentra. Se aconseja la frecuencia de su tratamiento.

Modo de lavado

El lavado debe ser realizado con un shampoo y acondicionar específicamente al tipo de cabello que posea la persona.

Algunos consejos recomendados:

o     Cabellos secos. Shampoo y acondicionador de aloe vera

o     Cabellos normales. Shampoo de hierbas y acondicionador de algas

o     Cabellos maltratados. Shampoo neutro y acondicionador de algas

También los Salones Estilistas ofrecen champúes tratantes para la caída del cabello, caspa, antiseborreicos ( grasas ), y otros interesantes para el correcto tratamiento del cabello de damas y caballeros

Por lo general se deben realizar dos lavados y un enjuague.  El primero debe ser masajeando en forma pareja entrelazando las yemas de los dedos. Nunca con las uñas, para no irritar el cuero cabelludo y por todas las zonas de la cabeza.  Se debe insistir en mujeres en la zona de la nuca y en hombres en la zona de cúspide y coronilla

El segundo masaje debe ser igual al primero, pero con menor intensidad, porque se podrían exitar las glándulas sebáceas y provocar mayor secreción.

El enjuague se aplica solamente en las puntas del cabello y no en el cuero cabelludo

Recordar que champúes detergentes son alcalinos y nos dañan el cabello. Siempre se debe usar lo mínimo y necesario.  No es correcto que el shampoo sea muy espumoso.

El cabello es una de las partes fundamentales de nuestra imagen, lo cual requiere de una mantención mensual. Porqué. El cabello crece 1 cm al mes, creando así en los contornos de la cabellera, el degeneramiento del corte. Esto provoca en damas, pesadez, falta de movimiento y pelusa. En hombres provoca pelusa, patillas gruesas y desparejas y pesadez.

 

Recordar que lo importante no es donde ni quién, sino como le cortan

 

Carlos Ansini

Miembro de la Comisión Directiva de la Asociación de Peluqueros, Peinadores y Afines de la Zona Sur, en el cargo de 1er. Vocal Titular.  Supervisor Técnico de Cortes de Estilismo de esta Entidad

Ministro Brin 3774 – Lanús Oeste